La poca historia que conocemos los nicaragüenses está llena de mitos hijos de la ignorancia y pasiones políticas. Tanto que a veces invierten la realidad. Dos casos patéticos son el de Sandino y la intervención norteamericana de 1926. En los discursos del régimen actual y, en los textos que imponen en nuestras escuelas, el primero es santificado y el segundo demonizado. Pero esto es una falsificación de la realidad que hay que exponer porque, como advirtiera Isaías, “¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo! …”
Afortunadamente la verdad histórica que tapan los mitos es asequible gracias a las investigaciones de académicos de prestigio, como Richard Millet (Guardianes de la Dinastía) Knut Walter (El Régimen de Anastasio Somoza, 1936-1956) Volker Wunderich (Sandino, una biografía política), Arnold Tonybe (Los Estados Unidos, Méjico y Nicaragua), Neil Macaulay (The Sandino Affair), Alejandro Bolaños Geyer (Sandino) y otros autores nacionales y extranjeros.
Basado en sus aportes publiqué recientemente siete artículos (disponibles gratis para quienes los soliciten) cuyas conclusiones presento a continuación en forma de cinco mitos que hay que desmontar, aunque hacerlo suene a blasfemia:
1. Que Sandino fue un gran patriota
No lo fue. Porque patriota es quien busca por encima de todo el bien de su patria o de sus habitantes. Sandino, pretextando la defensa de la soberanía prefirió una guerra innecesaria —causante de grandes sufrimientos en el norte del país— a la alternativa de elecciones supervisadas por un poder neutral. En este sentido Moncada y sus generales, quienes eligieron la vía cívica y la paz, y a quienes Sandino llamó traidores, fueron más estadistas y patriotas que él.
2. Que la intervención norteamericana fue un acto de violación inaceptable de nuestra soberanía.
Fue, evidentemente, una injerencia extranjera, pero bien analizada fue benévola y, en cierto modo, hasta necesaria. Vino con la intención de evitar la inestabilidad y anarquía en una zona que, por ser canalera, consideraban de vital importancia geopolítica. Pero no vino en plan de guerra sino para forzar a que los bandos en lucha no resolvieron su conflicto con balas sino con elecciones. Ella fue aceptada por los dos partidos políticos existentes y por la mayoría del pueblo. Sin ella Nicaragua hubiese seguido en un marasmo político sangriento e indefinido. Con ella se alcanzó la paz entre las facciones y las primeras elecciones libres de nuestra historia. Fue también una oportunidad para que se institucionalizase dos metas buenas de los interventores: dotar Nicaragua de un buen sistema electoral y de un ejército nacional, apolítico. Si esto no se logró después fue culpa exclusiva de los nicaragüenses.
3. Que Sandino debe considerarse nuestro más grande héroe nacional
Merecen el más alto pedestal de la patria no solo los guerreros valientes sino personajes virtuosos que sirvan de ejemplo a las siguientes generaciones. Sandino no califica: fue sanguinario y necrófilo —como su sello (un marino siendo decapitado a machete) y su bandera con una calavera— saqueador, vanidoso, megalómano —con graves delirios de grandeza— y totalmente falto de ideales democráticos. No tiene comparación con un Gandhi que, mientras Sandino decapitaba enemigos, exhortaba al pueblo hindú a luchar por la independencia sin violencia y sin odio.
4. Que Sandino llegó a Managua en 1934 en son de paz
No fue así, aunque personalidades como Pedro Joaquín Chamorro Cardenal lo hayan creído y exaltado (errare humanum est). Sandino nunca pensó integrarse a la vida cívica ni entregar sus armas. Más bien aspiraba a crear un ejército liberador de Centroamérica. Su empecinamiento influyó mucho en su encontronazo letal con el estado mayor de la GN.
5. Que su muerte fue ampliamente llorada
El embajador de Alemania daría una versión más balanceada: “Una parte está indignada, porque veía en Sandino a un héroe nacional. Otra parte, en especial los habitantes de los departamentos donde la gente de Sandino impuso contribuciones de guerra y realizó saqueos, está satisfecha con su muerte”.
Conclusión de conclusiones
Por el bien de la futura Nicaragua y el fomento del civismo y los valores democráticos deben dejarse atrás idolatrías absurdas y terminar el culto a Sandino. Escuchemos a Horace Greeley: “El hombre tiene inclinación natural para la idolatría… No hay pedazo de palo tan frágil ni madera tan podrida que, aunque no sirva para nada más en el mundo, no se pueda usar para hacer un ídolo… lo mismo sucede con el culto al héroe que con todas las otras formas de idolatría. No hay criatura tan débil e imbécil, tan desprovista de humanidad y sentido común, que no llene perfectamente bien los requisitos para hacer de ella un héroe, y especialmente un héroe militar”.
Escuchemos también a S. Juan Pablo II: “Aprended a llamar blanco a lo blanco y negro a lo negro; mal al mal, y bien al bien”.
El autor fue ministro de educación y es autor del libro “Buscando la Tierra Prometida, historia de Nicaragua 1492-2019”, en el cual se abordan estos temas en más profundidad. Está disponible en librerías locales y en Amazon.