El Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), partido de gobierno en Nicaragua, está en un momento de cuenta regresiva a la par del eventual deceso de su líder, el dictador Daniel Ortega, de 78 años, quien en apariencia no goza de vitalidad ni de coherencia, según se ha podido ver en sus últimas presentaciones públicas.
Los críticos tienen diferentes opiniones sobre este tema, pero coinciden en que el FSLN se consolidó como un partido personal, a la medida de Ortega, lo que pone en problemas a quienes le buscan un remplazo para la continuidad en el poder, como lo confirmó su propio hermano, el general en retiro Humberto Ortega, declarado traidor y en condición de casa por cárcel.
En la última entrevista de Humberto Ortega concedida al medio Infobae —lo que detonó la rabieta de Daniel Ortega contra él—, el general en retiro dijo claramente que nadie podrá remplazar a su hermano tras su muerte e insistió en que lo más viable será convocar a un proceso electoral en el corto plazo.
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Ortega ha sido por casi 45 años la cara más visible del FSLN y, aunque sea un personaje que representa la guerra, la violencia y la discordia, ni sus más férreos críticos pueden negar que tiene una trayectoria política que lo ha posicionado como el único líder del partido sandinista, mientras que sus aspirantes a sucesores solo tienen reconocimiento por ser sus familiares.

Los posibles sucesores no despiertan esperanza ni tienen bagaje de líder
La disidente del FSLN y exguerrillera Dora María Téllez, manifestó a LA PRENSA que la dificultad de la sucesión en el FSLN no es porque Ortega sea insustituible, sino porque es un partido en crisis, que carga el estigma de una dictadura criminal. Tampoco ofrecen ninguna figura sucesora que «despierte ánimo, energía, optimismo, esperanza en las bases del sandinismo ni el país», agregó la opositora.
«No hay posibilidad de estructurar una asociación en un régimen que está en caída libre, eso es muy difícil, a menos que el sucesor despierte una esperanza, un optimismo, una esperanza de cambio y claro, ni Rosario Murillo, ni Laureano Ortega representan ninguna esperanza y mucho menos una esperanza de cambio, sino de continuidad del sistema de terror en la peor de las condiciones», dijo Téllez.

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Laureano Ortega Murillo, el hijo del dictador con mayor protagonismo en los medios oficiales, delegado para representar a su padre nacional e internacionalmente con los aliados más importantes de la dictadura, como son China y Rusia, no pasa del papel de hijo, según Téllez.
«Laureano no tiene nada sobre la mesa que mostrar más que su papel como hijo en la delegación burocrática de funciones al frente del tema chino y ruso. Lo que sí ahora tiene que mostrar es el fracaso del gran canal por Nicaragua que él gestionó. No tiene esa aureola de lucha contra la dictadura somocista, no tiene ese arraigo que puede tener Daniel Ortega en una parte de la base del Frente Sandinista, que lo identifica todavía como líder revolucionario», agregó la opositora.

Murillo es solo «el capataz de Daniel Ortega»
Desde que Ortega regresó al poder en 2007, fue quedando clara la pretensión de delegar el liderazgo político a su esposa, Rosario Murillo. Tras las cuestionadas votaciones presidenciales de 2016, Murillo fue impuesta como vicepresidenta del país, lo que la convirtió oficialmente como cogobernante de Ortega. Pero la manera en que se ha tejido el poder político en el Frente Sandinista solo la ha llevado a que ella sea vista como un «capataz de Ortega», valoró el abogado y analista político, Eliseo Núñez Morales.

«En este caso Ortega es el dueño de la hacienda y Rosario es el capataz y normalmente el capataz no tiene las mejores opiniones de parte del personal de la hacienda, en este caso todo el conglomerado sandinista que trabaja en el Estado o que está cerca del partido mira a Daniel como el dueño de la hacienda y a Rosario como el capataz», aclara.
«Pongo este ejemplo porque así de básico es el Frente Sandinista, el Frente Sandinista no mira el Estado como algo sofisticado, lo mira como una hacienda. Él es el dueño y ella es el capataz», expresó Núñez.
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También hay un consenso entre los críticos a la dictadura de que nadie quiere a Rosario Murillo. «Los leales a Murillo están allí porque les pagan un salario». «Como ella no tiene ningún tipo de cintura política, ella al final del día va a fracasar estrepitosamente. No dudo que ella suceda a Ortega, lo que dudo es que se logre sostener», agregó el analista político.
Núñez además dijo que el mismo Ortega sabe que nadie lo puede suceder, pero no porque haya analizado esto políticamente, sino por mero narcisismo.
«Él tiene un ego tan grande, que él cree que después de él no hay nadie y el tema de la sucesión más bien es un tema de protección a la familia que lo mira Rosario, no es un tema que él lo mire desde un punto de vista político, es un tema que Rosario lo mira como protección a su familia», aseveró Núñez.

