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La mañana del domingo 22 de enero de 1984, Osman Jiménez acudió al llamado del Servicio Militar obligatorio. Esa misma tarde, junto a sus compañeros, abordó los buses que el «gobierno revolucionario» dispuso para el traslado. La incertidumbre lo embargaba: no sabían qué destino llevaban. Integraban el primer grupo de jóvenes convocados al Servicio Militar, una ley recién creada en septiembre de 1983.
La caravana de buses tomó rumbo al norte y llegó por la noche a Waswalí, Matagalpa. Allí durmieron en el suelo y los unieron a otro grupo de jóvenes reconcentrados en esa unidad militar desde diciembre.
Al día siguiente, Jiménez recuerda que llegaron a traerlos en camiones de barandas, de los usados para transportar ganado. La caravana de vehículos civiles iba escoltada por camiones militares. El viaje fue lento, largo y agotador: apretujados por el calor y la sofocación, llegaron por la noche a su destino final.
El lugar estaba lleno de monte y cubierto de fango. La lluvia y el canto de las chicharras le dieron la bienvenida al contingente. Los recibieron con un arroz masoso, frijoles agrios y un queso rancio. Aquel sitio era Mulukukú, que en lengua mayangna significa «ribera de sahínos». La escuela se ubicaba a 240 kilómetros de Managua; en esos años solo había ocho casas campesinas a lo largo de la carretera.
Osman Jiménez recuerda que desde ese momento las cosas cambiaron radicalmente: comenzaron a organizarlos en compañías. La rutina empezaba a las 4:00 a.m. con ejercicios físicos. Luego escuchaban la orientación política y coreaban consignas que, según recuerda, eran una «pura mierda» de elogios a una revolución con la cual la mayoría no se sentía identificada. Después tomaban el desayuno, que incluía cucarachas en el café y en los alimentos, «si se le podía llamar comida a la porquería que nos daban».
El resto del día lo dedicaban al entrenamiento militar, clases de adoctrinamiento y labores de construcción. La escuela como tal no existía; solo había unas cuantas champas ocupadas por los militares permanentes y asesores cubanos. Los mismos reclutas construyeron las covachas donde colgaban sus hamacas, cada una a mil metros de distancia de la siguiente compañía. También levantaron pozos tiradores, trincheras, la cocina, el comedor y los obstáculos donde entrenaban.
Recuerda que a su llegada a Mulukukú la zona aún olía a muerte. El 6 de enero de ese año, la Contra se había tomado el lugar. En el ataque murió el soldado sandinista Denis Gutiérrez, cuyo nombre fue asignado al Centro de Entrenamiento Militar (CEM).
«Nosotros pasamos muchos días vestidos de civil y sin armas. Se filtró la información de que los del Comando Jorge Salazar iban por todos los chavalos de Mulukukú. A raíz de eso llegó la gente del Batallón Simón Bolívar a custodiarnos, y desde entonces nos dieron los uniformes y las armas», señala Jiménez.
Jiménez y el contingente de unos 1,200 jóvenes concluyeron el curso de entrenamiento militar a finales de abril de 1984. Todos pasaron a formar parte de las distintas unidades de combate del Ejército Sandinista en los frentes de guerra. Muchos murieron; unos cuantos volvieron con vida, como Jiménez, quien logró desmovilizarse en diciembre de 1985.
Miles de jóvenes obligados a cumplir el Servicio Militar continuaron llegando al mal llamado «Paraíso de la Juventud», que funcionó desde 1983 hasta 1990, con el fin de la guerra. Atrás quedó el verso de la canción de Carlos Mejía Godoy: «Mulukukú, mulukukú, yo quiero vivir cantando tu nombre claro Mulukukú».











