El año pasado, en el último editorial de LA PRENSA que titulamos Adiós a 2022, otro año nefasto para Nicaragua, expresamos nuestro ferviente deseo de que el 2023 fuese mejor y que ojalá Dios quisiera traer a Nicaragua la libertad, o acercar el momento de su llegada.
Lamentablemente nuestro buen deseo no se cumplió. El año 2023 no trajo la libertad a Nicaragua y ni siquiera acercó al pueblo nicaragüense al disfrute de ese bien humano que según sentenciara don Miguel de Cervantes, “es uno de los dones más preciosos que a los hombres dieron los cielos…”
Inclusive, el recrudecimiento de la represión contra la Iglesia católica al finalizar el año 2023, particularmente por medio del encarcelamiento de más sacerdotes incluyendo a otro obispo, podría motivarnos a decir que este año ha sido tan nefasto como los anteriores.
Sin embargo, debemos reconocer y destacar que por lo menos hubo dos acontecimientos muy positivos y memorables en el año que está concluyendo, los que han sido como destellos de luz en una densa oscuridad.
El primero fue la liberación de los 222 presos políticos el 9 de febrero de 2023. Es cierto que el obispo de Matagalpa, monseñor Rolando Álvarez, quedó en la prisión donde continúa encerrado hasta ahora; y que las personas liberadas fueron desterradas y privadas de su nacionalidad nicaragüense, pero lo más importante fue que salieron de la cárcel. Y que ahora, aunque forzadas a estar lejos de su patria, por lo menos están disfrutando de libertad y terminó la peor angustia de sus familiares.
El otro acontecimiento memorable ocurrió el 18 de noviembre, cuando la joven nicaragüense Sheynnis Alondra Palacios Cornejo fue elegida Miss Universo en el concurso que se realizó en San Salvador, El Salvador.
Que una mujer nicaragüense haya sido elegida Miss Universo no es un hecho político. Pero sí un acontecimiento histórico trascendental y un legítimo motivo de orgullo nacional, de todos los nicaragüenses sin excepciones de ninguna clase.
De manera que esos dos acontecimientos y las celebraciones que motivaron impidieron que los nicaragüenses terminaran el año 2023 con las manos y los corazones vacíos, como ocurrió en los años anteriores que con toda razón los calificamos como “nefastos” para Nicaragua.
Dice la sabiduría popular que la esperanza es lo último que se pierde, o que se debe perder. Y es cierto. La esperanza, como virtud teologal cristiana fundada en la fe, pero también como confianza humana y cívica por un futuro mejor, es como una fortaleza moral que permite a las personas soportar las penurias sin doblegarse, con la certeza de que tarde o temprano podrá obtener lo bueno y justo que merece.
Desde esa perspectiva esperanzada es que al llegar al final del año 2023, hacemos votos para que el año nuevo sea mejor para cada nicaragüense y para toda la nación.