El ser humano está hecho para crecer. Cuando surge a la vida, se encuentra que lo suyo es caminar y construirse constantemente.
En nuestras manos tenemos una serie de dones y posibilidades que no podemos esconder porque en ellos está nuestro crecimiento.
Es en ese esfuerzo permanente por multiplicar nuestros dones, donde está el secreto de nuestro crecimiento.
Todos somos pequeñas semillas, llamados a crecer y a dar abundantes frutos. No nacemos perfectos; lo nuestro es caminar hacia la cima de la perfección constantemente y a esa cima se llega con nuestro propio esfuerzo y deseo de superarnos.
A medida que nos vayamos conociendo, en esa medida nos daremos cuenta de que estamos hechos para crecer.
La vida hay que hacerla y construirla permanentemente y nadie nos puede hacer crecer sino nosotros mismos y con nuestro propio esfuerzo.
Hoy vivimos en una sociedad en la que no se facilita el camino a una buena educación que nos haga tomar conciencia de que estamos en este mundo para hacernos y construirnos constantemente.
Vivimos en un mundo en el que cada vez se hace más difícil el trabajo, el desarrollo de nuestros valores y cualidades.
Da la impresión de que hay gente que prefiere vernos retroceder a todos en vez de hacernos avanzar a todos.
Esta sociedad nuestra prefiere dormirnos antes que vernos luchando para que todos podamos desarrollar nuestras cualidades y talentos en beneficio de todos.
Nosotros mismos nos dejamos llevar ante este ambiente por la indolencia, la desgana, el desánimo y la mediocridad.
Estamos cayendo en la ley del más mínimo esfuerzo. No queremos arriesgar o no nos interesa complicarnos la vida.
Es mejor que los demás se mojen. Nos da miedo el compromiso, como le dio miedo a aquel que sólo había recibido un solo talento y lo escondió en tierra (Mt. 25,24-25).
En la parábola de los talentos (Mt.25,14-30) Jesús, nos hace ver que no podemos dejarnos llevar por el miedo que nos encadena, nos empobrece y anula.
Lo nuestro es crecer y desarrollarnos cada día más y no solos sino en compañía con los demás seres humanos.
Dios nos ha hecho para crecer y así se lo dijo a Jacob: “Sé fecundo y multiplícate” (Gen.35,11).
Del profeta Samuel se nos dice que “iba creciendo y haciéndose grato tanto a Yahvé como a los hombres” (1 Sam.2,26).
San Lucas nos dice que “Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc.2,52).
Asimismo Jesús nos llama a todos a no contentarnos nunca con lo que somos; por ello: nos pone una meta que jamás nos permite ser mediocres ni conformarnos con lo ya conseguido: “Sean perfectos como mi Padre celestial es perfecto” (Mt.5,48).
A aquellos que luchan por ser cada día más, les dice: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (Mt.5,6).
Y a quienes han luchado en su vida por multiplicar sus talentos, Jesús les alaba y les dice: “¡Bien, siervo bueno y fiel; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en la alegría de tu Señor” (Mt.25,21.23).
San Pablo nos invita a no abandonarnos en la mediocridad y multiplicar nuestros talentos diciendo: “Crezcamos en todo hasta aquel que es la cabeza, Cristo” (Ef. 4,15).
Es verdad que el mañana será mejor, no por quienes se cruzan de brazos por miedo a que se les complique la vida, sino por quienes hoy se siguen esforzando y multiplicando sus talentos, aunque ellos no vean el fruto de su sudor.
El autor es sacerdote católico.