Destinos heredados: cuatro días con Hugo Torres

En esta entrega, Pedro Joaquín Chamorro Barrios describe cuatro de los últimos días del general Hugo Torres. Un relato que muestra el sufrimiento al que fue sometido el preso político en la víspera de su muerte

Capítulo 6

Estando en la celda 11 ya por varios meses, en una rutina tranquila de cantos religiosos, cancionero popular de los 60 y 70, caminatas dentro de la celda, ejercicios, análisis político y rezar un Padre Nuestro y un Avemaría cada mañana y tarde, un martes 14 de diciembre del 2021 se abrió de pronto la ventanilla de la pesada puerta de hierro con el ruido intimidante de su cerrojo. 

Un oficial asomó a la puerta y le ordenó a Víctor Hugo que se alistara con sus escasas pertenencias, orden que este cumplió de inmediato. Luego se abrió la misma puerta y para mi pesar y sorpresa lo vi partir, asaltándome de inmediato la pregunta: ¿a quién me irán a mandar ahora?

Poco después, el oficial regresó y me pasó por la ventanilla una cobija impresa con ositos que envolvía algunas pertenencias de otro reo que sería mi nuevo compañero de celda. Pasaron los minutos y quizás las horas, hasta que se abrió la pesada puerta de la celda y entró un preso que apenas reconocí por su estado físico lamentable, también metieron una silla: era el general de brigada en honrosa condición de retiro, Hugo Torres Jiménez.

Su traslado a mi celda había sido demorado por los exámenes médicos que le estaban practicando en la clínica, según me dijo posteriormente. Después me di cuenta que Hugo Torres pasaba mucho tiempo en la clínica, sus visitas eran a diario y sus padecimientos eran muy serios.

La silla era para que pudiera sentarse con un respaldo y no únicamente sobre la cama. Más tarde me di cuenta que era tan fuerte el dolor que Torres sentía, que no le permitía acostarse sobre la cama. La primera noche que pasó en mi celda el general la pasó sentado sobre la silla y según me dijo en la mañana siguiente, casi no pudo dormir.

Uno de los custodios u “oficiales”, como les llamábamos, abrió la ventanilla por la mañana para indagarse cómo había amanecido el general, lo observó sentado sobre la silla cabeceándose y temiendo que se fuera a caer al piso estando dormido. Al día siguiente le cambiaron la silla por una destartalada silla de escritorio con ruedas y soportes descansa brazos.

Hugo me dijo que tenía 3 días de no poder defecar, caminaba con dificultad, los pies los tenía muy inflamados y tenía un dolor agudo en la región lumbar, tanto así, que le impedía acostarse sobre la cama y pasaba todo el día sentado sobre la silla de escritorio.

La primera mañana, o sea el miércoles 15 de diciembre de 2021, me dijo que se iba a duchar y yo le ayudé a incorporarse y le cerré la puerta del baño para que tuviera privacidad, pero al poco tiempo escuché sus gritos llamándome con urgencia, acudí de inmediato y lo vi tirado en el piso de la ducha, con el agua corriendo sobre su cuerpo. Me dijo que se había agachado para lavarse los pies, se cayó y no se podía levantar de nuevo.

Le ayudé a incorporarse y observé que tenía inflamado desde la cintura hasta los pies, incluso sus genitales. Al verlo así, se me prendieron todas las luces rojas de alarma y una vez que le ayudé a vestirse, decidí que era meritorio golpear la puerta, procedimiento establecido para pedir ayuda a los oficiales, pero nadie acudía. Al escuchar mis golpes de auxilio, que fueron subiendo de tono al no encontrar respuesta, los compañeros de las celdas de alta seguridad contiguas, la 10, 12 y 13, también golpearon con fuerza sus respectivas puertas.

