Sófocles, el gran dramaturgo griego (496 a.C.) escribió unas 120 tragedias de las cuales solo siete sobrevivieron. Una de ellas, y quizás la más importante, es Edipo rey. En esta obra, menciona una peste que como castigo Apolo le impone a la ciudad de Tebas por el asesinato del rey Layo. Edipo, rey de Tebas, presionado por la peste, investiga y se da cuenta que él fue quien mató al rey Layo, sin saber que era su verdadero padre en un enfrentamiento de caminos; casándose luego con su propia madre con quien engendró cuatro hijos.
Casi siempre las pestes han unido a la humanidad a pesar de los horrores que causan y como en el caso de Sófocles, han inspirado grandes creaciones literarias.
Ibn Battuta, quizás el más prominente viajero del s. XIV, en su obra Rihla, describe como durante la peste negra, estando en Siria, vio cuando en la Gran Mezquita de Damasco repleta de gente, después de tres días de ayuno y oración salieron todos a las calles descalzos con el Corán en alto uniéndosele el resto de la población; los cristianos con sus Biblias, los judíos con sus Toras y los ateos con sus manos elevadas. Hombres, mujeres, niños, ricos y pobres; todos llorando, en un gesto de igualdad absoluta, suplicando a Dios, quien finalmente se compadeció y alivió su angustia y desesperación.
Ciudades enteras quedaron devastadas. Florencia en Italia, perdió el ochenta por ciento de su población. Cuando el sarampión y la viruela contagiaron las poblaciones indígenas de América, pueblos enteros quedaron borrados. En Europa ya la viruela había eliminado unas 400 mil personas.
En León, Nicaragua, el cólera (1836-1837) provocó la muerte de al menos un tercio de su población calculada para entonces de unos 30 mil habitantes. En los cementerios improvisados enterraron más de 3 mil personas por sitio; uno de ellos es donde se ubica actualmente el hotel El Convento, otro en lo que fue la iglesia de La Merced de Sutiaba y en el Hospital de Santa Catalina, sin meter los enterrados en los patios de casas privadas. Se calculó a groso modo, una cantidad aproximada de diez mil muertos sin que una sola familia no hubiese perdido uno o dos de sus miembros.
Otra vez entre 1854 y 1856, durante la guerra contra Walker, el cólera azota a Nicaragua y a Costa Rica donde el diez por ciento de la población pereció, extendiéndose al resto de Centro América donde se dice que el número de muertes llegó a trescientas mil personas. A finales del siglo XIX el cólera castiga de nuevo a Nicaragua. Mi abuelo, el coronel Abel Gallard Chamorro, me contaba que, en el poblado de Buenos Aires, Rivas su abuela Nestora Chamorro Huetes selló las puertas de su casa, rezando día y noche todos juntos a la Santísima Trinidad oyendo los lamentos aterradores de sus vecinos hasta que la peste amainó, habiéndose salvado todos los de su familia, cosa que no pasó en el resto del pueblo, quienes sufrieron en cada casa de uno a varios fallecidos.
Estas historias de horror parecían lejanas, asuntos de novelas y cosas de otro mundo, hasta que apareció el covid-19 que devastó en el mero siglo XXI a la humanidad, a pesar de los grandes avances tecnológicos y científicos de la actualidad. La impotencia de los trabajadores de la salud la viví en carne propia; todos parecían desorientados y había temor de asistir a los pacientes como en los tiempos de la lepra, la plaga, el cólera, sida, sarampión, la viruela, el ébola y la influencia española (1918-19) —como muy mal se le llamó, pues ni surgió en España, ni fue este país el único ni el más afectado—.
Sin embargo, los problemas no solo surgían de los gérmenes que causan estos males. Aparecieron también factores psicosociales culpándose a etnias minoritarias que sufrieron además de la peste, el terror de ser falsamente acusados de ser la causa de lo que sucedía. En Europa durante la Plaga, se acusó a los judíos y gitanos de contaminar los pozos y ríos. En ciudades como Solden, Lansberg, Zofringen, Stutgard cienes de israelitas fueron asesinados.
El pánico cegaba a todos, padres no querían enterrar a sus hijos y viceversa. Conventos religiosos católicos quedaron vacíos, pues ningún otro grupo que se denominara cristiano, ni los que se proclamaban humanistas ayudaban. Los samaritanos morían contagiados, los muertos se podrían en sus propias casas y en las calles, ya que no había nadie que quisiera darles sepultura.
Igualmente, con el coronavirus, se culpó a los chinos; se han desatado teorías conspirativas y se ha politizado la epidemia, obstruyéndose su manejo y control. Se acusa a compañías farmacéuticas de elaborar vacunas inservibles y nocivas. Todavía hay temor y el mundo científico no da repuestas claras a lo que sucede. Este mes de agosto el CDC aprobó una vacuna contra nuevos serotipos del covid que sigue causando muertes, aún en los mejores hospitales de EE.UU.
Aún hoy se despiertan viejos y aparecen nuevos virus como la influencia avícola y la viruela del mono (por cierto, de muy baja mortalidad) hay nuevos brotes de cólera en Sudán y el dengue se ha disparado globalmente de 500,000 a 5.2 millones de casos (WHO). Entre muchas de las causas se sospecha de un globalismo sin control, existe una manipulación indiscreta de factores biológicos, una politización del cambio climático, una ausencia cada día más profunda de un humanismo que nos aleja de las leyes divinas de la naturaleza y hay un deplorable excesivo trato de mascotas superior al que se les da a los humanos.
No en vano el historiador Barthold Georg Nieburh escribió en el siglo XVIII: “Los tiempos de peste son siempre aquellos en los que el lado bestial y diabólico de la naturaleza humana gana la partida”.
¿Tendrá Apolo que seguir enfurecido para forzarnos a ser creativos y recordarnos nuestro origen humano?
El autor es médico.