LA PRENSA informó este lunes 12 de febrero que el obispo auxiliar de Managua, monseñor Silvio Báez, no oficiará por “varias semanas” la misa dominical que desde hace algunos años venía celebrando en la iglesia de Santa Agatha, en Miami, donde se encuentra o ha estado exiliado.
La información la dio el padre Marcos Somarriba, párroco de Santa Agatha, quien dijo a LA PRENSA que la ausencia de monseñor Báez se debe a que como obispo tiene muchas ocupaciones y compromisos. “Entonces no todo el tiempo puede estar aquí, eso es todo”, dijo enfáticamente el presbítero. De manera que monseñor Báez tampoco pronunciará ni publicará sus impactantes homilías que con su autorización personal eran reproducidas el mismo día por este Diario.
Es lamentable la ausencia de monseñor Báez, quien por estar en el exilio ha sido el único de los obispos que ha podido denunciar públicamente la persecución estatal que sufre la Iglesia católica de Nicaragua y defender a sus hermanos religiosos y a todos los cristianos nicaragüenses.
Ahora bien, dicho con todo el respeto que se merece el padre Somarriba, su explicación de la ausencia de monseñor Báez no es convincente, pues siempre ha tenido muchas ocupaciones y compromisos, pero eso no le impedía celebrar la misa dominical en Santa Agatha y proclamar desde allí sus homilías de aliento profético.
La información de LA PRENSA ha llamado la atención al hecho muy interesante de que la ausencia de monseñor Báez se produjo después de que fue llamado al Vaticano por el papa Francisco, a raíz de la negociación con el régimen de Nicaragua para la excarcelación y destierro de los obispos y sacerdotes de la Iglesia católica que estaban encarcelados.
Monseñor Báez informó en aquella ocasión que el papa Francisco lo confirmó como obispo auxiliar de Managua, lo que fue una buena noticia para los católicos de Nicaragua, pero a continuación vino la mala de su ausencia y mutismo, como se le llama al silencio voluntario o impuesto de una persona.
También después de dicha negociación del Vaticano con el régimen han ocurrido otros dos hechos sorprendentes e inexplicados. Primero, las monjas que servían como personal administrativo en la Catedral de Managua cesaron súbitamente sus funciones y fueron sustituidas por personas que son desconocidas para los feligreses que regularmente asisten a la Catedral.
Segundo, que los sacerdotes de la orden jesuita que desde hace 93 años estaban a cargo de la parroquia de Santo Domingo, en el centro de la antigua ciudad de Managua, inesperadamente dejaron esa histórica responsabilidad igualmente sin que se diera información sobre la causa o motivo del hecho.
¿Será eso (la ausencia de monseñor Báez, la extraña sustitución de las monjas de Catedral y la salida de los sacerdotes jesuitas de la iglesia de Santo Domingo) lo que tuvo que ceder el Vaticano a cambio de que el régimen excarcelara y desterrara a Roma a los obispos, sacerdotes y otras personas consagradas?
La verdad es que en las negociaciones políticas y diplomáticas las partes siempre deben ceder algo o mucho para obtener todo o parte de lo que cada una quiere. Y se sabe lo que cedió el régimen en el caso de los obispos y sacerdotes encarcelados, pero no es público lo que el Vaticano habría dado a cambio.
La diplomacia del Vaticano, dice el obispo argentino monseñor Sergio Osvaldo Buenaventura, “no corre por los mismos registros que la diplomacia de los países”. En realidad, si en general la diplomacia de los Estados es siempre discreta y muchas veces silenciosa, la del Vaticano tiene que serlo mucho más y como ha dicho el mismo papa Francisco, “nunca cerrar la puerta a posibles soluciones”.
De todas maneras, en su momento todos los entretelones de las negociaciones del Vaticano con el régimen se conocerán. Como se dice en la Parábola de la lámpara y de la medida del Evangelio de San Marcos: “Pues si algo está escondido, tendrá que descubrirse, y si hay algún secreto, tendrá que saberse”.