Entre el amor, las cenizas y la cura de humildad

Este 14 de febrero de 2024 coincide la celebración de San Valentín (también Día del Amor y la Amistad) con el Miércoles de Ceniza.

La primera festeja el amor humano, romántico de pareja, pero también el amor fraternal y el cariño amistoso. La segunda, religiosa y espiritual, marca el inicio de la Cuaresma o 40 días antes de la Pascua de Resurrección.

Las dos celebraciones están hondamente arraigadas en Nicaragua, la del Miércoles de Ceniza por la religiosidad católica y la de San Valentín por la cultura sentimental; y aunque son de distinta naturaleza se puede celebrarlas a la  vez sin que haya menoscabo de ninguna de las dos.

Como se sabe, en la religión católica la Cuaresma es el período de preparación espiritual, purificación e iluminación interna de los creyentes para recibir la resurrección de Jesús, el Mesías, que constituye el fundamento del cristianismo. Muy claramente lo estableció el apóstol Pablo en la Primera Carta a los Corintios: “Si Cristo no ha sido resucitado, nuestra predicación ya no contiene nada ni queda nada de lo que creen ustedes”.

La Cuaresma simboliza también, aunque esto no es lo esencial, los 40 días que Jesús de Nazareth oró en el desierto, los 40 días que duró el Diluvio Universal y las 40 décadas que el pueblo judío sufrió la esclavitud en Egipto.

San Valentín, en cambio, es una celebración romántica y mundana, pero no hay contradicción ni exclusión entre ambas celebraciones. El papa Francisco, en su oración previa al inicio de la Cuaresma y de la celebración de San Valentín en este año, reconoció el inmenso valor que tiene el amor humano, inclusive en la forma impersonal que se expresa ahora a través de las omnipresentes redes sociales. “Son instrumentos útiles —reconoció el sumo pontífice—,  pero no bastan en el amor, no pueden sustituir la presencia concreta” de las personas.

“El amor necesita concreción, presencia, encuentro, tiempo y espacio donados: no puede reducirse a hermosas palabras, a imágenes en una pantalla, a  selfies de un momento o a mensajes apresurados”, expresó el santo padre el pasado domingo 11 de febrero, al concluir la misa de canonización de Mama Antula, la primera santa argentina de la Iglesia católica.

De manera que no es impropio que las personas, creyentes o no, celebren el amor humano y la amistad con obsequios y festejos. Ni tiene que haber impedimento para celebrar al mismo tiempo, en el lugar y momento que a cada una le corresponde, la festividad espiritual del Miércoles de Ceniza o inicio de la Cuaresma, y la fiesta mundana y sentimental de San Valentín.

El escritor y periodista ecuatoriano Alfonso Reece Dousdebés escribe al respecto que “la coincidencia en un mismo día de las celebraciones del Miércoles de Ceniza con la fiesta de San Valentín puede ser un símbolo de la naturaleza flamígera (llameante), pero perecedera del amor, cuya realización en el romance está necesariamente destinada a convertirse en humo y escoria”. Pero si recurrimos a Francisco de Quevedo, ese resto puede ser evidencia inextinguible de eternidad: “…serán ceniza, mas tendrá sentido;/ polvo serán, mas polvo enamorado. El amor y la muerte, como el éxtasis y la consumación, son dos aspectos inseparables de una sola realidad”.

Por su parte, el periodista, teólogo y escritor español, Abel Hernández, reflexiona que la coincidencia del Miércoles de Ceniza con la fiesta de San Valentín representa “la conjunción del amor y la muerte que nutre las mejores páginas de la literatura universal”.

Advierte Hernández que el rito de la ceniza que se pone en forma de cruz en la frente de los creyentes que asisten a la misa de ese día, es “la cura de humildad (…) que no alcanza desde luego a los gobernantes, que se creen con cuerda interminable, sin darse cuenta que son polvo y se convertirán pronto en polvo”.

Se refiere el autor español a la hermosa frase en latín que pronuncia el oficiante al imponer la cruz de ceniza en la frente de la persona católica: Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem converteris (“Recuerda, hombre, que eres polvo y que en polvo te convertirás”). Una hermosa expresión latina que se origina en una frase del patriarca Abraham, que ahora los oficiantes pueden intercambiar con las palabras salidas del Evangelio de San Marcos: “Conviértete y cree en el Evangelio”.

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