De pronto, sonó con su estruendo característico y abrió con violencia la ventanilla de la celda la “jefa”, como llamábamos a la subcomisionada Johana Wilford, encargada de operaciones del Chipote, increpándome: “¿Qué es lo que pasa aquí?” “Que el general Hugo Torres está muy mal, tiene ambos pies muy inflamados; tiene 4 días de no poder defecar; no pudo dormir anoche en su cama por el dolor en la espalda; se acaba de caer en la ducha y no se podía levantar por sí solo…” En respuesta, ella a grito partido, me respondió: “¡Ya lo sabemos todo y le estamos dando seguimiento apropiado!” 

Aquellos gritos, que sin duda fueron escuchados por todos los prisioneros políticos de las celdas contiguas, y que minutos antes también habían golpeado las puertas, fueron una terrible humillación para mí, ya no digamos para Hugo, quien se quedó sin palabras sentado sobre su silla. “Se nota que a la jefa no le caés bien”, le dije cuando se fue la jefa. “A la que no le caigo bien es a la jefa del jefe de la jefa”, me dijo Hugo con resignación e ironía.

Me sentí indignado, pero aquella inesperada reprimenda bien hubiera valido la pena si al general Hugo Torres lo hubieran trasladado de inmediato a un centro hospitalario para darle los cuidados que su caso ameritaba, pero no fue así.

La subcomisionada cerró la ventanilla con la misma ira con que la abrió y se marchó. Más tarde, se llevaron nuevamente a Hugo Torres a la clínica del penal y luego regresó igual que a como se había ido. 

Fueron 3 días más de suplicio.

Más adelante los síntomas que presentaba mi compañero de celda fueron agravándose en lugar de mejorar. De pronto, cuando tomaba agua en las botellas llenas, su mano derecha se contraía involuntariamente disparando un chorro de agua que lo remojaba. Como remedio improvisado opté por entregarle las botellas luego de sacarles un poco de agua y trasegarla a otra vacía.

Le traían una dieta especial que consistía en muchos vegetales cocidos, pollo cocido, cero sodio y por instrucciones médicas le requisaron (botaron) todos alimentos líquidos que le entregaban sus familiares por su contenido de sodio. 

Fue así que mi nuevo compañero de celda aceptó a regañadientes, uno de los dos Ensure que mi esposa me había llevado aquel día, y que tomó con notorio deleite saboreando hasta la última gota.

Yo no soy médico, pero el sentido común me decía que mi compañero de celda, mi prójimo —que viene de próximo o cercano— estaba muy mal. “Hugo —le dije con toda honestidad— en este lugar te están dando el mejor trato posible en una celda, pero el problema es que vos no deberías estar en una celda, sino en un hospital”.

No pude menos que pensar en la insensibilidad de quienes lo tenían en esas condiciones, a pesar de haber participado y haberse destacado en las dos operaciones guerrilleras del FSLN durante la lucha contra Somoza, en una de las cuales liberó al propio Daniel Ortega, tras 7 años de prisión: el asalto a la casa de Chema Castillo, el 27 de diciembre de 1974 y el asalto al Palacio Nacional, el 22 de agosto de 1978. 

Hugo Torres sobrellevó los dolores de su grave enfermedad con un estoicismo espartano, como el guerrero que había sido toda su vida. Nunca se quejó.

La situación de salud del general de brigada Hugo Torres Jiménez continuaba empeorando, ya no podía ingerir sus alimentos porque le temblaba mucho su mano derecha y yo se los tenía que suministrar. Con dificultad se levantaba, a menudo con mi ayuda, y una vez observé que las sandalias no le entraban en sus inflamados pies, por lo que caminaba con la mitad de sus pies dentro y la mitad afuera, lo cual era peligroso porque se podía caer nuevamente. 

Al observar que estas eran ajustables con una hebilla, procedí primero a cambiarle los calcetines, poniéndole el par más delgado de sus dos pares permitidos y luego le moví la hebilla al último hoyo, hasta lograr que los pies le calzaran completamente dentro de las sandalias.

