Quien vive convive

Una realidad que tenemos que aceptar y asumir es que la vida es convivencia. Quien vive, convive, pues nuestra vida es un constante convivir. No podemos prescindir de los demás.

Nos necesitamos los unos a los otros. Nacemos, crecemos, y nos desarrollamos con los otros, por los otros y para los otros.

No estamos hechos para la soledad. Lo nuestro es convivir, no sólo vivir, tal como nos dice el libro del Génesis: “No está bien que el hombre viva solo” (Gen.2,18).

La convivencia -sea de la clase que sea- no es fácil. Con demasiada frecuencia surgen en nuestra convivencia problemas, discusiones, pleitos, rencillas, imposiciones, maltratos, ofensas y las faltas de respeto al otro…

Ante estos problemas que surgen (sean políticos, sociales, económicos, laborales, familiares o religiosos) solemos tomar diferentes posturas. Unas veces rompemos la comunión y tenemos problemas… Luego cada uno que se las apañe como pueda. Cortamos, como se suele decir “por lo sano”.

Otras veces, no sólo rompemos la convivencia, sino que además nos guardamos ese sabor amargo que suelen dejar los problemas que surgen y que se va adueñando de nosotros: el odio, el rencor, el resentimiento. Por eso, solemos oír decir: “Para mí, “fulanito” es como sí se hubiera muerto”. “A mí quien me las hace, me las paga”. “A ese yo no lo puedo perdonar”. “Yo no le perdono; que le perdone Dios”.

Ambas posturas nos hacen romper con amistades de toda la vida y hasta con personas a las que siempre le hemos tenido un cariño especial tales como: el padre, la madre, un hermano, el cónyuge y hasta los hijos y amigos cercanos.

El odio y el rencor no sólo rompen la convivencia, sino que la hacen imposible de reconquistar. Y es que en toda convivencia tiene que estar presente el valor perdón.

Quién no sabe perdonar, no sabe convivir ni puede convivir. La convivencia constantemente reclama la presencia del perdón.

Perdonar no es evadir los problemas que el otro me ha causado, sino hacerles frente con amor.

Justificar los errores o maldades del otro, aunque siga en ellos, no es brindarle la mano para que se arrepienta y salga de ellos.

El perdón está en razón directa con el amor: Sólo es capaz de perdonar quién tiene un gran corazón. Sólo puede perdonar quien es capaz de amar. Quién ama sin límites, perdona sin límites; por eso dice Jesús que debemos perdonar “Setenta veces siete” (Mt.18,22).

Dios sólo entiende de perdón, porque Él es amor y como ama sin límites, perdona sin límites.

En el Evangelio, que es la norma de nuestra vida, no caben: el ojo por ojo, el revanchismo, el golpe sucio, la venganza… porque el Evangelio es mensaje de amor y, por lo tanto, de perdón.

Quien no sabe perdonar, está condenado a vivir en las cadenas del odio y del resentimiento. Sólo el amor nos hace libres.

Sólo nuestra capacidad de perdón nos dice hasta dónde somos capaces de saber convivir ya que el perdón nos hace libres. La reconciliación nos acerca y nos da una vida que merece vivirse.

El autor es sacerdote católico.

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