La crítica tiene como fin que el creyente cambie su actitud, a un pueblo, siempre mimado por Yahvé, “la viña de sus amores” (Is.5,1), pero que se dedicó a asesinar a los profetas en su rebeldía (Mt.22,6).
Muchas personas, en vez de cambiar comienzan a ver como enemigo al que les increpa, así los dirigentes judíos salieron al contraataque contra Jesús.
Dos enemigos, políticamente hablando, fariseos y herodianos, se ponen de acuerdo para poner a Jesús en una encerrona y así poder quitárselo de en medio. Nada mejor para ello que llevarlo al terreno de la política; “¿Debemos pagar el impuesto al César o no?” (Mt. 22,17).
La pregunta encerraba malicia. Se pretendía poner a Jesús entre la espada y la pared, o a favor o en contra del régimen invasor e idólatra; por tanto, a favor o en contra del pueblo.
Ninguno de los grupos tenía fuerza moral para plantear esta cuestión: porque los herodianos estaban viviendo a costa del gobierno. Y los fariseos nunca movieron un dedo para defender al pueblo.
Jesús no cae en la trampa y su respuesta, llena de sabiduría, evade el simplismo de la pregunta: “Den a Dios lo que es de Dios y sabrán dar al César lo que es del César” (Mt. 22,21).
La respuesta de Jesús se convierte, por tanto, en denuncia. Los atrapadores se convierten en atrapados: ellos no le dan a Dios lo que es de Dios; son un pueblo infiel.
Además ningún poder puede arrogarse poderes divinos: El César es sólo César. Por encima de todo poder humano, sea del matiz que sea, solo está Dios.
Por encima del mundo hay alguien que tiene que decirle y mucho al mundo, y ese es Dios.
Por encima de la economía hay alguien que tiene que decirle y mucho a los economistas, y ese es Dios.
Por encima de todo poder hay alguien que tiene que decirle mucho a todos los poderosos, y mesías de este mundo, y ese es Dios.
En Isaías se nos dice bien claro: “Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay ningún otro Dios” (Is.45,5).
Pretender separar a Dios de nuestro mundo, es pretender encerrar a Dios en una cárcel para que no se meta en nuestra vida diaria.
La Iglesia no tiene como misión llevar a cabo programas político-económicos; pero sí tiene como misión dar el mensaje de Dios con el fin de que los hombres y sus estructuras se salven.
Por tanto: dar a Dios lo que es de Dios, es poner a Dios en su sitio, en el lugar que le corresponde, sin pretender arrinconarle para que su voz no nos moleste.
Dar al César lo que es del César es poner los poderes de este mundo en su sitio, sin pretender convertirlos en Dios. Dar a Dios lo que es de Dios es darle su puesto de primacía.
Dar al César lo que es del César es darle a los poderes de este mundo su puesto: Ser servidores del pueblo y estar en función del pueblo. Poner a Dios en el sitio que se merece es ponernos todos también en el sitio que nos merecemos. Demos a Dios lo que es de Dios.
El autor es sacerdote católico.