¿Es bueno el Estado distributivo?

Don César es un señor muy rico. En su mansión tiene una bodega con los vinos más finos. Algunos de ellos valen más de mil dólares. Su dinero fue bien ganado. De niño vivió la pobreza. Luego trabajó duro e invirtió con sabiduría. Ahora su hijo mayor, quien se bachilleró en una academia élite, va para Harvard.

No muy lejos de su casa vive Francisca. Su casa es un amasijo de tablas con un techo bajito de zinc. Su padre, obrero de la construcción, la abandonó, junto con su madre y cuatro hermanos, hace mucho. No pudo ir a la escuela y jamás ha leído un libro. Padece de infecciones renales, pero no tiene dinero para sus tratamientos.

El retrato que acabo de presentar no es ficticio. Existe en muchos lugares. Es el drama de los contrastes entre extrema riqueza y pobreza, entre un mundo lleno de posibilidades y otro sumergido en imposibles. ¿Es justo esto? ¿Es tolerable? La reacción instintiva, humana, es rebelarse contra esta realidad. Una botella de los vinos caros de don César bastaría para pagar un médico que atienda a Francisca.

Pero si tratamos de responder dichas preguntas con la razón, y no con los sentimientos, la respuesta no es tan fácil. La botella es propiedad de don César. No la robó. Se la pagó con el sudor de su frente. Tiene derecho a tenerla o regalarla. ¿Debe el Estado golpear sus puertas para decirle: “Deme esa botella para atender la salud de Francisca?” ¿Es de justicia social confiscársela para darle al necesitado? Si robo es quitarle a alguien algo que le pertenece ¿no es robo quitársela?

Conste: aquí me estoy refiriendo exclusivamente a los impuestos distributivos, aquellos que el Estado impone para darle a la población pobre educación, salud, y toda clase de subsidios o beneficios sociales. Distinta es la naturaleza de aquellos orientados a financiar carreteras, seguridad pública, protección del ambiente etc. El rico tiene la obligación de pagarlos pues no son confiscatorios sino pagos por servicios que le benefician. ¿Pero tiene la misma obligación respecto a los impuestos de naturaleza redistributiva?

Aquí es preciso no confundir los aspectos legales con las obligaciones que proceden del precepto de la caridad. Jesús advirtió claramente (Mat. 25) que al final seremos juzgados por la forma en que respondimos a las necesidades de los más desamparados. No renunciar a una botella de vino superflua, cuando podría salvar la vida de un enfermo, es realmente una omisión egoísta de la que habrá de dar cuenta. ¿Pero es el Estado el instrumento legítimo para imponer la caridad? En tiempos pretéritos buena parte de la ayuda a los pobres era voluntaria. Las iglesias cristianas solían ser el principal canal para distribuir las contribuciones y los diezmos —que no siempre eran voluntarios— hacia el suministro de escuelas, orfelinatos, hospitales y toda clase de servicios sociales. Esto cambió con el Estado moderno y más con el llamado “Estado del bienestar”. Entonces se le atribuyó funciones redistributivas que los políticos acogieron felices, pues les permitían ofrecer beneficios a cambio de votos a costa del dinero ajeno. De allí su slogan preferido: tax the rich.

¿Significa lo anterior que debe ser la caridad quien ayude a los pobres? Podría ser lo ideal, pero si no es suficiente quedará sin atender el principio tan respetado de la igualdad de oportunidades; Francisca no podría competir ni de cerca con el hijo de César. Una salida del atolladero lo proporciona considerar que aún el dinero del más honrado de los ricos no es mérito exclusivo de él. Buena parte de las oportunidades que aprovechó fueron el fruto del esfuerzo de generaciones pasadas que construyeron la sociedad civilizada que le permitió triunfar. Puede también que haya heredado dinero o buena educación, o recibidos talentos especiales de Dios. Si recibió algo gratis es justo que retribuya algo de ese capital social. El cuidado que hay que tener entonces es que el Estado puesto a administrar dichos fondos los use para mejorar la igualdad de oportunidades y no la de resultados. ¿Cómo? Enfocándolos en el medio que más contribuye a ella: la educación de calidad.  

Humberto Belli fue ministro de educación y es autor del libro de historia de Nicaragua, “Buscando la Tierra Prometida; 1492-2910”.

COMENTARIOS

  1. Hace 3 años

    El gobierno debe d cuidar d todos los ciudadanos. A los ricos no hay q darles tasas preferenciales d impuestos y menos excepciones tributarias a como acostumbran con los donadores d campañas electoreras, impuestos parejos.
    Un buen gobierno no debe d dejar a su suerte a los q sufren d carencia económica o mental, debe educarlos,y mientras da efecto la educación debe d considerar su pobreza ayudándole con cautela, recordando q «supuestamente» somos iguales ante la ley, pero no iguales en la mente, lo q Confucio llamaba «el don del Cielo».
    Un gobierno bastante libre d corrupción y d gastos d no primera necesidad tiene la capacidad d hacerlo.

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