El ataque armado que el sábado 7 de octubre perpetraron fuerzas terroristas de la organización palestina Hamás contra la población civil, desarmada e indefensa de Israel, fue tan cobarde, cruel y despiadado que ni los amigos más cercanos de la causa palestina se atrevieron a justificarlo directamente.
En América Latina, los regímenes de Cuba, Venezuela y Nicaragua tuvieron que disimular su apoyo a la acción terrorista de Hamás con frases como la importancia de la paz, que el conflicto no debe pasar a más, que el culpable es Israel por la ocupación de territorios palestinos, y que el mismo dolor causan las fuerzas armadas israelíes a la población civil palestina.
Es que aún para los más extremistas resulta difícil justificar un ataque armado como el que Hamás perpetró el fin de semana pasado en Israel; que no fue contra fuerzas militares o policiales sino contra ancianos, niños, mujeres y una multitud de jóvenes en un festival musical donde los terroristas dispararon sus potentes armas contra la multitud, matando solo allí a centenares de personas
En el fondo, esto es otro episodio sangriento y doloroso del antiguo y al parecer interminable enfrentamiento entre civilización y barbarie. Una lucha en la que el pueblo judío ha pasado por pruebas terribles, una de ellas el Holocausto.
Pero en la actualidad Israel es un país desarrollado y próspero con un alto nivel de bienestar. Esto a pesar de que por el conflicto con los árabes palestinos y las amenazas de los fundamentalistas musulmanes, Israel vive en permanente estado de alerta y tiene que dedicar ingentes recursos a la defensa para garantizar su existencia.
En este año 2023 el moderno Estado de Israel ha cumplido 75 años. Fue fundado en 1948 después de que la Organización de Naciones Unidas (ONU) decidió el año anterior dividir en dos partes el territorio de Palestina, que hasta entonces estaba ocupado por Inglaterra, para que las poblaciones judía y palestina constituyeran sus propios Estados independientes.
Los judíos aceptaron la decisión. A pesar de que no estaban totalmente de acuerdo con las condiciones de la partición del territorio entendieron que era la mejor o la única posibilidad de tener su propio Estado y vivir en paz con los vecinos. Pero los palestinos y los Estados árabes de la región no aceptaron aquella solución porque no reconocían el derecho de los judíos de tener su propio Estado. De manera que cuando este fue proclamado, en mayo de 1948, todos los Estados árabes declararon la guerra a Israel con el fin de exterminarlo.
Sin embargo, los árabes perdieron aquella guerra y volvieron a perder las demás que desencadenaron contra el pueblo y el Estado de Israel. Mientras que los victoriosos israelíes crecían y se fortalecían contando con la ayuda de Estados Unidos y demás países del Occidente democrático.
75 años después de la creación del moderno Estado de Israel este ha alcanzado logros que los palestinos ni siquiera pueden soñar. Lo que tampoco interesa a sus dirigentes, porque su pasión es el conflicto y la guerra.
Cuando se constituyó el Estado de Israel tenía solo un millón de habitantes. Pero gran parte de la diáspora regresó a la tierra prometida y ahora son casi 10 millones, de los cuales el 80 por ciento son judíos y el 20 por ciento árabes palestinos. Israel es líder mundial en tecnología cibernética, tiene una gran industria y una próspera agricultura basada en asombrosos sistemas de riego que convirtieron en jardines una buena parte del desierto. En colaboración con otros países Israel exporta gas natural extraído en los fondos del mar Mediterráneo. Es también una potencia militar, pero sobre todo un Estado democrático que respeta los derechos humanos, incluyendo los de las personas de la diversidad sexual.
Palestina es todo lo contrario de Israel. Basta decir que mientras el PIB por persona de Israel cifra más de 56 mil dólares, el de Palestina difícilmente llega a 1,200. Los palestinos viven prácticamente de la ayuda internacional humanitaria, pero gran parte de lo que reciben no es para paliar las necesidades sociales sino para adquirir armas y mantener a las poderosas organizaciones terroristas armadas hasta con proyectiles de largo alcance.
Reafirmamos lo dicho al comienzo. Lo que ocurre en Israel es la continuación de la antigua y permanente lucha entre civilización y barbarie, del bien y el mal, de la libertad y la opresión y de la democracia y la dictadura.
Por cuánto tiempo más continuará esa lucha nadie lo puede saber.