Las primeras medidas gubernamentales de choque dictadas por el nuevo presidente de Argentina, Javier Milei, han convertido a ese país en un volcán social y humano que ya está haciendo erupción en varios cráteres secundarios, pero todavía no llega a la explosión principal.
En apenas dos semanas de ejercicio presidencial Milei ha enfrentado a la sociedad argentina en dos grandes bandos: el de “las fuerzas del cielo” y “los argentinos de bien” como llama a sus partidarios y a quienes dice representar, y “la casta y los colectivistas” como denomina a los demás, no solo a quienes apoyaban al gobierno anterior sino a todos los que de alguna manera usufructuaban los beneficios que está cancelando.
“Vamos por todo”, es el lema con el cual Milei ha impuesto el Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) que contiene el mayor y más duro ajuste fiscal que se recuerda en ese país, el cual deroga unas trescientas leyes y disposiciones administrativas que han perjudicado a las clases empresariales y ricas, pero muchas de las cuales beneficiaban a los trabajadores asalariados y en general a la gente de menos recursos económicos.
La consigna de “vamos por todo”, que significa prácticamente “haremos todo lo que tengamos que hacer cueste lo que cueste y le pese a quién sea”, es igual en el fondo al “vamos con todo” que el régimen de Nicaragua esgrimió para aplastar la rebelión de los tranques en 2018 y la represión de las masivas manifestaciones populares de los ciudadanos que la respaldaron.
Muchas de las normas derogadas de un plumazo por Milei eran negativas para la economía argentina y se hacía necesario abolirlas. Pero no solo ha liquidado privilegios de “la casta política”, como llama a los que mandaban hasta hace poco, sino que también ha arrasado garantías y derechos adquiridos de los trabajadores.
Si el Estado de Argentina es democrático es elemental que se le debe gobernar democráticamente, garantizando la seguridad jurídica, respetando el principio constitucional de la separación de poderes, procurando el consenso nacional y no solo requiriendo el respaldo de los partidarios.
La verdad es que Milei está actuando como un revolucionario, no de izquierda sino de derecha y para favorecer principalmente a las clases propietarias y ricas. Pero de las revoluciones nunca se sabe hasta dónde pueden llegar, de manera que la actuación revolucionaria de Milei inspira temor hasta entre los miembros de las clases económicamente dominantes. Pues, como pregunta el analista Martín Rodríguez Yebra en el diario La Nación, de Buenos Aires: “¿Cómo conviven la seguridad jurídica y el hecho de que un presidente pueda eliminar miles de leyes de la noche a la mañana por su soberana voluntad?El día de mañana un gobierno de signo distinto podría de la misma manera borrar de un plumazo las reglas que ahora parecen triunfar”.
Milei y sus partidarios dicen estar autorizados para hacer lo que están haciendo —y cómo lo están haciendo—porque obtuvieron un “aplastante” 55.59 por ciento de los votos en la elección presidencial del 19 de noviembre pasado. Pero en democracia no existe el aplastamiento. La minoría que pierde una elección, aunque sea de tres, cinco o diez por ciento, conserva todos sus derechos constitucionales y el vencedor tiene la obligación de respetarlos. El respeto a la minoría es uno de los fundamentos de la democracia; además de que la minoría en la elección que ganó Milei fue de más de once millones y medio de ciudadanos argentinos, a los cuales hay que sumar a sus familias.
Esa enorme masa de gente no fue aplastada ni liquidada. Conserva todos sus derechos y tiene una representación en el Congreso, inclusive mayor que la de Milei, pues su partido, La Libertad Avanza, tiene apenas 38, de los 257 diputados, y solo 7 de los 72 senadores.
Si Milei es un demócrata, aparte de que sea libertario o ultraliberal, tendrá que negociar y consensuar en el Congreso, con los diputados y senadores, las reformas que, gradualmente y no como con una motosierra revolucionaria, se deben y pueden realizar en Argentina. De otra manera, ese país en vez de salir de la crisis caerá otra vez en la ingobernabilidad.