La política en un Estado totalitario

Puede parecer una perogrullada decir que no es igual la política en un Estado democrático que en otro totalitario, pues una “verdad de Perogrullo” significa “lo que es obvio y notoriamente sabido”.

Pero este tema es realmente serio por lo que ha debido ser estudiado y explicado por innumerables estudiosos y maestros de las ciencias políticas. Uno de ellos, por ejemplo, es la colombiana Mariana Delgado Barón, máster en Ciencia Política de la Universidad de los Andes y de Política Internacional de la Universidad de Birmingham, Inglaterra.

En un estudio del tema titulado Los sujetos de la acción política en los totalitarismos, los autoritarismos y las democracias: de la política del terror a la política de la deliberación, la doctora Delgado Barrón explica que “el totalitarismo opera con una estructura dual compuesta por el Partido y por el Estado en la que el primero se constituye en un agente privilegiado del proceso de identificación del poder y el pueblo y del proceso de homogeneización del campo social”.

Es lo contrario del Estado democrático, que funciona con base en el pluralismo no solo de partidos sino también de un enjambre de organizaciones de la sociedad civil que representan y defienden los intereses particulares (pero también los globales) de cada sector social.

En el totalitarismo no hay más partido que el oficial, sin perjuicio de que en algunos casos se permita la existencia de algunos pequeños grupos políticos que son más de adorno y comparsa, pues no representan nada ni hacen ninguna competencia por el poder.

En el totalitarismo —señala la mencionada científica política colombiana—, “la dualidad Partido-Estado posibilita que el partido se constituya en el eje rector y controlador del aparato estatal, o en otras palabras, permite precisamente la influencia del Partido sobre el Estado”. Y agrega que “es justamente  esta autoridad dual que da forma al totalitarismo, la que permite hablar del Partido como el sujeto de la acción política fundamental, y del Estado como el instrumento de poder de ese Partido”.

La doctora Delgado Barón cita a la filósofa política alemana-estadounidense Hanna Arendt  (1906-1975), quien escribió que “la maquinaria del gobierno es habitualmente descrita como la fachada carente de poder que oculta y protege al verdadero poder del partido”. Y añade que en el totalitarismo el Partido “se apropia del aparato estatal y, de esta forma, se constituye en el ente abarcador y controlador que concentra todo poder existente. Es el Estado el que se funde en el Partido y es este último el que ejerce su influencia sobre el primero a pesar de que ambos se ‘entre-trascienden’ y se benefician mutuamente”.

Pero eso no es todo. En el totalitarismo el Partido trasciende al Estado y se erige en la “instancia suprema”, en la “guía” del Estado, en el controlador del aparato estatal, al punto de reconocer que “el verdadero jefe de Estado no es el jefe de Estado, sino el jefe del Partido”. La científica política no alude específicamente a ningún país totalitario, pero se refiere a todos, tanto a Rusia como a China, Corea del Norte, Cuba, Venezuela o Nicaragua.

Sin duda que la democracia a pesar de todos sus defectos es un sistema mejor y preferible que el totalitarismo. Comenzando con que el Estado es abierto a la participación pluralista en los quehaceres públicos, que la oposición es tolerada y respetada, que hay Estado de derecho, respeto a los derechos humanos y alternabilidad en el poder.

No en balde otro eminente filósofo político europeo, el austríaco Karl Popper (1902-1994), recordó que la democracia es el único sistema político en el que “los gobernantes cambian sin derramamiento de sangre”.

COMENTARIOS

  1. Hace 2 años

    Se me hace infantil comparar una cosa con la otra.

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