Señor William González G.
Ante todo, rechazo con profunda indignación la cita con que inició su lamentable reportaje publicado en ABC, prestigioso diario de Madrid, el sábado 4 de mayo: “En Nicaragua, o se es hijo de poeta o se es hijo de puta”, boutade del poeta nicaribe Charles Rigby (q.e.p.d.), que usted convierte en diatriba al sostener: “Lo cierto es que hay ambas categorías por kilómetro cuadrado. Quienes no logran lo primero, se pasan a lo segundo”.
¿Qué pretende usted ganar con esta ofensa colectiva a la patria y a los hijos del padre y maestro mágico de la poesía moderna en lengua española y del guerrillero de nuestra América, el único latinoamericano que con su ejército de campesinos derrotó al intruso imperio del Norte en Las Segovias nicaragüenses de 1927 a 1932, como lo ha reconocido el Pentágono?
Usted, señor, le otorga un sesgo político a su reportaje sobre la falsificación de manuscritos darianos vendidos en 2012 a una universidad gringa por un arquitecto nacido en León, Nicaragua, relacionado familiarmente con Alejandro Bermúdez Núñez. Es decir, el último secretario de Rubén Darío, a quien abandonó, ya enfermo en el French Hospital de Nueva York, a inicios de 1915, tras explotarlo económicamente. Pero el asunto de ese negocio fraudulento no tuvo que ver nada con política alguna. Sencillamente fue un delito más, de acuerdo con la Ley 333, perpetrado en los últimos veinte años por otros coleccionistas de falsificaciones darianas como el ingeniero Luis Flores, quien residía en San José, California, pues ya es fallecido.
Usted, William, admite como válido el peritaje de la Subasta madrileña EL REMATE realizada por Fernando Javier Varas Álvarez, quien rotundamente desconoce tanto la caligrafía como la biografía de Darío. En consecuencia, no es posible aceptar la autenticidad que dictaminó Varas Álvarez sobre los falsificados manuscritos darianos; dictamen que el falsificador utilizó para engañar a la Universidad Estatal de Arizona en Tempe.
Usted, González C., no transcribe todos los datos que le comuniqué por mail, y a insistencia suya, sobre ese llamado “Fraude de Arizona”. Oculta que el suscrito redactó el pronunciamiento de la Academia Nicaragüense de la Lengua, demostrando la falsedad de los documentos referidos; y también oculta los trabajos, referidos en el mismo pronunciamiento, del dariísta alemán Günther Schmigalle y del mío publicado en El Nuevo Diario, de Managua el 17 de noviembre de 2012.
En ese artículo refuté el episodio homoerótico que Alberto Acereda ––catedrático de Arizona, dariano desertor e indigno hermano masón–– pretendía descubrir, sin tomar en cuenta la trascendencia del erotismo heterosexual, profundo y permanente de Darío, el poeta mayor de todas las Españas; erotismo muy bien estudiado por Pedro Salinas (1891-1951) en su clásica exégesis de la poesía dariana. Por algo nuestro magno bardo había declarado en la revista América (Buenos Aires, 6 de febrero, 1894): “El eterno misterio femenino, que con la omnipotencia de sus manifestaciones domina al ser humano”.
Usted, novel redactor, sabe tanto de Darío como yo de Astrofísica. Por eso ni siquiera puede citar correctamente el apellido del argentino e investigador dariano Alberto Ghiraldo (1875-1946), ni completamente el muy conocido y bautizado por don Antonio Oliver Belmás (1903-1968) “Cuaderno de Hule Negro”, conservado en la Universidad Complutense, donde mi tesis doctoral obtuvo en 1986 la máxima calificación y fue premiada como la mejor defendida ese año en Filología por graduandos de Filipinas e Hispanoamérica. Pero su limitación la considero normal en un españolete reciente (pues me informan que fue nicaraguaco). Por eso también le remití uno de mis ensayos, “Rubén Darío, españolista mayor”, para ser divulgado en ABC. Texto leído en la Biblioteca Histórica de la Universidad Complutense, durante la clausura del congreso: “Un universo de universos y una fuente de canciones”, en septiembre de 2016.
En fin, señor William González C., más que el habilísimo falsificador nicaragüense (Raúl Gerardo Bermúdez Balladares, pariente muy cercano a Juana Bermúdez) los máximos responsables, o cómplices de la estafa en cuestión, fueron los catedráticos españoles Alberto Acereda y José María Martínez. Ambos legitimaron la “autenticidad” de los documentos darianos conocidos como el “Lote Bermúdez”. Martínez lo hizo en tres artículos y, años después, comprobó su falsificación en un cuarto artículo. Pero usted, desafortunado redactor del ABC, ignora que un absurdo “testamento” de Darío fue legitimado por Martínez en la obra de autores varios, Rubén Darío en su laberinto (Madrid, Ediciones Verbum, 2015) con el visto bueno de su editora Rocío Pérez de Tudela.
En otras oportunidades me defenderé de acusaciones fuera de lugar que me hizo usted en su reportaje mal titulado: “La mayor falsificación DE la historia de la poesía” en vez de “La mayor falsificación EN la historia de la poesía”.
El autor es escritor, editor e historiador, miembro de la Academia de la Lengua de Nicaragua.