“¡Levántate en seguida!”

El pasado domingo 14 de enero el pueblo católico nicaragüense experimentó la profunda alegría de la noticia de que los obispos Rolando Álvarez, Isidoro Mora, así como los sacerdotes y seminaristas —hasta la fecha secuestrados por el régimen de Ortega y Murillo— habían sido desterrados a Roma, Italia.

Hay que decirlo con claridad meridiana: no se trata de un triunfalismo de la dictadura como parte de la política represiva y violatoria contra la Iglesia, sino que, manifiesta la debilidad y temor de un sistema criminal contra la institución más confiable de la sociedad nicaragüense por su fortaleza profética y la integridad moral y espiritual de sus pastores.

La Iglesia es consciente de la naturaleza que posee en medio de la hostilidad del mundo. En palabras de San Agustín de Hipona: “La Iglesia en este siglo, en estos tristes días, no solo desde Cristo y los apóstoles y hasta el fin del mundo, camina su jornada entre las persecuciones del mundo y las consolaciones de Dios”. El Señor se ha acordado del pueblo nicaragüense, y aunque nuestro deseo es el ejercicio pastoral de nuestra Iglesia en libertad, agradecemos a Dios el conceder la liberación de sus pastores, en el lenguaje mariano: “Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador” (Lc 1,47).

Sin embargo, este gozo por la obra del Señor no debe desapartar nuestra mirada de la dictadura. Debemos continuar denunciando la persecución sistemática contra los derechos humanos y las libertades individuales en el país. Su desprecio a la legalidad constitucional y a aquellas obligaciones en el marco del derecho internacional para la protección, defensa, respeto y promoción de los derechos humanos, no puede dejar de ser evidenciada, incluso si la comunidad internacional hace caso omiso de nuestras demandas.  

El recibimiento del cardenal secretario de Estado (Pietro Parolin) a los obispos, sacerdotes y seminaristas en nombre del papa Francisco, representa la comunión y catolicidad de la Iglesia. Es un solo el padecer y una sola alegría frente a este hecho por el cual oramos incesantemente. Esto no queda aquí: nuestra plegaria sigue continua para que los pastores exiliados regresen a sus diócesis a buscar a la oveja perdida, quizá solo una, pero por la cual es más grande la alegría en el cielo.

La Iglesia en Nicaragua continuará confiando en la promesa del Magnificat: “Derriba [el Señor] del trono a los poderosos” (Lc 1,52). Seguirá peregrinando, invocando el auxilio del Señor y a los pies de la Inmaculada Concepción en su Basílica del Viejo, entonará con ferviente júbilo: “La erguida cabeza/ pisó valeroso/ tu pie victorioso/ del fiero dragón”.

Nunca antes había sido tan fortalecida la fe del pueblo nicaragüense. Dios se ha acordado de nosotros. La Iglesia resistirá porque los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella.

El autor es articulista nicaragüense exiliado

COMENTARIOS

  1. Hace 2 años

    Manuel, A como hilvanaron e hicieron los primeros cristianos primitivos, posterior a la crucificacion de nuestro guia espiritual, Cristo…. Nosotros los Nicaragüenses debemos practicar en nuestra vida cotidiana el culto y la emulación del mensaje y Filosofía de vida dejada por nuestro salvador en la cruz y ejemplo con los primeros Evangelistas en las calles de Jerusalem.

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