La huella de Kissinger en Nicaragua

Henry Kissinger falleció el miércoles 29 de noviembre recién pasado, a la edad de 100 años y 6 meses. Es considerado como el diplomático más inteligente y hábil del mundo que hubo durante la segunda mitad del siglo 20 y las primeras dos décadas del 21.

Como secretario de Estado, Consejero de Seguridad Nacional y asesor presidencial para cuestiones estratégicas de Estados Unidos (EE.UU.), Kissinger desarrolló creativamente la realpolitik. Esta es, según la definición académica, una política exterior “basada en el principio de que los Estados se conducen motivados por su interés nacional y no por consideraciones de altruismo amistad, idealismo o solidaridad”. Para Kissinger, dice el mexicano Raudel Ávila Solís, “la ética que cuenta es la de los resultados”.

Kissinger impulsó la Détente, palabra del idioma francés que significa “aflojamiento” o “aligeramiento”. Así se le llamó a la política de distensión y coexistencia de EE.UU. y las demás potencias democráticas con la Unión Soviética comunista y los países subordinados directamente a ella, de la misma ideología o sometidos a su influencia política.

Por su protagonismo en el escenario internacional y la influencia directa que tuvo en la formulación y ejecución de la política exterior de EE.UU. en situaciones muy críticas, Kissinger fue admirado y respetado en el mundo democrático; pero demonizado por la izquierda y los regímenes totalitarios y otras dictaduras en todas partes del mundo.

En  1973 Kissinger recibió el Premio Nobel de la Paz junto con el primer ministro de Vietnam del Norte, Le Duc Tho, por su participación decisiva en los Acuerdos de París que pusieron fin a la guerra en ese país del Sudeste Asiático. Pero al mismo tiempo muchos lo llamaban “el asesino de Vietnam”.

En representación de EE.UU., Kissinger atendió todos los focos importantes de conflicto internacional durante la Guerra Fría, entre ellos el de Nicaragua. Kissinger vino a este país a mediados de octubre de 1983, al frente de una comisión bipartidista de EE.UU. Se conocía que el régimen sandinista estaba construyendo un gran aeropuerto estratégico al otro lado del lago de Managua, y que se preparaba para recibir una flota de aviones soviéticos de guerra Mig, incluyendo cazabombarderos.

Kissinger vino para explorar la posibilidad de un acuerdo de colaboración o al menos de distensión con la dirigencia sandinista. El presidente de EE.UU. era Ronald Reagan y en Nicaragua estaba en desarrollo la guerra civil entre las fuerzas militares de la Contra, apoyadas por el gobierno estadounidense, y el Ejército de los sandinistas respaldado por la Unión Soviética y demás países comunistas.

Sobre aquella histórica misión que tenía el propósito no logrado de negociar un acuerdo de EE.UU. con la dirigencia sandinista, el diario El País, de España, informó el 16 de octubre de 1983: “La breve visita de Henry Kissinger a Nicaragua, al frente de una comisión bipartidista norteamericana, concluyó ayer con una fría despedida en la que el exsecretario de Estado advirtió, en tono preocupante, que no se fuerce a Estados Unidos a elegir entre paz y democracia”.

En respuesta, el comandante Daniel Ortega, que era el coordinador o miembro principal de la Junta de Gobierno revolucionaria, declaró sombríamente a los medios nacionales e internacionales: “Nicaragua (o sea el régimen sandinista) entiende que la Administración Reagan nos ha declarado la guerra”.

En realidad, de manera formal EE.UU. nunca le declaró la guerra a los gobernantes sandinistas, pero después de la visita de Kissinger incrementó el respaldo militar y económico a la Contrarrevolución, mientras la Unión Soviética fortalecía el suyo al régimen revolucionario.

Tuvieron que pasar cinco años más de guerra, destrucción y muerte de miles de nicaragüenses de los dos bandos, hasta que EE.UU. y la Unión Soviética gobernada por Mijaíl Gorbachov con su política de perestroika (reestructuración) y glasnost (transparencia), decidieron por sus propias razones de realpolitik quitarle respaldo militar a los contras y los sandinistas. Lo cual facilitó el Acuerdo de Sapoá del 23 de marzo de 1988 entre el régimen sandinista y la Resistencia Nicaragüense, que significó el comienzo del fin de la guerra civil y de la matanza entre nicaragüenses.

Después vinieron los acuerdos del régimen sandinista y la oposición civil interna, en el marco de los Acuerdos de Esquipulas II de los presidentes centroamericanos, para la celebración de elecciones libres, competitivas y vigiladas internacionalmente. Y al ganarlas la alianza opositora UNO se abrió el camino a la pacificación nacional y una transición democrática complicada y tortuosa, pero en general exitosa.

Probablemente eso es lo que quería Kissinger para Nicaragua, cuando vino al país para buscar un acuerdo sin que hubiera todavía condiciones para conseguirlo. Pero de cualquier manera dejó su huella en la solución del conflicto nicaragüense. De aquel conflicto, porque ahora de nuevo el régimen de Nicaragua está enfrentado con EE.UU., a pesar de que es su principal socio económico.

Es que, como dijera Henry Kissinger en una ocasión, los latinoamericanos (para el caso los nicaragüenses) en vez de dedicarse a resolver problemas, los crean y complican los que ya existen. 

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