Una pareja se despide en la estación de tren. Un músico toca la guitarra en una plaza. Un grupo hace fila para entrar al teatro. Todo, de momento, parece normal. Un hombre pasea a su perro. Unos amigos toman cerveza en un bar. Un muchacho corre por la ciudad. Todo, de momento, parece normal.
Esa es la primera impresión que se siente al caminar por Kyiv, que todo está normal, claro, si por un segundo uno se olvida que es un país en guerra, que es un país invadido por Rusia desde el 24 de febrero de 2022. Basta, sin embargo, caminar un poco más, observar y hablar con la gente para saber que en realidad no es así. Nada está normal, es más bien que les ha tocado adaptarse, es más bien que han tenido que seguir con sus vidas en medio de la guerra que viven. “Estamos en guerra, pero tenemos que seguir viviendo”, dice Andriy, de 29 años.
Para llegar hasta aquí, desde Ciudad de México, es un viaje largo y cansado. Dos vuelos, dos trenes, dos días, más de 14,000 kilómetros. Primero, un vuelo de 16 horas de Ciudad de México a Estambul, luego, un vuelo de poco más de dos horas de Estambul a Varsovia; después un tren de tres horas de Varsovia a un pueblito polaco fronterizo llamado Chelm y de ahí, otro tren de 13 horas para llegar a Kyiv.
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El registro de documentos en la frontera para salir de Polonia y para entrar a Ucrania dura un par de horas, hay un fuerte control militar. “No sabía que duraba tanto”, dice una ucraniana que viaja en el tren con su novio holandés rumbo a la capital. Llevaba más de un año sin regresar. Este tren es el mismo en el que miles de ucranianos huyeron hacia Polonia cuando empezó la invasión.
A Ucrania no se puede llegar en avión, el espacio aéreo está cerrado desde el inicio de la invasión. Se puede entrar, sin embargo, por Hungría, Rumanía, Moldavia, Polonia y Eslovaquia, que comparten frontera. Puede ser en tren o en bus, depende.
Kyiv es una ciudad relativamente segura por ahora, tiene el mejor escudo de defensa antiaérea. Relativamente porque en realidad ninguna ciudad en Ucrania está totalmente segura debido a los constantes ataques. La línea de fuego, sin embargo, está en la zona este y sur del país donde los rusos mantienen territorios ocupados: Donetsk, Lugansk, Jersón, Zaporiyia.

La vida en la capital ucraniana ha cambiado mucho en los últimos dos años, hay apagones de electricidad todos los días, hay toque de queda desde las 12:00 de la noche hasta las 5:00 de la mañana, hay soldados y sacos de arena que protegen edificios alrededor de toda la ciudad. Viven bajo amenaza constante, las sirenas antiaéreas son un recordatorio del peligro. Oleksandr Lytvynenko, jefe del Consejo de Seguridad Nacional y Defensa, está convencido de que Rusia quisiera tomarse Kyiv. “Si tienen suficientes tropas lo intentarán nuevamente, no tienen las tropas ahorita”, asegura. Para los rusos, dice Lytvynenko, la victoria significa tomarse ciudades como Kyiv. Lo intentaron al inicio de la invasión, pero no lo lograron.
Kyiv, no Kiev, insisten los ucranianos. Kyiv es la transliteración del ucraniano, mientras de Kiev es del ruso y en este contexto, eso importa. Es parte de su resistencia, de reivindicar lo suyo. Lo mismo pasa con el idioma. Aunque el idioma oficial es el ucraniano muchos hablaban ruso y la explicación se encuentra en la historia: Ucrania fue parte de la Unión Soviética (hasta 1991) y el ruso era obligatorio. Ahora han dejado de hablarlo.

