Lista de reproducción
- No hay más artículos para escuchar
Queridos hermanos y hermanas:
En el evangelio de este domingo escuchamos una oración que brota del corazón mismo de Jesús: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla” (Mt 11,25). Jesús ora lleno de gozo, casi con asombro, en medio de un ministerio marcado por el rechazo de unos y la fe sencilla de otros. Con su espontánea alabanza al Padre, Jesús reconoce el estilo de Dios, que se revela a los sencillos y se oculta a los sabios y entendidos. ¿Quiénes son esos “sencillos” que han acogido la revelación de Dios, y quiénes los “sabios y entendidos” que se han quedado sin ella?
Los “sencillos” son quienes escuchaban a Jesús con un corazón abierto y creyeron en él: los pobres, los pescadores del lago, los enfermos, las mujeres, los pecadores públicos. Gente sencilla, muchas veces despreciada y oprimida, sin grandes recursos ni apoyos humanos. Al oír a Jesús, se daban cuenta de que Dios no estaba lejos ni infundía miedo, que los quería libres, dignos y sanos, pues ante él valían más que los lirios del campo y los pájaros del cielo (cf. Mt 6,26-28). Desde su propia pobreza entendían el amor, porque solo un corazón despojado sabe reconocer un don cuando lo recibe. Ellos no tenían ni prestigio ni poder que defender; por eso pudieron abrirse sin miedo a la cercanía de Dios.
Los “sabios y entendidos”, en cambio, eran los maestros de la ley, expertos en la religión de Israel. Su saber los había convertido en personas arrogantes y autosuficientes. Preferían sus dogmas a la misericordia, idolatraban la religión y descuidaban a Dios y a los hermanos. Estaban tan llenos de sus propias ideas que no pudieron reconocer al Mesías de Dios. Rechazaban a Jesús por su cercanía a los pobres y a los pecadores, no aceptaban su anuncio gozoso de la misericordia de Dios y no toleraban su libertad frente a los mandamientos que oprimían a la gente.
El estilo de Dios hoy sigue siendo el mismo. Queda oculto a los soberbios y arrogantes y se revela a los pequeños y sencillos. Nos quedamos sin entender a Jesús cuando el orgullo pesa más que la bondad, cuando nos creemos mejores que otros por cumplir ciertas normas, cuando somos muy religiosos pero poco humanos. Nunca conoceremos a Dios si preferimos los preceptos al amor, si anteponemos la ley al rostro concreto del hermano que sufre. Solo un corazón sencillo, despojado de vanidad y abierto a la novedad de Dios, puede acoger de verdad el Evangelio. Dios se nos revelará en toda su riqueza solo si aceptamos nuestros límites y nos presentamos ante él con el corazón abierto y las manos vacías.
A esos pequeños que han creído en él, Jesús les dice: “Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados, y yo les daré descanso” (Mt 11,28). En el lenguaje bíblico, descansar no es solo recuperar fuerzas físicas: es alcanzar la plenitud de la vida que únicamente Dios puede darnos. Vivimos agotados por los problemas de cada día, ansiosos por el futuro, cansados de intentar superar nuestras debilidades y de soportar las ajenas. Necesitamos descanso. Pero para alcanzarlo no basta con tomarnos unos días de vacaciones ni con distraernos para recuperar las fuerzas o serenar la mente.
“Vengan a mí”, nos dice Jesús. Solo él, con la fuerza de su amor que perdona y transforma en bien hasta lo que nos parece dañino, puede darnos el verdadero descanso. El camino de Jesús no es un sendero de renuncias y sacrificios, sino una experiencia de libertad y plenitud. Ir a él es acoger su amor, abrirle el corazón y dejar que su palabra nos consuele e ilumine. Ir a Jesús es descubrir, en el don de su vida entregada en la cruz, la expresión más sublime del amor de Dios, que carga sobre sí el pecado y el dolor de la humanidad para curarla y salvarla.
Hay también pueblos enteros cansados y agobiados por el miedo, el engaño y la opresión. Pueblos que caminan heridos, con incertidumbre, hambrientos de libertad, paz y justicia. Hay gente agobiada porque el tiempo pasa y las cosas no cambian; aumenta el sentido de impotencia frente a estructuras de poder que parecen inamovibles; falta un liderazgo cercano al pueblo que contagie esperanza; y se echa de menos una solidaridad internacional más clara y eficaz. Jesús también quiere dar descanso a los pueblos oprimidos.
En la cruz de Jesús, en el don de su amor hasta el extremo, descubrimos que no estamos solos, que Dios sufre con nosotros. Allí nuestro cansancio mortal encuentra alivio, nuestra esperanza se fortalece, la historia es redimida y el mal es destruido de raíz. Sin embargo, este descanso que Jesús nos ofrece no caerá del cielo como algo mágico, sino que será el fruto de decidirnos a caminar iluminados por la sabiduría del Evangelio. Surgirá cuando cultivemos un trato más respetuoso y solidario entre nosotros, cuando renunciemos a desgastarnos en divisiones inútiles y cuando aprendamos a sustituir las ambiciones personales por la lucha en favor del bien común.
Jesús es un maestro que nos da una cátedra de vida desde su propio corazón: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso” (Mt 11,29). A diferencia de los maestros de Israel, que cargaban sobre la gente el pesado “yugo” de una ley y una religión que oprimía con centenares de preceptos y ritos, Jesús no nos impone cargas pesadas. Él nos ofrece su yugo suave y su carga ligera (Mt 11,30): aprender de su mansedumbre y de su humildad de corazón. Esta invitación no es un llamado a la resignación ni a la pasividad. La mansedumbre es un don que Jesús concede a quienes son pequeños y pobres ante Dios. Quienes viven con mansedumbre son amables y pacientes; pueden indignarse sin ser agresivos, son valientes sin ser violentos y son firmes sin ser intransigentes.
Jesús nos pide que aprendamos su modo de vivir: delicado, sin violencia ni arrogancia, sin ambiciones de grandeza y siempre dispuesto a hacer el bien. Aprendamos de Jesús, que pasó haciendo el bien, sin dañar ni dominar a nadie. Su gozo fue servir y confiar siempre en el amor del Padre. No nos complicó la vida, la hizo más sana, sencilla, alegre y libre. Seguir a Jesús, vivir como él vivió, es descubrir el verdadero descanso que todos los seres humanos necesitamos.
Detengámonos y aprendamos a descansar en Dios. Jesús es la fuente del verdadero y definitivo descanso. Nuestro corazón fatigado no lo encontrará sino encontrándose con él. Aprendamos de su modo de amar, delicado y tenaz, que es el verdadero alfabeto de la vida y la auténtica sabiduría del corazón. Jesús es un maestro que nos ofrece algo aún más importante que sus palabras: sus dos manos, sobre las que podemos reposar nuestra vida cansada y recuperar el ánimo y el deseo de vivir.
Silvio José Báez, o.c.d.
Obispo auxiliar de Managua