Laureano es un figurín que podría resultar peor
En el caso de Laureano Ortega, Núñez advirtió un gran peligro de lograrlo imponer a él.
«El caso de Laureano me preocupa más incluso que el de Rosario, porque alguien con las debilidades que tiene él, con la imagen de poco conocedor de la política, con la imagen de fragilidad política que se le mira a él, de desconexión con la realidad, todo eso que acumula, los trajes caros que ocupa, sus viajes a cantar ópera, sus maneras de ser, acumulan una imagen que no espera la base sandinista, que lo que espera es un gamonal de hacienda que mande, que ejerza su poder con toda la fuerza que necesite ejercerse. Entonces, esto convierte a Laureano en un potencial dictador más cruel que su padre, porque él, para demostrarle a esa base que está en control de las cosas, va a hacer cosas peores que las que ha hecho su padre», valoró Núñez.
La historia del caudillo
El politólogo José Antonio Peraza manifestó que la falta de sucesión de un liderazgo político en el FSLN tiene que ver con la histórica práctica del caudillismo en Nicaragua.
«En el país, por su atraso político y económico, se cree que solo una persona puede resolver las cosas y cuando esa persona cae, todo el sistema cae», valoró Peraza.
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En el caso del FSLN, el politólogo recordó que «es un partido que nació en la clandestinidad, como una guerrilla que después se convirtió en partido», entonces, Ortega como caudillo «es una mezcla de militar, político, un gran demagogo, tiene un liderazgo político militar», lo que lo hace igual que casi todos los caudillos que ha tenido Nicaragua: Emiliano Chamorro, José Santos Zelaya, Somoza García…

El FSLN, del «centralismo democrático» a tiranía dinástica
El sociólogo y disidente del FSLN, Oscar René Vargas, recordó que cuando el FSLN asumió el gobierno por primera vez en los años ochenta, estaba dirigido por la Dirección Nacional del Frente Sandinista conformada por los nueve comandantes de la revolución que «controlaban el poder.»
Entre los poderosos nueve comandantes estaba Daniel Ortega que primero fue coordinador de la Junta de Gobierno, que los comandantes usaron para aparentar pluralismo, y después de las elecciones de 1985 Ortega ya asumió como presidente de la República; también estaba su hermano Humberto que además era el jefe del Ejército Popular Sandinista. A pesar de esto, el poder radicaba en la Dirección Nacional.
Daniel Ortega en la Presidencia ejecutaba las decisiones estratégicas que se tomaban en consulta con la Dirección Nacional; Sergio Ramírez, en la Vicepresidencia, era un especie de primer ministro que supervisaba el día a día del gobierno.
El politólogo Peraza reconoció que en el pasado el FSLN fue creado con un mínimo de institucionalidad que les permitía orientarse en las decisiones. En el partido existían cuerpos de gobernanza como la Asamblea Sandinista y el Congreso Sandinista, este último supuestamente «la máxima autoridad del partido».
En la práctica, sin embargo, el partido se regía por lo que ellos llamaban «el centralismo democrático», o sea, el autoritarismo de sus dirigentes desde la Dirección Nacional fue socavando cualquier asomo de institucionalidad. Eso continuó después de 1990 hasta convertir el partido en una organización diseñada a la medida de la familia Ortega Murillo.
«Ese partido, la poca institucionalidad que tuvo estos señores la han destruido, no tienen asamblea, no tienen a nadie a quien consultar, no hay otro candidato que no sean ellos, siempre que ha habido otro candidato lo han eliminado», explica Peraza.
Nunca se ha permitido una candidatura que no sea Daniel Ortega
A mediados de los años 90 y a inicios del 2000 surgieron candidaturas alternativas como Vilma Núnez, Víctor Hugo Tinoco y Alejandro Martínez Cuenca, pero fueron eliminados.
«Entonces, si por la víspera se saca el día, cuando esta persona muera, van a seguir usando los mismos métodos que les han servido en los últimos 45 años y por lo tanto van a querer perpetuar otra dictadura personal», valoró Peraza.
De lo que sí está seguro Peraza es que la dictadura de Ortega va a caer, aunque lo que vendrá luego es incierto, lo más probable es que sea una nueva etapa de una crisis profunda.