Tenemos que aprender a ser responsables en cada una de las tareas que nos toca llevar a cabo. Son demasiadas las oportunidades que se pierden inútilmente porque no nos comprometemos en construir una familia mejor, una sociedad más justa, un mundo más humano.
Ya iniciamos el tiempo de la espera para encontrarnos con Jesús, el Hijo de Dios que nace pobre entre los pobres para nuestro bien y salvación.
Toda fiesta necesita de una preparación para que no se convierta en una fiesta sin sentido o malograda. Asimismo, todo tiempo de preparación es tiempo de esperanza.
Adviento es tiempo de preparación; por tanto, tiempo cargado de esperanza, de vigilancia: “Estén en vela” (Mc.13,33.37) para que, en verdad, el camino que escojamos, nos lleve al encuentro con Cristo.
Adviento es tiempo de esperanza. Por eso, Jesús nos da una palabra de alerta: “¡Cuidado… Velen… No se duerman!” (Mc.13,36). Es una llamada para que estemos despiertos y no perdamos lo más importante de la vida que es la esperanza.
Solo la gente de esperanza, como Cristo, es capaz de ponerse en camino sin dejar de mirar a la meta, aunque el camino esté lleno de asperezas.
Solo la gente de esperanza, como Cristo, es capaz de mirar la vida con ilusión y seguir luchando porque solo ellos son capaces de entender que no hay camino; se hace camino al andar.
Solo la gente de esperanza, como Cristo, es capaz de construir una vida, una familia, y un país, aunque sea levantándose de las mismas cenizas.
La verdad es que en estos momentos fácilmente la esperanza se puede convertir en desesperanza. Pero también es verdad: que vida sin esperanza no es vida. Que un pueblo, una familia, una empresa, un ser humano sin esperanza jamás puede levantar cabeza. Que cristiano sin esperanza no es cristiano. Quien nada espera, ya está muerto en vida.
Vivimos hoy en un mundo el que los problemas y las dificultades cada día son mayores y, por ello se hace más difícil la esperanza. Por eso, uno de los grandes compromisos de nosotros, es vivir en un permanente adviento: sembrando siempre la semilla de la esperanza. Pues, nunca se da tanto como cuando se dan esperanzas.
Hoy nos toca vivir un tiempo de esperanza, un camino a recorrer al encuentro con Cristo nuestra esperanza, ya que vivir es caminar con la fuerza de la esperanza. “Que el Dios de la esperanza nos colme de todo gozo y paz en la fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo” (Rom.15,13).
El autor es sacerdote católico