Durante nuestras conversaciones o pláticas de preso, Hugo Torres me contó que tenía una hija de su primer matrimonio con Martha Lucía Cuadra Lacayo, que sufría un grave cáncer cerebral y que durante la última visita familiar un hijo le había traído una pequeña foto de ella que ocultó dentro de su uniforme azul de preso.

Con gran tristeza en su rostro me reveló que cuando lo llevaron al cubículo para una rigurosa requisa que efectuaban antes y después de cada visita familiar, le encontraron la foto escondida dentro del uniforme y la subcomisionada Johana Wilford se la quitó y ni siquiera le permitió verla. 

Él estaba muy abatido con este hecho y pensaba que se estaban ensañando contra él. Seguramente —le dije— ese fue el día que llegaron estando con Víctor y efectuaron una requisa profunda, tanto dentro de la celda como en el pasillo, el día que hasta nos hicieron bajarnos los calzoncillos. 

Para calmar su dolor y que pudiera dormir, a Hugo le administraban potentes medicamentos, de tal manera que una noche, mientras le hablaba cuando se estaba quedando dormido en la silla, se percató y me dijo, “perdoná Pedro, yo soy un buen conversador, pero estas pastillas para el dolor que me prescriben me dan mucho sueño”.

Por la noche yo también dormía profundamente con mi lorazepam para calmar la ansiedad, pero antes de acostarme le suplicaba a Hugo que no intentara levantarse solo para ir al baño a orinar, porque se podía caer y que siempre me despertara para ayudarle, lo que no siempre hacía, pero gracias a Dios no se cayó nuevamente.

De todas las canciones religiosas que cantaba cuando estaba con Víctor Hugo Tinoco, solamente una cantaba con Hugo Torres al finalizar el día: Cantemos al amor de los amores. Me la había aprendido de memoria y la cantaba todos los días y aunque el general no se la sabía, la cantaba siguiéndome con particular devoción, especialmente cuando llegábamos a la tercera estrofa, que hace alusión a las penas y el dolor que padecía. 

La canción original es más larga que esta versión recortada y modificada según nuestra memoria (Víctor y yo), que se cantó todos los días en el Chipote donde estuve yo, es decir en las celdas número 10 y 11:

Cantemos al amor de los amores

cantemos al Señor

Dios está aquí

venid adoradores, adoremos

a Cristo redentor

gloria a Cristo Jesús

cielos y tierra, bendecid al Señor

honor y gloria a ti,

Rey de la gloria, amor por siempre a Ti,

Dios del amor

Unamos nuestra voz a los cantares

del coro celestial

Dios está aquí;

venid adoradores, adoremos

a Cristo redentor

gloria a Cristo Jesús

cielos y tierra, bendecid al Señor

honor y gloria a ti, 

Rey de la gloria, amor por siempre a Ti,

Dios del amor.

Los que buscáis consuelo a vuestras penas

y alivio en el dolor,

Dios está aquí;

venid adoradores, adoremos

a Cristo redentor

gloria a Cristo Jesús

cielos y tierra, bendecid al Señor

honor y gloria a ti

Rey de la gloria, amor por siempre a ti,

Dios del amor.

El viernes 17 de diciembre de 2021 tres eventos inusuales trastocaron la rutina de la celda 11 que compartía con mi compañero el general Hugo Torres Jiménez: primero se lo llevaron a él en su improvisada “silla de ruedas”, un oficial empujando y otro sosteniéndole los pies en el aire porque la vieja silla de escritorio, lo más cercano a una silla de hospital que tenían, no cuenta con descansa pies. 

Poco después regresaron por mí y me llevaron a un salón donde había unas enfermeras tomando datos para luego extraer sangre para realizar exámenes médicos y que luego comprobé que era para todos los reos, aunque en su momento no alcancé ver a ningún otro. 

No supe adónde se llevaron a Hugo, pero cuando regresaba a mi celda lo logré ver de reojo a lo lejos, sentado en su silla en un pasillo adyacente al salón, por lo que supuse que le habían practicado los exámenes de sangre y ahora lo trasladaban a la clínica donde pasaba buena parte de su tiempo.

