Acercándonos a los quinientos años de la fundación de las dos ciudades madres de Nicaragua, León y Granada, en el siglo XVI, el homenaje que el poeta, filólogo, historiador, académico, y enciclopedista doctor Jorge Eduardo Arellano, ha dedicado a León Viejo, en su reciente libro León de Nicaragua y su vida cotidiana en el Siglo XVI, es extraordinario.
Escrito con una prosa sencilla, dulce, delicada, que más que libro de historia pareciera una novela de esas inmortales, al estilo, de Guerra y Paz de León Tolstoi, o Los Miserables de Víctor Hugo. Arellano desenreda con paciencia los hilos de los acontecimientos y nos va relatando, los sucesos ocurridos en los primeros años de ese famoso siglo XVI en prácticamente un villorrio elevado a la categoría de ciudad, enaltecido al designársele la segunda sede episcopal de Centroamérica, por el papa Clemente VII.
Resaltando la presencia de personajes como Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés —primer cronista de Indias nombrado por su sacra católica majestad, el emperador Carlos V— quien viviera en León alrededor de unos dos años y escribiera su monumental obra Historia general y natural de las indias, islas y tierra firme del mar océano, enemigo acérrimo de Pedrarias.
Otro personaje que Arellano nos recuerda es Hernando de Soto, quien luchara para Pedrarias contra Gil González, y tiempo más tarde de su permanencia en León Viejo, habiendo participado en la conquista del Imperio Inca, con Pizarro, siendo beneficiado del botín arrebatado a Atahualpa tras su tortura y muerte, y quien además tuviese el mérito, de descubrir ante los ojos occidentales el río Misisipi.
Pero los dos personajes que centran el libro, a pesar de sus incontables anécdotas, detalles, historias y hechos, quemas de españoles en la Plaza Mayor, nombres de artesanos, alcaldes, escribanos, herreros, productos de la región, que como lo dije anteriormente son narrados con un lenguaje accesible, sencillo y dulce, son las figuras de Pedrarias y del obispo Valdivieso.
Con Pedrarias se inicia el período colonial, su gobierno plagado de violencia, en especial hacia los indios, tiene el mérito indiscutible que define eso que hasta ese momento nadaba en el éter, nuestro territorio. Nicaragua, que ya no es Castilla del Oro, ni tampoco es parte de las tierras del norte deseadas por Hernán Cortés. Quiérase o no Pedrarias es el padre de la nacionalidad nicaragüense, le imprime su sello y su figura se mantiene a la sombra a través de los tiempos como lo dijera el historiador leonés Nicolás Buitrago Matus, en su libro: León a la sombra de Pedrarias.
Con Valdivieso la cosa es diferente. Arellano nos muestra a un obispo mártir, compañero de luchas con Las Casas, defensor de los indios y designado por la reina Juana (Juana de Castilla, mal llamada “la Loca”) como protector de los indios, enredado en las luchas de poder de la época, peleando con los encomenderos y elevando los costos de los servicios religiosos por el afán de terminar su catedral, dedicada a nuestra señora de la Piedad.
El libro en sí es una joya, un verdadero homenaje a mi León inmortal, por el cual su autor merece el agradecimiento de todos los leoneses y el aprecio y el cariño que siempre se le ha tenido, al punto de declararlo mucho tiempo atrás, hijo dilecto de la ciudad.
El autor es abogado leonés.