Algunos analistas internacionales y periódicos de Estados Unidos (EE.UU.) han calificado como una arriesgada apuesta estratégica el viaje del presidente Joe Biden a Israel y Jordania, en medio del grave conflicto bélico entre Israel y el movimiento terrorista palestino de Hamás, en la Franja de Gaza.
Pero precisamente por la extrema gravedad del conflicto bélico es que los objetivos del presidente de EE.UU. con este viaje parecen correctos y necesarios, además de justos.
En primer lugar ratificar en el mismo Israel el apoyo total de EE.UU. en su lucha contra la agresión de Hamás, y lo demás que pudiera sobrevenir.
En segundo lugar, el presidente de EE.UU. quiere disuadir a los agresivos aliados y patrocinadores de los terroristas palestinos de Hamás, particularmente a Irán, que no escalen la guerra con sus propias agresiones.
Además, el presidente Biden quiere conseguir la apertura de vías para el rescate de los rehenes que están en poder de los terroristas, entre los que se incluyen varios estadounidenses. Y que la población civil de Gaza pueda recibir los suministros humanitarios que está necesitando, ante todo el restablecimiento de los servicios de agua y electricidad.
Un cuarto propósito de la visita del presidente de EE.UU. a Israel es convencer a las autoridades israelíes de que arrasar la Franja de Gaza y anexarse su territorio es una mala idea que podría tener consecuencias indeseadas para los mismos israelíes.
Y en último lugar, pero de la mayor importancia estratégica, Biden quiere salvar los Acuerdos de Abraham que fueron suscritos por Israel y varios países árabes en septiembre de 2020, con el auspicio y respaldo de EE.UU. Por eso en su viaje al Cercano Oriente planeó reunirse no solo con las autoridades de Israel, sino también con las de Egipto, Jordania y la Autoridad Nacional Palestina, que es la verdadera representante —y no Hamás— del pueblo palestino.
El acuerdo de Abraham —que significativamente tiene el nombre del primer patriarca de las tres grandes religiones monoteístas, judía, islámica y cristiana—, representa la posibilidad más realista de alcanzar la paz permanente en el Cercano Oriente. Básicamente se trata de un compromiso de entendimiento recíproco de los países árabes e Israel, mediante el reconocimiento de los dos Estados, el israelí y el palestino.
Israel venía avanzando en el acercamiento con Arabia Saudita para que este estratégico país árabe se sumara al Acuerdo de Abraham. De manera que uno de los objetivos principales de Hamás con sus ataques terroristas del pasado 7 de octubre era precisamente dinamitar el probable acuerdo de paz para el Cercano Oriente.
Diabólicamente, los líderes de Hamás calcularon que Israel respondería a los ataques terroristas contra la población israelí desarmada e indefensa, con una terrible represalia que inevitablemente causaría gran sufrimiento a la población civil de Gaza. Lo cual podría motivar a los Estados árabes a actuar militarmente contra Israel, o al menos abandonar el camino hacia la paz trazado por el Acuerdo de Abraham.
Con ese mismo propósito irracional, los terroristas de Hamás han lanzado cohetes contra la propia población civil palestina, de manera deliberada o accidental, como el que estalló este martes contra un hospital lleno de refugiados matando a más de 500 personas.
Los líderes de Hamás están obsesionados por destruir al Estado de Israel y exterminar a su población. Y no les importa provocar con sus acciones grandes daños al mismo pueblo palestino, con tal de impedir una solución pacífica del histórico conflicto árabe palestino-israelí.
La única otra vía para resolver el conflicto es que una de las partes elimine a la otra. Pero esto es imposible. El camino de la paz mediante el entendimiento cediendo israelíes y palestinos lo que se deba ceder, es el Acuerdo de Abraham. Por eso el esfuerzo del presidente Biden para tratar de salvarlo. Y ojalá que lo pudiera lograr.