Por la tarde, cuando finalmente regresó Hugo a mi celda, le pregunté dónde había estado todo ese tiempo y me dijo que en la clínica, pero que esta vez habían llegado técnicos especialistas con un moderno aparato de ultrasonido portátil y le habían practicado exámenes, cuyos resultados, según le manifestaron, iban a ser leídos al día siguiente por un especialista en el Hospital Roberto Huembes de la Policía.

Ya había oscurecido después de cenar, cuando se abrió la puerta de la celda y entraron dos oficiales acompañados del comisionado mayor Victoriano Ruiz Urbina, segundo jefe del Chipote y me ordenaron recoger todas las pertenencias de Hugo Torres, a quien llegaron a traer presumiblemente para al fin trasladarlo al Hospital Roberto Huembes.

Quise ayudar a movilizar a Hugo en su improvisada silla de ruedas, pero el comisionado mayor Ruiz con un ademán me ordenó que no lo hiciera y acto seguido levantó su dedo pulgar en señal de aprobación por mi dedicación al cuido del paciente-reo Hugo Torres Jiménez. 

Finalmente pensé que los golpes de desesperación en la puerta la mañana del miércoles 15 de diciembre pidiendo auxilio habían tenido eco, la reprimenda de la subcomisionada y las quejas que puse posteriormente sobre el suceso a la teniente que me investigaba habían valido la pena. Ojalá estén a tiempo para salvarle la vida, pensé.

Mi suplicio de los 4 días y 3 noches que compartí con Hugo Torres me hicieron experimentar un sentido de misión, de servicio al prójimo. Ahora comprendía que por algo yo estaba preso en el Chipote. Pero mi suplicio no terminó cuando partió el general en su innovadora silla de ruedas, porque al salir Hugo Torres quedé nuevamente en reclusión solitaria.

La mañana siguiente, o sea el sábado 18 de diciembre, que me llevaron ante la teniente que me investigaba entonces para la “entrevista” de rigor, le respondí que me sentía muy mal, que no había podido dormir y sentía que en lugar de reconocer que había hecho bien las cosas, me estaban castigando y le solicité que regresaran a la celda a Víctor Hugo Tinoco.

La vi muy comprensiva y tomó notas de mi testimonio con suma atención, no obstante, pasé esa noche nuevamente aislado, agobiándome la idea de qué sería del general, qué tan grave enfermedad estaba padeciendo, qué le habían diagnosticado tras el ultrasonido y la necesidad humana de contarle a alguien la intensa experiencia que había vivido.

Fue hasta la tarde del domingo 19 de diciembre que se abrió la puerta de hierro, anunciada por su característico ruido ensordecedor, y para mi tranquilidad vi entrar por segunda vez a la celda número 11 a mi compañero de prisión, Víctor Hugo Tinoco, a quien le conté todo lo relacionado con el estado de su amigo y compañero de lucha, el general de brigada en honrosa condición de retiro, Hugo Torres Jiménez, a quien nunca más volvería a ver, pues falleció el 12 de febrero de 2022 en el Hospital Roberto Huembes de la Policía.

Próxima entrega: Capítulo 7. Visitas familiares y poemas sin papel

Entrega anterior: Capítulo 5. La segunda acusación

La Prensa Domingo

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COMENTARIOS

  1. Hace 2 años

    La rata mayor de la Chayo Murillo va directamente al Séptimo Círculo del infierno donde según el poeta italiano Dante Alighieri el alma de todos los traidores a benefactor terminan. Hugo Torres fue un benefactor del hombre de la rata mayor al liberarlo de la prision y en este relato desgarrador de PJCH el lector se entera hasta donde llega la crueldad del ser humano. El único consuelo – si el lector cree en la filosofía Platónica – es de que el alma de Torres está con su padre el honorable oficial de la Guardia Nacional de Nicaragua Cipriano Torres.

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