El historiador canadiense y director del Laboratorio de Historia Global de la Universidad de Princeton, Jeremy Alderman, sostiene la tesis de que aunque no se pueden descartar los golpes de Estado tradicionales para imponer regímenes autoritarios, la tendencia en la época actual es a “la interrupción del funcionamiento democrático por la vía del golpe cívico”.
En un artículo publicado recientemente por Project Sindicate, Alderman señala que “desde que terminó la Guerra Fría, ha habido tres clases de golpes de esa naturaleza”. Y pone como ejemplo del primer modelo a Hungría, en Europa, donde el autoritarismo no se ha impuesto mediante el uso la fuerza, “sino de la manipulación de la opinión pública y de la capacidad de desmantelar a través del proceso político el sistema de frenos y contrapesos al poder del partido gobernante”.
Según Alderman, “la segunda forma de retroceso democrático es más común, y puede verse en toda clase de países, grandes como Rusia bajo Vladímir Putin y pequeños como Nicaragua bajo Daniel Ortega”. Este modelo de autoritarismo —dice Alderman— se crea a partir de una grave crisis nacional “que lleva al surgimiento de un caudillo (no un movimiento) que liderará el país y creará una red de clientelismo centrada en su persona”.
Agrega el estudioso canadiense que el modelo autoritario ruso y nicaragüense se basa en una red de amigos del poder que dependen del caudillo, junto con elecciones de carácter ritualista y con escasa participación. En vez de apelar a un partido institucionalizado (como el de Víctor Orbán en Hugría), estos mandamases (Putin y Ortega) convierten el Estado en un negocio para familiares y amigos”. Protegido por robustas y despiadadas fuerzas represivas.
A propósito de este modelo de autoritarismo señalado por el historiador de la Universidad de Princeton, cabe mencionar que LA PRENSA ha publicado en su edición del recién pasado domingo 14 de enero un artículo informativo sobre los clanes familiares que sostienen al régimen de Daniel Ortega, y destaca a los ocho principales.
La tercera “forma de avance de las autocracias” que señala Jeremy Alderman, es aquella que “no depende de partidos dominantes o cleptócratas autoritarios, pero también aprovecha una emergencia nacional (real o inventada). Un exponente de esta estrategia para imponer el autoritarismo es el caudillo salvadoreño Nayib Bukele, autor de un manual que debería preocupar a los demócratas”.
Aclara el historiador Alderman que Bukele ha impuesto “un régimen de excepción que acepta formalmente la importancia de las reglas y de los frenos y contrapesos, e incluso tolera el disenso interno, hasta cierto punto (de hecho, los excepcionalistas señalan su existencia para justificar su régimen). El argumento es que si bien las restricciones son vitales para las repúblicas en tiempos normales, las emergencias demandan su suspensión”.
Bukele goza de un respaldo popular mayoritario en su país que le permitirá reelegirse sin necesidad de hacer fraude, pues en una situación de terrible inseguridad como la que había en El Salvador bajo la dominación de las pandillas criminales, si la gente es puesta a escoger entre seguridad y derechos fácilmente opta por lo primero.
Pero el estudio del académico Jeremy Alderman no es para escoger el mejor entre los tres modelos de autoritarismo que él menciona porque los tres igualmente son indeseables. Es para alertar sobre la imperiosa necesidad de defender la democracia, allí donde existe, y para promoverla donde no la hay, pues a pesar de sus reconocidos defectos y limitaciones sigue siendo el mejor de todos los sistemas políticos conocidos y posibles.