Las pajaritas Maite, Elena y Eva, volaban y jugaban en la pradera de la Alameda. De pronto, Elena, curiosa y no siempre juiciosa, propuso ir a dar un paseo por Acullá, que quedaba más de allá que para acá.
Los pajaritos Javier, Emile, Manu y Pável, que revoloteaban por demás, al escuchar la propuesta de ir más allá, se acercaron presurosos ante la posibilidad de un vuelo aventurero.
Pavel, con el pecho hinchado, orgulloso y majestuoso, dice: Acullá está muy cerca de acá, es un vuelo ligero que yo he hecho ya.
A mí, salir de esta arboleda un poco de miedo me da, dice Eva, mesurada y reservada.
Javier, muy circunspecto, señala que es mejor mañana, pues hoy no tiene tantas ganas.
Mientras Manu, aunque ganoso, pero algo dudoso, advierte que el vuelo podría ser peligroso, pues los vientos de Acullá te hacen volitar, afirma con seriedad.
“¿Por qué?”, pregunta Emile con aire curioso y a la vez deseoso. “Planear y volar en V es un arte que ya sabemos bien”.
Javier, sacudido de su modorra, en tono monitor y aleccionador, reitera que el método de formación en planeación es seguro y alentador.
“Y, además, iremos todos en bandada, como flecha en dirección acordada y como ya Pável hasta ahí ha llegado, pues que nos lidere en este vuelo en V y en picada”, sostiene Elena, con vigorosidad acaudalada.
Maite, como siempre atenta a las opiniones de la concurrencia, con actitud convincente y muy elocuente, dice: “A mí me parece un vuelo sin precedentes, además todos iremos con el permiso de nuestra gente, los adultos de la fuente”.
Y se fueron pues, siguiendo la estocada del vuelo en V en manada.
Javier, cuidador y señor como buen ruiseñor, pide hacer una parada en la quebrada de la explanada, para darse una buena bocanada de agua fresca y helada, antes de la parada final acordada.
Maite, nadadora y amante de las aguas más exuberantes, rompe la formación y se adelanta a dar el primer chapuzón. Todos presurosos y alentados por tremenda estocada en esas aguas azules y heladas, meten prisa a la volada y cada cual, a su modo, en descenso y ascenso, disfrutan de la jornada y se dan una buena nadada, río arriba y en picada.
Manu, previsor y atento del tiempo que va corriendo, hace guiños a Pável, que agarra la seña rápido y veloz, y pide a todos volver al cielo en modo planeador.
Los vientos soplan contra corriente. La subida y el agua helada, anidada en sus alas que se tornan pesadas, ralentizan sus planeadas. Eva y Emile, aletean con prisa y celeridad, para no perder al grupo que va cielo arriba y más allá.
Una vez todos en planeación, fluida y desenfadada comunicación, escuchan a Maite recitar a todo pulmón y febril pasión:
“¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo
o perderse en el viento sobre el trueno del mar” …
En coordinación y cohesión, todos la siguen con adhesión, y repiten con ahínco y fervor tan reluciente poema esperanzador, como quien, sin saberlo, prevé llegar a un destino poco libertario y prometedor.
Desde lo alto, las siete aves amigas divisaron un edificio de una planta, grande y cerrado, con forma de avión y alado, que, por estar situado en una loma al escampado, al vuelo y delite de un rayo de sol multicolor frente al lago, les obliga a detenerse en volada, y descienden presurosos, más bien dando vueltas en tropezón, aunque atentos para no sucumbir a un aterrizaje chocón.
Con dificultad y confusión, caminan ya en el cemento color verde, descompuesto y sofocón, sin dejar de maravillarse por el contraste de un horizonte azul, con dos volcanes imponentes y resplandecientes, que han visto anteriormente desde otras latitudes y vertientes.
Emile, en tono de sorpresa dice asustado: “Parece un edificio abandonado”.
“No”, corrige Eva, “está habitado, pero todas las puertas, o más bien verjas enrejadas, ¡están cerradas!”
