Se cumple este viernes 9 febrero un año de que 222 presos políticos, mujeres y hombres, fueron excarcelados y desterrados a Estados Unidos en un avión fletado por el gobierno de ese país. Y además fueron despojados por el régimen de su condición de nicaragüenses.
Aquel hecho sin precedente nacional e internacional solo pudo ser posible por el apoyo del gobierno de Estados Unidos a la lucha por la libertad y la democracia en Nicaragua, así como por su solidaridad permanente con los presos políticos y de conciencia nicaragüenses.
Desde entonces se ha hablado mucho sobre aquel hecho histórico. Pero el tema da para más y se sigue analizando desde diversos ángulos políticos, jurídicos y humanitarios.
Entre las diversas opiniones sobre el caso que han sido expresadas públicamente se ha dicho que aunque los 222 hayan sido excarcelados no obtuvieron su libertad, porque no se es libre siendo desterrados y exiliados.
“El destierro no es liberación”, dicen, con lo cual, aunque seguramente no sea tal su intención, de hecho minimizan y trivializan la excarcelación de las presas y presos políticos y la enorme significación emocional y material que tuvo para ellos y sus familiares, sobre todo los más cercanos.
Ciertamente, la libertad es la plena facultad y capacidad de la persona humana para autodeterminarse, para escoger y tomar decisiones con responsabilidad para consigo mismo y la comunidad o la sociedad. En tanto que liberar significa eliminar de coacciones, coerciones, trabas, limitaciones u obstáculos la vida de la persona, de la sociedad y de la nación.
Es obvio que al ser expulsados de su patria y despojados de su nacionalidad, los 222 ex presos políticos no fueron liberados en el completo y exacto sentido de la palabra. Pero ¿no es mejor que esas personas hayan sido excarceladas y enviadas al destierro, en vez de que permanecieran encerradas en las horrendas celdas de presos políticos soportando el trato inhumano de sus carceleros?
Dicen los juristas humanitarios que hay una relación directa del castigo penal y la acción punitiva con la imposición de dolor y sufrimiento. Aseguran que “la cárcel es una máquina de destrucción humana”, porque castiga a los presos de manera cruel con el objetivo de anularlos como personas. Lo cual es cierto para los presos en general, pero sobre todo para los prisioneros políticos.
De manera que solo el hecho de que los 222 ex presos políticos ya no estén en la cárcel ha sido una bendición para ellos y sus familiares. Y lo mismo se puede decir de los obispos, sacerdotes y seminaristas que en octubre del 2023 también fueron excarcelados y desterrados.
“Hay que haber estado preso para saber lo que vale la libertad”, se dice en la letra de una canción que cantó el puertorriqueño Daniel Santos, titulada Amnistía, que fue muy popular en Nicaragua y toda América Latina. Una frase que tiene sin duda mucha validez y un valor cultural y político imperecedero.