Lamentablemente se volvió a perder. Nicaragua se ha convertido en coleccionista de derrotas en Miami, pero contra Panamá se sumó un nuevo síntoma: la falta de bateo. Parece que el equipo está enfermo crónico: dormido en jugadas claves, titubeante a la defensiva, sin pitcheo de relevo y, al menos este domingo, Marvin Benard se precipitó en sus decisiones.
Se perdió a pesar del gran esfuerzo de la comunidad nicaragüense en hacer sentir a los jugadores como si estuvieran casa. Se perdió porque es más que evidente el estancamiento beisbolístico del país, porque ni Melvin Novia pudo tocar pelota en la segunda entrada ni Omar Mendoza dio el batazo empujador, sino que “mató” al equipo con un doble play. Se perdió debido a que en el tercer inning dejamos las bases llenas con un out, porque Cheslor Cuthbert se entregó en segunda y más tarde Novoa se duerme en una jugada infantil en el plato. Perdemos porque sin out y con dos abordo en el séptimo episodio fuimos incapaces de empujar carreras. Perdemos en consecuencia de la desaparición del bateo, sin embargo, el fondo de todo es que sufrimos de un síndrome de crecimiento, el beisbol se mantiene al nivel de un bonsái en Nicaragua, mientras crece en otros países.
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La decisión más polémica del partido fue cuando Marvin Benard decide retirar del montículo a Ronald Medrano. El derecho había anulado la ofensiva panameña, se colocaba por delante en los conteos y se crecía sobre la colina. No obstante, después de un out en el quinto inning, un doble y base por bolas, el mánager le dice adiós, sabiendo de la escases de relevistas y de lanzadores de nivel. Benard se equivocó, el mismo Medrano lo dijo con gestos cuando caminaba hacia el dogout. Entró Fidencio Flores y no pudo sostener el marcador, quebrando el empate, luego vino la debacle.
Se esfumó el bateo y las esperanzas de un milagro.