La Navidad solo se vive y se entiende desde la fe, desde el corazón; es desde allí donde se palpa y se vive el misterio de Dios: un débil Niño abrazando la historia de los hombres, el Dios con nosotros, el Emmanuel.
De ahí que el Evangelio no dice la palabra se hizo “hombre”, sino que se hizo “carne”. En el lenguaje de aquel tiempo, hablar de carne era lo mismo que hablar de lo más débil de la condición humana… Es decir, la “carne es debilidad”.
Isaías comparaba la carne con la hierba y la flor del campo, es decir, como algo que no tiene consistencia en sí mismo, que es demasiado débil: “Toda carne es hierba y todo su esplendor como flor de campo. La flor se marchita, se seca la hierba” (Is.40,6-7).
Asimismo, Jesús, en Getsemaní, se dirige a sus discípulos y les dice: “El espíritu está pronto, pero la carne es débil” (Mt.26,41).
Este es el centro de nuestra fiesta de Navidad: Dios se ha hecho carne, se ha hecho debilidad, como nos dice San Juan: “La Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros” (Jn.1,14).
El pesebre es un canto a la grandeza de la sencillez: un Dios se hace carne, debilidad y se identifica con lo más débil de nosotros mismos. En la Navidad Dios abraza a la humanidad en su carne, en lo más débil.
Este es el motivo de nuestra fiesta y este es también el gran reto que la Navidad nos pone: quien cree en Jesús se siente orgulloso del Dios de Jesús porque ese Dios, que es Jesús mismo, se ha identificado con lo más humilde y lo más débil para hacernos fuertes con su Espíritu.
Este es el gran motivo de nuestra fiesta; los cristianos nos sentimos orgullosos de cómo Dios nos ama hasta hacerse Jesús, uno con nosotros y, por ello, no podemos dejar de cantar alegres en este día: “Bendito el que viene en el nombre del Señor”.
Por eso, ni los ángeles del cielo pueden callar, y tienen que cantar también este gesto de locura amorosa de Dios: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace” (Lc.2,13-14).
Uno de los ángeles se dirige a lo más débil de aquella sociedad, los pastores, dándoles esta gran noticia: “Les anuncio una gran alegría, que lo será para todo el mundo: Hoy les nacido, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Cristo Señor; y esto les servirá de señal: encontrarán un Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc.2,10-12).
Y los pobres, la gente más humilde, los más débiles, los pastores, tampoco pueden callarse y proclaman a voz en grito lo que han visto y oído: “Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto” (Lc.2,20).
La Navidad es, pues, la fiesta del gesto amoroso de Dios hacia la humanidad: Dios se hace Jesús, se hace carne, se identifica con lo más humilde y pequeño. Es el gran gesto de amor de Dios a los hombres.
El hecho es que “Dios vino a los suyos y los suyos no le recibieron” (Jn.1,11). Los hombres prefirieron las tinieblas antes que la luz (Jn.1,5), ¡y los hombres de hoy seguimos sin recibirlo! No nos queremos dejar abrazar por él.
Han pasado veintiún siglos y los hombres aún no hemos aprendido la lección. La Navidad es una gran lección de Dios, hecho Jesús, carne con nuestra carne, debilidad con nuestra debilidad, para toda la Iglesia, para todos y cada uno de nosotros.
Hermanos: ¡Feliz Navidad!
El autor es sacerdote católico.