Fue nuestro excampeón mundial de boxeo, peso medio ligero, Eddy Gazo, fallecido recientemente a sus 73 años. Lo confesó en una entrevista a LA PRENSA, en 2005, donde aseguró ser padre de 38 hijos concebidos por 30 mujeres distintas: “A mí me decían el ‘rasero’ porque toda mujer que quería tener hijos conmigo yo la embarazaba”.
Puede sonar folclórico y para algunos chistoso, pero refleja un aspecto de nuestra cultura familiar que, si se analiza de cerca, constituye uno de los problemas más tristes y graves de nuestra sociedad: la extendida irresponsabilidad familiar de un gran sector de la población. En el caso de Gazo se trata de más de 30 niños a quienes destinó a crecer sin padre, en hogares monoparentales presididos por una mujer o pariente. ¿A cuántos de estos niños Gazo protegió y conoció? ¿A cuántos de ellos procuró darles una buena educación y principios? ¿A cuántos les consiguió remedios para sus enfermedades? ¿A cuántos les enjugó sus lágrimas? Lo más probable es que a la mayoría de ellos ni siquiera les conociera sus nombres.
Aunque pocos ostenten su récord, son muchos —en Nicaragua pueden representar ¡dos tercios! de nuestros hogares— los hombres y mujeres que, como Gazo, procrean “a la brava”, fuera de relaciones formales o uniones estables, sin reparar en el daño que hacen. Si este no se ve es por la inexcusable ignorancia que existe sobre la importancia que tiene para los niños crecer en familias constituidas por padre y madre establemente unidos. Importancia que no es producto de consideraciones moralistas ni religiosas sino de los datos suministrados por las ciencias sociales.
Una de las conclusiones desde la psicología es que la presencia del padre en el hogar es beneficiosa, sino necesaria, para la madurez psicológica de los niños, particularmente varones. Esto no significa que ninguno pueda crecer bien sin ellos, sino que lo óptimo para las necesidades emocionales y cognoscitivas de niños y niñas es ser criados por un padre y una madre.
Las investigaciones psicológicas en conjunto con las sociológicas indican que las tasas de desórdenes mentales, drogadicción, delincuencia y fracaso académico, son muchos más altas en los hijos de hogares desunidos y monoparentales que en los presididos por padre y madre. Las ciencias económicas iluminan también el caso. Nicholas Kristof, columnista del New York Times, escribió recientemente que las familias encabezadas por madres solteras son cinco veces más propensas a vivir en pobreza que las parejas casadas, y que sus hijos tienen una probabilidad similar a no bachillerarse o ir a la universidad.
Quizás el hallazgo más relevante sobre el tema es la gran diferencia en resultados que existe entre las parejas unidas en matrimonio versus aquellas que solo cohabitan. El 70 por ciento de las primeras permanecen unidas al llegar el primer hijo a los 12 años, mientras que en las segundas solo el 24 por ciento lo logra. También tienen las primeras cuatro veces más probabilidades de saltar de la pobreza a la prosperidad.
La conclusión global a que llevan estas realidades es que es vital, para cualquier sociedad que quiera mejorar el futuro de su niñez, combatir la pobreza, y disminuir los comportamientos antisociales, fomentar las uniones estables de padres y madres a través de incentivos que aumenten la tasa de matrimonios.
Los sistemas educativos pueden hacer mucho al respecto educando para el matrimonio como paso anterior a la procreación. Los estados pueden asimismo contribuir creando incentivos tributarios y económicos. En Israel, por ejemplo, hay exenciones tributarias para las familias casadas. En Japón se da un bono de US$5,000 a quienes contraen matrimonio. En Hungría se exime de impuestos sobre la renta y vivienda a parejas casadas con tres o más hijos. Otra medida es prolongar la indemnización por maternidad.
El gran problema, la gran tragedia, es que este tema de la familia rara vez se menciona en los planes de los políticos. En Nicaragua no he encontrado ni una sola plataforma o plan de gobierno que lo aborde. Ni una. Es una vergüenza que ojalá sea superada por políticos con una nueva visión. Una Nicaragua mejor necesitará mejores familias.
El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación de Nicaragua.