Al comenzar el nuevo año, representantes de la oposición nicaragüense en el exilio —la única que existe debido a la criminalización estatal de la actividad opositora dentro del país—, dicen que en el nuevo año su objetivo principal es la unidad para enfrentar a la dictadura.
Es el mismo objetivo que se han venido planteando en los últimos años, desde antes de que la represión desmantelara a la oposición interna y obligara a sus dirigentes a reagruparse en el extranjero. La unidad es el objetivo que prácticamente todos dicen buscarlo, pero no lo alcanzan y algunos más bien lo obstaculizan o sabotean con sus palabras y hechos.
Se podría decir que la unidad ha venido a ser como un mantra o un fetiche de la oposición. Mantra, como se sabe, es una palabra o concepto que en algunas creencias orientales tiene supuestamente un poder espiritual que a fuerza de ser invocado se puede convertir en realidad. Mientras que el fetiche es un objeto, ídolo o idea a los que se atribuye poderes sobrenaturales; es una creencia de los pueblos primitivos que persiste hasta ahora y no solo en la esfera de la vida religiosa sino también en la política.
Pero la política es ante todo un problema de acción práctica que se debe concebir con realismo. La unidad en la política es sencillamente una condición de eficacia para las organizaciones partidistas cuyos miembros se asocian alrededor de una ideología común. Como también es indispensable entre organizaciones de distintos signos ideológicos y propósitos programáticos, cuando se necesita sumar fuerzas para enfrentar con posibilidad de éxito a un enemigo común. Solo que en este caso es más apropiado hablar de alianza.
“Una alianza de partidos no puede ser regida con los mismos criterios que un partido político” —explica el científico político Fernando Mires—, pues la alianza “supone una dirección colegiada de carácter permanente en donde deben ser debatidas diversas acciones comunes. Luego, las divergencias dentro de una alianza no solo son posibles, sino, además, necesarias.”
De acuerdo con Mires, la alianza se forma no solo entre grupos afines sino también entre sectores, partidos o personas que hasta pueden haber sido enemigos y tienen diferencias ideológicas irreconciliables, pero coindicen en la necesidad de enfrentar a un enemigo común. Una vez alcanzado este objetivo se termina tal alianza de conveniencia limitada, pues “en política no hay matrimonios por amor, todos son por conveniencia”.
En la oposición nicaragüense en el exilio hay quienes rechazan a ciertos sectores o personas opositoras, porque fueron sandinistas totalitarios o somocistas, y los tratan como si fueran el enemigo a derrotar y no la dictadura actual. Es un grave error de quienes pretenden ejercer liderazgo político. Los que comprenden que “hacer política significa, antes que nada, el arte de sumar” son los verdaderos líderes asegura Mires; y “los que solo conocen el arte de restar nunca serán líderes”.
El doctrinario político señala que unidad o alianza no son palabras mágicas. “Pero sin ellas no puede haber ningún movimiento democrático, mucho menos cuando enfrenta a un enemigo —enemigo, no adversario— cuyo objetivo es liquidar la vida política de una nación”. En este caso “la unidad —o alianza— de la oposición es un tema existencial”.
Pero, ¡atención! Mires también advierte que “una cosa es la diversidad en la unidad y otra muy distinta son los enemigos de la unidad. La unidad, en consecuencia, tiene pleno derecho a deslindarse de sus enemigos. Su deber, incluso, es protegerse de ellos. Ninguna unidad puede incluir a sus enemigos. Como todas las cosas en la vida, la unidad tiene límites”.
Ciertamente, corresponde a los políticos opositores con calidad de liderazgo diferenciar a quienes por falta de madurez y sentido de la realidad obstaculizan la unidad o la alianza, de aquellos que son sus enemigos por convicción y la sabotean por oficio. A estos solo cabe ignorarlos y dejar que se frían en su propia manteca.