Homilía del domingo XXIX del tiempo ordinario

Queridos hermanos y hermanas:

En el evangelio de este domingo, dos grupos importantes de la sociedad de Jesús, los fariseos y los herodianos, se acercan a él con una pregunta para ponerlo en dificultad (Mt 22, 15-22). Los fariseos eran hombres religiosos a quienes no les importaba quién ejerciera el poder con tal que no pusiera obstáculos a la religión; los herodianos, en cambio, eran un grupo político partidario de Herodes y simpatizantes del poder romano. Ambos grupos, tan distintos entre sí, interrogan a Jesús acerca de la obligación de pagar o no el impuesto al César, el emperador de Roma, que dominaba sobre la pequeña provincia de Judea.

Se acercan a Jesús y le preguntan: “¿Es lícito o no pagar tributo al César?” (Mt 22,17). Con su astuta pregunta querían hacer caer a Jesús en una trampa (Mt 22,15). Si Jesús se hubiese opuesto a pagar el impuesto al emperador, se habría colocado en una posición de abierta confrontación con el imperio romano, al estilo de los grupos más radicales de la época que incitaban a la objeción fiscal, a la revuelta social y hasta la revolución armada.

Si Jesús hubiese aceptado el pago del tributo, se habría manifestado como simpatizante del imperio romano, que adoraba al emperador como a un dios. Se hubiera colocado en abierta oposición a la religión de Israel que adoraba al Señor como único Dios y hubiese quedado desacreditado ante su pueblo, que era víctima de un sistema fiscal opresivo e injusto.

Jesús se libera de la insidiosa trampa que le han tendido y no se enreda en discusiones fiscales y políticas. Les pide que le muestren la moneda con la que se pagaba el tributo y les pregunta: “¿De quién es esta imagen y esta inscripción?”, a lo que ellos respondieron: “Del César” (Mt 22,20). En efecto la moneda llevaba inscrita la imagen con el busto del emperador romano, acuñada con claros símbolos políticos y religiosos que expresaban no solo la soberanía, sino la divinidad del emperador.

Después de mostrarles la moneda Jesús les dice a quienes le han hecho la pregunta: “Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,21). Jesús no responde directamente a la pregunta que le han hecho, pero deja claro que la moneda es del César y que quien acepta su sistema imperial debería pagarle lo que él tiene derecho a exigir: el pago del impuesto.

Lo más novedoso de la respuesta de Jesús es la segunda parte de la frase, pues se refiere a algo que nadie le ha preguntado: “den a Dios lo que es de Dios”. Jesús desea dejar claro que el emperador romano, por mucho poder que tenga y por muchos impuestos que pueda exigir, no es Dios. Al César le pertenece a lo sumo su dinero injusto y puede exigir el pago del tributo. Sin embargo a Dios le pertenece todo cuanto existe. Como dice el Salmo 24: “Del Señor es la tierra y cuanto contiene, el orbe y cuantos la habitan”. Del Señor es la tierra, la historia, los pueblos, la existencia de cada ser humano.

La moneda del tributo, que lleva impresa la imagen del César, pertenece al César; los seres humanos, que somos imagen de Dios (Gen 1,26), sólo pertenecemos a Dios. Solo a Dios debemos adoración, obediencia y confianza absoluta. Dios y el emperador romano no están al mismo nivel. Dios está en otro plano muy diverso. Dios es el Señor de la historia y el Señor de todo ser humano, creado a imagen suya. El emperador no es Dios, y nunca lo será.

“Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,21). Esta frase de Jesús ha sido mal interpretada y usada con frecuencia para establecer una total separación entre lo político y lo religioso. Muchos la usan para descalificar cualquier interpelación o crítica que se hace desde la fe a la política y para deslegitimar la voz de la Iglesia en cuestiones sociales.

La frase de Jesús no quiere decir que, por un lado, la política se ocupa de la organización social, la justicia, la economía, las políticas fiscales y las decisiones públicas y, por otro lado, la religión debe dedicarse exclusivamente a la vida íntima de las personas, al culto y a la relación individual de cada uno con Dios. Dios y el César no se reparten entre sí la obediencia y la sumisión de los seres humanos. Jesús no imagina a Dios y al César como dos poderes que están al mismo nivel y que se reparten la obediencia de las personas.

Lo que Jesús enseña es que ningún poder político, ningún “César” de este mundo, puede pretender ser dios y señor del ser humano. Ningún César de este mundo, ni los faraones del pasado, ni los dictadores de hoy, pueden exigir lo que solo pertenece a Dios. No podemos tolerar que nadie se haga dueño de nuestras conciencias ni nos arrebate nuestra libertad. Nadie puede imponerles a los pueblos en modo despótico su voluntad, ni someterlos con violencia para perpetuarse en el poder, gozar de privilegios absurdos y enriquecerse sin medida.

En un sistema legítimamente constituido los cristianos debemos vivir como ciudadanos honestos y responsables, cumpliendo con los deberes sociales y políticos, pagando los impuestos y colaborando al bien común de la sociedad. Sin embargo, cuando un régimen destruye el estado de derecho, se coloca por encima de la ley, atropella los derechos humanos, manipula la justicia y reprime con violencia, no podemos quedarnos pasivos y resignados. No aceptemos como ley la voluntad de un tirano, no nos resignemos a ver como normal la cárcel o el destierro que los dictadores imponen a quien piensa, habla y actua con libertad, no dejemos que el miedo nos haga pensar que los dictadores endiosados son invencibles.

Si permitimos que nos arrebaten la dignidad, controlen nuestra conciencia y anulen nuestra libertad, no solo nos estaríamos resignando pasivamente a una dominación humillante, sino que estaríamos contradiciendo lo que nos enseña hoy Jesús: solo a Dios hay que dar lo que es de Dios. Ningún César es Dios, ningún tirano es divino. No nos cansemos de exigir respeto a todas las libertades ciudadanas y no dejemos de denunciar los atropellos de quienes se presentan como pequeños dioses y arrebatan la libertad a sus pueblos. No son dioses, ni poderes invencibles.

Las palabras de Jesús hoy son una invitación a recuperar la dignidad y la libertad humana que solo Dios nos puede regalar. Los seres humanos no pertenecemos a ningún poderoso, ni los pueblos pueden resignarse a vivir doblegados ante ningún poder opresor e inhumano. “Demos a Dios lo que es de Dios”. Cultivemos en nuestro corazón una santa rebeldía interior para solo adorar y servir a Dios. Demos a Dios lo que es de Dios para iluminar e interpretar la historia con la luz que nos viene de él. Demos a Dios lo que es de Dios para pedirle la fuerza y la sabiduría que nos permita construir sociedades justas y libres. Demos a Dios lo que es de Dios para hacer en todo su voluntad y ser capaces de responder con coherencia evangélica a los retos de cada día.

Silvio José Báez, o.c.d.

Obispo Auxiliar de Managua

Opinión homilía dominical Silvio Báez archivo
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