Introducción
Es fácil odiar la intervención extranjera. Viola nuestro sentido de soberanía, humilla nuestro orgullo nacional y mancilla nuestra autodeterminación. Es natural entonces que despierten una reacción natural de repudio hacia ellas y sus cómplices, y de admiración hacia quienes las han combatido. El problema es que estos mecanismos emocionales fomentan el maniqueísmo; la tendencia a demonizar a unos y santificar a otros, impidiendo ver realidades mucho más complejas.
En este ensayo trataré de examinar la intervención norteamericana de 1926-1933. No examinaré las anteriores, aunque habrá que hacer referencias a ellas para entenderla mejor. Puedo anticipar que el escrito cosechará iras y ataques personales, sobre todo de quienes consideran al yanki “enemigo de la humanidad”.
Pero hay que decirlo: no toda intervención es, por definición, mala. No lo fue, para citar un ejemplo, la que derrocó a Noriega y abrió para Panamá décadas de paz y prosperidad. Sí lo es la de Rusia en Ucrania. Cada caso debe evaluarse por separado. Es lo que intentaré ahora.
Antecedentes
Antes de la intervención de 1926 Estados Unidos había intervenido en 1909, en apoyo a la revolución libero conservadora que derrocó a Zelaya, y en 1912, ante la llamada guerra de Mena. La razón fundamental fue geopolítica. La economía de Nicaragua era ínfima y las inversiones norteamericanas insignificantes. Pero con la construcción del Canal de Panamá, reiniciada en 1903, y terminada en 1914, el país había adquirido una importancia estratégica extraordinaria al constituir una ruta canalera alternativa. Poderes de ultramar acariciaban la idea de construir en él su canal. Zelaya, con todo su derecho, había ofrecido tal posibilidad a Alemania en una época de rivalidades imperiales que culminaría en la Primera Guerra Mundial de 1914. Estados Unidos, adscritos de corazón a la doctrina Monroe de América para los americanos, rechazaban categóricamente la presencia de poderes de ultramar en el continente y, más aún, en Centroamérica.
Esto explica parcialmente su hostilidad a Zelaya y luego su interés por evitar la crónica inestabilidad política de Nicaragua —el país con más guerras civiles de Centroamérica— la cual constituía una invitación a que poderes extranjeros se aprovecharan para poner un pie en la región. El país tenía dos pies de Aquiles que evitaban la paz duradera: la falta de un sistema electoral confiable y de un cuerpo armado no partidario. Estados Unidos se propuso remediarlos —sin éxito— tras su intervención de 1912; primero con la ley electoral Dodds de 1923, y luego con la organización de una fuerza militar profesional y apolítica llamada “constabularia”.
La geopolítica explica también su interés de firmar con Nicaragua el famoso tratado Chamorro Bryan de 1914, que concedía a Estados Unidos el derecho exclusivo a construir un canal interoceánico. Visto como una infamia por la izquierda, el tratado fue mucho menos lesivo para la soberanía nacional que el firmado por Daniel Ortega con Wang Jing en 2013. Pero es un tema que habrá que dejarlo para otro artículo.
La intervención norteamericana de 1912 duró hasta 1925, aunque su contingente militar permanente no pasó de cien soldados. Su prolongada aunque simbólica presencia obedecía al temor, compartido por muchos políticos locales, de que sin ella el país podía volver a la anarquía. Disintió de este sentir el obispo de León, Simeón Pereira quien aseguró al cardenal James Gibbons, arzobispo de Baltimore, que, “al realizarse la liberación de Nicaragua de las armas estadounidenses, la paz más absoluta, el orden más estricto, reinará entre sus conciudadanos”.
El 3 de agosto de 1925 se fue el último soldado norteamericano cumpliéndose así el anhelo de monseñor Pereira. Pero no su profecía: el 25 de octubre Emiliano Chamorro daba un golpe de Estado, politizaba al ejército, y poco después el país se hundía en la sangrienta guerra constitucionalista. Decepcionado, el embajador estadounidense Charles Eberhardt escribiría un comentario que a un siglo de distancia suena actual: “Es evidente que no ha llegado aún el tiempo, si es que llegará alguna vez, en que tendrá éxito en Nicaragua una guardia militar no partidaria o Guardia Nacional, organizada y mantenida bajo ideas e ideales norteamericanos. Simplemente no se la desea. Sea conservador o liberal el presidente, insistirá en que la organización esté compuesta por miembros de su mismo partido. Actualmente el general Chamorro está haciendo esto”.
Catorce meses después vino la intervención norteamericana de 1926, la cual será el tema de la próxima entrega.
El autor es sociólogo e historiador. Autor de En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.