“Cierto”, afirma Manu, que está ya con la cabeza de lado, expectante ante tanto hierro, alambre y candado.
“Adentro hay Aves… enjauladas”, dice Javier, en tono triste esta vez.
“Y son todas azules”, señala Pável.
“¡No!” señala Maite, “azules son sus ropas. Ellas parecen ser todas de distintas formas y especies, pero Aves al fin”, detalla acertadamente. “¡Y sus alas están amarradas!”, agrega.
“Y sus rostros apagados y desolados”, subraya Elena.
Las siete aves aleteaban y caminaban por todo el edificio, mientras compartían sus observaciones e impresiones.
De pronto, Maite, que escuchaba atenta y preocupada por todo lo que ella también constataba, propuso bailar y cantar para las aves de Acullá. “Así les ayudaremos a estar jubilosas y contentas, siempre mejor que en medio de toda esa mala gente, que las tiene atadas y aisladas como si no fuesen naturalmente libres y organizadas”, advirtió.
Y así hicieron. Las siete aves amigas empezaron a cantar y bailar para las aves de Acullá, que de tanto andar con la cabeza baja y con pasos cortos y cansados, no parecían estar ni aquí, ni allá.
Desde entonces, las siete aves amigas volaron cada día para bailar y cantar a las aves de Acullá con enconada alegría. Y como haciendo julerías, se dividieron a las Aves para cantarles con esmero y tesón, tonadas personalizadas llenas de ritmos y escaladas, que les devolvieran la alegría y devoción para resistir al encierro con esperanza y amor.
Así, Elena visitaba a un ave blanca y de pelo cano, como su abuelo Chico. Cuenta que esta ave bailaba moviendo su cintura de una forma muy chistosa y peculiar, y dice, además; que es por cuenta un ave muy sabia y especial, conocedora de todo lo demás.
Javier visitaba a un ave muy alta y amorosa, dijo que tenía una barba de chivo que su papá jamás tendrá, y que cantaba un Ave María como nunca nadie jamás lo hará!
Emile visitaba a un ave de pelo colocho como él, y juntos cantaban en inglés el Yesterday. Y cada vez que en su pecho se acunaba, ambos sentían que estaban en la luna.
Manu se hizo amigo de un ave que pasaba vigilante de las demás aves andantes. Dijo que ella era radiante cual Margarita bajo sol destellante, siempre afectuosa y cuidadosa de los demás, porque afirmaba que todos somos dignos de amar.
Pável le cantaba a un ave morena como su abuela, que también como ella es fuerte, firme y digna como una estrella que destella, y deja huellas, como una estela.
Eva le bailaba a un ave blanca, alta y luminosa cual rosa abierta, altiva y majestuosa. Dijo que siempre que le cantaba, ella le hablaba de las leyes y los límites que nunca hay que cruzar, para poder vivir en paz.
Maite hizo feliz a un ave de ojos verdes como ella, que con su pico la acariciaba y acicalaba como canto de cigarra, y que con sus alas amorosas la acurrucaba dichosa con cuentos de otras mil y una noches.
Y así, con la alegría de quien ha cumplido con algarabía lo que quería, regresaron las siete aves amigas, a la arboleda de la Alameda, cantando al unísono y con alto entono:
“… Que linda, linda es Nicaragua, bendita de mi corazón, si hay una tierra en todo el continente, hermosa y valiente, ¡esa es mi nación! soy puro pinolero, nicaragüense por gracias de Dios, soy pura pinolera, nicaragüense por gracias de Dios…”.
La autora es una exprisionera política ahora exiliada.
(Nota de la autora: Este cuento fue ideado en la celda de la Dirección de Auxilio Judicial, donde estaba presa, en abril de 2022. Fue escrito en los rincones de su cabeza y memorizado con desgarro y angustia en la soledad de su celda, ante la imposibilidad de ver y estar con su hija, para explicarle a ella, cuando fuese liberada, el porqué de su ausencia, el lugar de su encierro y el dolor y la esperanza compartida por todos los prisioneros políticos que permanecieron como tal, en el Chipote, entre los meses de junio del 2021, hasta febrero 2023).