En estos días Nicaragua se prepara para conmemorar el 51 aniversario del gran terremoto de Managua del 23 de diciembre de 1972.
Se recuerda aquel sismo ocurrido en la medianoche de la víspera de Navidad que mató a más de diez mil personas, causó lesiones de distinto grado a más de veinte mil y dejó damnificadas a por lo menos otras 200 mil. Además, destruyó el 60 por ciento de las casas de habitación y edificios públicos, comerciales, industriales y financieros de la ciudad capital.
El edificio y las instalaciones de LA PRENSA también fueron destruidos por el movimiento terráqueo. Cuando el periódico pudo volver a circular, el 1 de marzo de 1973, para dar una idea impresionante de la magnitud de aquella catástrofe de la naturaleza, puso como título de portada: En 30 segundos, solo Hiroshima y Managua.
Lo que se quería decir es que medio minuto había sido suficiente para que se produjera una gran mortandad y una terrible destrucción material. En Hiroshima, la bomba atómica lanzada por un avión de Estados Unidos mató en el momento de la explosión a más de cincuenta mil personas y la ciudad fue completamente devastada. En Managua, la tragedia del terremoto de diciembre 1972 le pudo parecer a la gente como la sufrida por el pueblo de Hiroshima en agosto de 1945.
El terremoto de 1972 ocurrió 41 años después del anterior que sufrió Managua el 31 de marzo de 1931. Y según los sismólogos, debido a las fallas geológicas sobre las que está asentada la ciudad capital de Nicaragua otro terremoto de igual o mayor magnitud podría volver a ocurrir en cualquier momento.
Hay que estar preparados para tal eventualidad. En ese sentido son importantes los simulacros que se hacen regularmente en las instituciones de gobierno, empresas y centros de estudio. Pero mucho más importante es garantizar la buena construcción de las casas y edificios y todavía mejor sería poder predecir la ocurrencia de otro terremoto, como se pronostican los huracanes. Sin embargo, los terremotos siguen ocurriendo sorpresivamente porque la ciencia y la tecnología avanzan poco y lentamente en la búsqueda de cómo predecir el momento en que ocurrirá un sismo poderoso.
El diario ABC de España informó el 29 de noviembre pasado que un equipo científico que dirige la geóloga española Patricia Martínez Garzón, en el Centro Alemán de Investigación de Geociencias, en Postdam, escribió en un artículo que algunos grandes terremotos “podrían mostrar una fase de preparación apreciable… Predecir un terremoto podría salvar miles de vida —se dice en la publicación del ABC— pero los autores advierten: estos procesos son de enorme complejidad y todavía hacen falta muchos estudios para saber si estas señales pueden ser utilizadas en sistemas de alertas”.
Al respecto cabe recordar que el ingeniero civil nicaragüense Carlos Santos Berroterán (1924-2001) pudo pronosticar el terremoto de Managua del 23 de diciembre de 1972. Él observó que la aguja de la brújula estaba cambiando su rumbo normal por la energía magnética liberada desde la falla geológica, lo cual indicaba que podría ocurrir un gran movimiento sísmico.
Santos Berroterán explicó que la probabilidad de un fuerte terremoto se podía advertir también por la sequía de la temporada, lo mismo que por la “aurora sísmica” (un resplandor de color rojizo-naranja encima de una falla geológica) que se pudo observar antes del cataclismo. Sin embargo, reconoció que hasta entonces no había un sistema que pudiera permitir certeramente anunciar la ocurrencia de un terremoto en un momento determinado.
En la víspera del terremoto del 23 de diciembre LA PRENSA anunció que en su edición del 24 de diciembre publicaría un artículo del ingeniero Santos Berroterán, titulado “La hipotética probabilidad de ocurrencia de temblores en la ciudad de Managua durante el verano de 1973”. Pero el cataclismo y la destrucción del periódico impidieron su publicación.
Han pasado 51 años y poco a poco se sigue avanzando en la búsqueda de cómo predecir los terremotos. Y al parecer se está acercando el momento de lograrlo, a juzgar por las indagaciones del centro de investigación alemán que dirige la científica española, doctora Patricia Martínez Garzón.
No es posible calcular la cantidad de vidas humanas que se podrán salvar cuando la ciencia y la tecnología permitan saber con anticipación, cuándo y dónde ocurrirá el próximo terremoto.