La realidad del pobre: razón de ser del carisma vicentino

Cada 27 de septiembre la Iglesia católica celebra a San Vicente de Paúl, quien es el patrono de las obras de caridad. Entre otras cosas fue el fundador de las Señoras de la Caridad, hoy reconocidas como AIC; la Congregación de la Misión, llamados Lazaristas o de la Misión; y de las Hijas de la Caridad, más conocidas como Hermanas de San Vicente.

Fue una de las figuras más representativas del catolicismo francés del siglo XVII. Los Hermanos Vicentinos que han descubierto el compromiso de seguir a Jesús, desde el tesoro del carisma vicentino, han testificado la alegría de servir al más necesitado, desde el encuentro profundo de Jesús de Nazaret en el pobre. Todo ello, a través del compromiso por consagrar su vida y existencia a favor de la causa de los más necesitados y el cambio de las estructuras que generan muerte e injusticia social.

El carisma vicentino es la gracia que Jesús ha depositado en el corazón de esas personas. Es como la parábola del grano de mostaza presente en tres de los evangelios: Mateo 13:31-32, Marcos 4:30-32 y Lucas 13:18-19. Cuando alguien recibe el mensaje de Dios en su corazón, el mensaje es la semilla y da frutos. Cada persona reacciona de manera distinta, según el Espíritu Santo actúa en ella. La importancia de asumir y cargar la realidad de los más pobres, en la vivencia fiel del carisma vicentino, es una invitación para vivir en perfección y renovación; es salir de la comodidad; es dar respuestas a las necesidades de la Iglesia y más aun del reinado de Dios; es conocer los cambios en los signos de los tiempos y tener el valor de enfrentarlos, con fidelidad y audacia.

Ser vicentino es vivir en alegría, es cumplir lo que dijo Jesús a sus discípulos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. Mateo 16: 24, Lucas 9:23. La familia vicentina, al brindar su tiempo a los pobres, marginados y enfermos, se debe negar a sí misma; y debe ante todo rechazar de tajo todas sus pasiones mundanas por el bien del hermano necesitado.

Esto en el pasado ha costado la vida a muchos misioneros y servidores de los pobres, que fueron enviados a Argel en el año 1648 para extender la fe y a socorrer a los esclavos enfermos de la peste en donde ir a misionar era una condena a muerte. Estos sacerdotes vicentinos murieron por la peste y fueron enterrados lejos de sus familias y de sus tierras: son santos vicentinos. El desafío sigue siendo el mismo y aunque las realidades poseen matices diferentes, debemos vivir en fidelidad y entrega en la multiplicidad de la misma: como fue el caso del covid-19, o situaciones especiales de cada nación en donde este tipo de apostolado puede llegar a ser mal interpretado, pero continúa exigiendo de la familia vicentina fidelidad y audacia.

Otro ejemplo del Evangelio, que debo precisar, es el de la sal que encontramos en Mateo 5:13 Jesús dijo: “Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal deja de ser sal, ¿cómo podrá ser salada de nuevo? Ya no sirve para nada, por lo que se tira afuera y es pisoteada por la gente”. Ser sal, es comprender y aceptar al Espíritu Santo en nuestras vidas y dejarnos guiar a como lo hizo Jesús después de los cuarenta días de ayuno. Cuando el apostolado está presente, pasa inadvertido, pero cuando se ausenta, preguntan por qué no han venido. Significa consagrarnos y vivir nuestra identidad vicentina sabiendo que no lo hacemos para buscarnos a nosotros mismos, sino al contrario, queriendo asumir en libertad la misma suerte de la sal: que al dar sabor y preservar los alimentos terminando diluyéndose y entregándose por completo en aquello mismo que configura el sentido mismo de su identidad.

En el 364 aniversario de la muerte de nuestro fundador San Vicente de Paúl, nuestro compromiso es volver a retomar en lo que hemos estado fallando, y reconocemos que somos personas en un camino de conversión de cada día, que no estamos exentos a caer, pero lo bueno es levantarse y seguir con la cruz adelante.

El autor es comentarista político.

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