La advertencia de peligro
Una alerta antiaérea suena y las aplicaciones en los teléfonos indican: “Por favor diríjase al refugio antiaéreo”. Nadie se mueve, nadie busca los refugios. Siguen con su cena. “No es que no nos importe, es que ya sabemos identificar cuándo es de peligro y cuándo no”, dice la mesera de un restaurante y luego explica que hay canales oficiales en Telegram donde las autoridades brindan información que les permite valorar si deben o no ir a los refugios según la ciudad en la que estén. “Llevamos dos años en esto. Al inicio cuando sonaba la alerta salíamos corriendo, pero ahora hemos aprendido”, asegura sonriendo.
No es lo único que les ha tocado aprender. Ahora, cualquier ciudadano sabe de bombas, cohetes y artillería. Saben de misiles y cómo diferenciarlos según su alcance y su tipo.
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En medio de esa relativa tranquilidad con la que se camina por Kyiv, por las calles hay recordatorios de que es un país en guerra. En la plaza frente al Monasterio de San Miguel de las Cúpulas Doradas hay una exhibición al aire libre del equipo militar ruso destruido: tanquetas, carros en ruina, hay algunas banderas de Ucrania y mensajes como: “Gloria a Ucrania”. Más adelante, al llegar a Maidán, la Plaza de la Independencia, una señora lleva un ramo de claveles rojos para el memorial en honor a los soldados caídos. Se ven miles de banderas azul con amarillo, flores frescas, flores secas, fotos de soldados, velas.

Aquí, en Maidán fue donde iniciaron las protestas a finales de 2013 e inicios de 2014, cuando miles de ucranianos protestaban porque su gobierno incumplió la promesa de firmar un Acuerdo de Asociación con la Unión Europea. El entonces presidente Viktor Yanukóvicha fue derrocado y huyó a Rusia, luego Rusia se anexó la península de Crimea. “Estamos en guerra desde el 2014”, dice Kateryn, de 32 años.
Las secuelas de la guerra
En medio de todos esos que intentan seguir con sus vidas están las secuelas de la guerra. Cada uno las vive y las asimila a como puede. Oksana Pyshna, de 30 años, había intentado dejar de fumar, pero luego vino la guerra, su papá murió y su hermano quedó en una silla de ruedas, así que decidió seguir fumando. Puede parecer un detalle insignificante, pero no, en realidad lo es todo. “Encontré un poco de paz y silencio fumando”, dice. Su papá era francotirador, se llamaba Ivan Lagodniy.
“Cuando se pone difícil para mí voy a la tumba de mi papá, pero cuando estoy lejos simplemente fumo”, asegura. Pyshna asegura que ella, su hermana y su mamá donan la mitad de sus salarios para ayudar a los militares. “Espero que ganemos la guerra… Somos una nación de gente indestructible, fuerte y valiente. Ganaremos esta batalla para que haya un futuro para nuestros hijos y los países del mundo. Espero que el precio que pagamos cada día, perdiendo a nuestros familiares, no sea en vano”.
La guerra se siente en esas historias. O como en la que cuenta Daria Herasymchuk, asesora y comisionada presidencial para los derechos del niño y rehabilitación infantil. Su esposo está en el frente de guerra, no lo ve. “Mi hija tiene 16 años y ya sabe lo que son los ataques de pánico. No soporta quedar sola porque es sorda y no puede escuchar las sirenas antiaéreas”, afirma. Y así, miles de historias que dan fe de que aquí nada está normal.

Cuando hay que refugiarse
Es 7 de junio. Es viernes.
“Chicos, lanzaron misiles. Por favor vayan al refugio”, dice el mensaje. Recomiendan tener lista agua, meriendas y ropa caliente. Una vez que suene la alerta hay que buscar el refugio.
La sirena suena a las 2:38 de la madrugada. Tres pisos para abajo del lobby del hotel está el refugio. Se va la energía, y solo queda esperar, en medio de alguna plática y silencios infinitos la actualización de la situación. Dos horas y 17 minutos después una aplicación avisa que es seguro salir del refugio.
Esa madrugada, según los reportes oficiales, Rusia lanzó cinco misiles de crucero y 53 drones suicidas iraníes Shahed. Todos los misiles y 48 de los 53 drones fueron interceptados, según la Fuerza Aérea ucraniana y tenían como objetivo “infraestructuras críticas”. Desde el inicio de la invasión, Rusia ha atacado la infraestructura energética del país.
Para los extranjeros esto es una novedad, para los ucranianos o quienes llevan años viviendo ahí es parte de su día a día. “Yo ni siquiera me desperté”, dice una periodista al día siguiente. Lleva algunos años viviendo en Ucrania y ha estado cubriendo en el frente de guerra. “Fue como el sonido de un mosquito”, bromea.