El día que nos sentimos uno

Fue una explosión de júbilo, espontánea y pura, la ocurrida tras los segundos interminables que precedieron al anuncio de la ganadora del certamen de Miss Universo. ¿Quién no brincó de sus asientos cuando los nicaragüenses oímos el grito de ¡Nicaragua!? ¿Quién no sintió, un estremecimiento feliz, una especie de renacer interno; un regreso del orgullo?

Fue un momento en que los nicaragüenses nos hicimos uno. Allí nos olvidamos de política. Nuestro país había ganado; Sheynnis Palacios había puesto nuestra bandera por los cielos. Sandinistas, opositores, somocistas, ricos, pobres, jóvenes o viejos, todos se alegraron. Hubo alegría en la casa de los empleados públicos, de los policías, de los militares, en prácticamente todos los hogares. Los gritos de alegría se oyeron en todas las ciudades del país, y también en Miami, San José, Los Ángeles, Madrid, y en cualquier otro rincón donde viven centenares de miles de nicas que han tenido que dejar su patria.

Como por encanto, como que se hubiera roto un hechizo negro y de pronto el sapo se convirtiera en príncipe, los nicaragüenses, sobre todo quienes andaban cabizbajos, albergando en su alma la sensación de ser miembros de un país fallido, cola del mundo, sintieron de pronto orgullo de ser nicas. Por eso, cuando en Metrocentro, uno de los mall comerciales más grandes de Managua, y en mil lugares más donde se formaba un grupo, la gente cantó espontáneamente “Qué linda, linda es Nicaragua”, sus conocidas estrofas adquirieron una nueva vitalidad. El “…si hay una tierra en todo el continente, hermosa y valiente, esa es mi nación”, al igual que el “soy puro pinolero, nicaragüense por gracia de Dios” se sentía verídico.

Fue un momento de henchir el pecho. Una recuperación de una lastimada autoestima. Un rayo de esperanza en el potencial y virtudes del país; en que los nicas podían conquistar los imposibles. Porque en realidad, aunque muchos sabían que teníamos una candidata con muchos atributos, no era nada fácil predecir que llegaría al primer puesto. Había que competir con casi un centenar de las mujeres más bellas del mundo, seleccionadas, a su vez, de entre millares de competidoras. En Estados Unidos, país de 330 millones, cada uno de sus cincuenta estados había tenido certámenes internos para escoger a su mejor representante. Y así ocurrió en otros países, que juntos sumarían más de dos billones de personas, solo India tiene un millón. Nicaragua apenas cuenta con solo seis, razón, en parte, por lo que nunca en su historia había ganado el premio.

Mas, para sorpresa de todos, surgió de nuestro seno una joven que aventajó a todas. No solo por su belleza sino por su gracia, aplomo y naturalidad. Ganó, como se dice, por los cuatro costados. Demostró cómo su país puede generar talentos excepcionales a nivel mundial. Algo así como Darío, considerado por muchos como el más grande poeta del idioma castellano. ¿Quién iba a decir que un paisito, atrasado y pobre, iba a producir semejante gigante? Y fue un regalo de la providencia que pocos días después del triunfo de Sheynnis, otra nica, Gioconda Belli, obtuviera otro galardón de prestigio internacional, como es el premio Reina Sofía de poesía iberoamericana, el más importante en lengua española. Ponía pues en alto nuestra bandera al igual que, en 2017, Sergio Ramírez Mercado haría al recibir el Premio Miguel de Cervantes, el máximo reconocimiento a la labor creadora de escritores españoles e hispanoamericanos.

Es natural entonces, y lógico también, que cuando un nacional o equipo de cualquier país se apunta un triunfo espectacular, sus conciudadanos lo sientan como un triunfo propio, colectivo, y salgan a celebrar. Así los argentinos hicieron vibrar a Buenos Aires cuando su equipo ganó la copa mundial de futbol, y luego desbordaron sus calles para recibirlos. Esto es algo que ocurre espontáneamente, sin planificación, una reacción natural patriótica.

Nicaragua está pues justamente agradecida y encariñada con Sheynnis, por su gran logro, y también con quienes cooperaron decisivamente en su victoria, como fue la familia de Karen Celebertti. Ellos comparten el mérito. Con amor y empeño se esmeraron en darle todo el entrenamiento, vestuario y atenciones requeridas por una de las competencias más exigentes del mundo. A ellos le debemos también gran parte de este triunfo que nos hizo sentirnos felices y uno.

El autor es sociólogo y exministro de Educación.

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