La relocalización de las ruinas de León Viejo fue para mí un sueño que acaricié desde mis años de estudiante universitario en la Facultad de Derecho de la hoy UNAN-León. Esta ilusión era alimentada cada vez que encontraba algunos escritos relacionados con León Viejo. Y, por supuesto, la ambición de redescubrir las ilustres ruinas estaba también asociada a la evocación de las figuras de los personajes que poblaron la primera capital de la Provincia de Nicaragua, entre ellos su fundador, el desafortunado capitán Francisco Hernández de Córdoba; el temible primer gobernador de la Provincia, Pedro Arias de Ávila y, de manera muy especial, la figura emblemática, abnegada y mártir del Obispo Fray Antonio de Valdivieso de quien, desde mi adolescencia, conocí la trágica historia de su asesinato, en su propio domicilio y en presencia de su madre, por su celo en la defensa de los indios, de manos de Hernando de Contreras, ayudado por el fraile lego y apóstata Pedro de Castañeda y el aventurero Juan Bermejo, entre otros.
Quizás el primer relato de aquel crimen sacrílego lo leí en la obra del doctor Arturo Aguilar Reseña Histórica de la Diócesis de Nicaragua, publicada en León en 1927. En el capítulo que Aguilar dedica al obispo Valdivieso da la versión de los acontecimientos, y que es la que solía repetirse en nuestros textos escolares de historia de la época, no obstante que contiene varios errores históricos, entre ellos el de equivocarse en cuanto al sitio en que fueron sepultados los restos del obispo mártir.
Años después, siendo ya estudiante universitario procuraba conversar sobre el tema de las ruinas de León Viejo con mis compañeros de estudio y, en algunas ocasiones, con el entonces rector, doctor Juan de Dios Vanegas, el vicerrector, doctor José H. Montalbán, y con mi recordado profesor de Derecho Civil e historiador, doctor Nicolás Buitrago Matus, quien por entonces preparaba su libro León, la sombra de Pedrarias. En mis años de estudiante yo escuché, de boca del propio doctor Nicolás Buitrago, lo que más tarde narraría en la obra que he mencionado, publicada por primera vez como separata de la Revista Conservadora en 1966. Decía el doctor Buitrago, padre del doctor Edgardo Buitrago Buitrago, lo siguiente: “Guardo el trozo de una carta que mi madre envió a la suya en el año 1883, en la que, al relatarle sus alegrías de joven en el paseo que hacía a la hacienda “Paso-hondo” con su tía materna dueña de esa hacienda, situada a la vera del Viejo León, cómo se recreaba cortando magnolias, jazmines del cabo y resedas, en los solitarios patios de algunas casas todavía existentes en aquellos campos de soledad”.
No debe entonces extrañar que cuando en noviembre de 1964 fui electo Rector de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, entre las cosas que me propuse impulsar estaba llevar a cabo las investigaciones históricas que condujeran a la relocalización de las ruinas de la antigua capital de Nicaragua donde, pese su corta existencia de 86 años, ocurrieron hechos de singular trascendencia, no solo para nuestro propio devenir histórico sino también para la historia en general de Hispanoamérica, pues el conflicto que se produjo aquí entre los intereses de los encomenderos y las disposiciones de las Nuevas Leyes, cuyo cumplimiento exigía con ánimo decidido y a sabiendas del peligro que corría, el protector de los indios, obispo Valdivieso, representa la confrontación entre el agonizante régimen feudal medieval y el inicio de una nueva época, que se estaba abriendo paso en medio de violentas resistencias.
Mi entusiasmo por la relocalización de las ruinas era compartido por mi esposa Rosa Carlota y un grupo de profesores universitarios y entrañables amigos, doctores Edgardo Buitrago y su esposa, la poeta Mariana Sansón, ya fallecidos; el doctor Alejandro Serrano Caldera y su esposa, doña Giovanna, y el doctor Alfonso Argüello Argüello (q.e.p.d.), y su esposa. Insisto en decir “relocalización de las ruinas” por cuanto, a decir verdad, el sitio donde fueron halladas las ruinas en el mes de abril de 1967, ya había sido ubicado por algunos historiadores e investigadores nicaragüenses. Así, por ejemplo, el 22 de abril de 1931, el historiador don Luis Cuadra Cea y el ingeniero Francisco Pereira Baldizón localizaron por primera vez el sitio de las ruinas, pero no se realizaron excavaciones en el sitio.
Tampoco entonces fue exactamente un “descubrimiento”, pues el asentamiento de la ciudad no era desconocido en el siglo ante pasado, pese al falso mito de que la ciudad se encontraba sumergida en el Lago de Managua. El mismo Rubén Darío hizo alusión al sitio. Pero quien proporcionó un plano con referencias exactas de la ubicación fue el ingeniero alemán Maximiliano Von Sonnestern. De 1858, en efecto, data su mapa de las tierras que circundan las ruinas, señalando éstas de una forma esquemática… Fue este plano de Sonnestern el que condujo al historiador Eduardo Pérez-Valle a sugerir, en 1961, la idea de que con el recurso de la fotografía aérea podrían descubrirse las ruinas de León Viejo.
A mediados de diciembre de 1966, acompañado por los doctores Edgardo Buitrago, Alejandro Serrano Caldera y Alfonso Argüello Argüello, y de nuestras respectivas esposas, hicimos una primera visita de reconocimiento al pueblo de Momotombo y sus inmediaciones, recogiendo algunas informaciones de boca de los vecinos del lugar.
Posteriormente, el día miércoles 26 de abril de 1967, se hizo una segunda visita a la región del Puerto de Momotombo, esta vez en compañía del ingeniero Francisco Pereira Baldizón y del administrador de la hacienda El Diamante. La búsqueda resultó infructuosa, porque el ingeniero Pereira Baldizón no pudo localizar el sitio donde había estado con Cuadra Cea, en 1931. Decepcionados, nos fuimos a refrescar a una humilde vivienda, donde observé un brocal de pozo y un horno hechos con ladrillos diferentes a los que fabrican en La Paz Centro. Pregunté de donde procedían esos ladrillos tan grandes y nos dijeron que de una “huaca” ubicada en un potrero. Pedí que nos llevaran al sitio y ellos nos llevaron, al grupo universitario, directamente hasta un potrero donde había un montículo de ladrillos de barro dispersos. Era la “huaca de ladrillos”, de donde los extraían para hacer hornos y pozos.
Cuando observamos esos ladrillos, notamos claramente su diferencia con los que actualmente se fabrican en La Paz Centro. De inmediato decidimos excavar en el sitio de la “huaca” y fueron apareciendo los muros de lo que desde el primer momento supusimos que eran los muros de la Iglesia de La Merced de León Viejo.
Localizando el montículo de ladrillos que antes se mencionó, se vio que el sitio donde se encontraba ofrecía el aspecto del asiento de una ciudad, ya que a simple vista podía descubrirse el trazado de calles y varios otros montículos que por su forma hacían sospechar que correspondían a edificaciones de forma más o menos regular. La circunstancia de que el potrero había sido objeto de una quema reciente favoreció el descubrimiento. Se decidió excavar tentativamente uno de los muchos montículos de figura cuadrilátera que se observaban al S.O. de Puerto Momotombo, junto al pueblo; y comenzaron a surgir los vestigios: primero materiales dispersos, luego muros de ladrillos de tapia, luego verdaderos recintos de edificaciones reconocibles.
Las excavaciones estuvieron al principio a cargo de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua. Posteriormente el Congreso de la República por Decreto No.1343 del 5 de agosto de 1967, las declaró de interés nacional, creando una comisión, presidida por el rector de la UNAN, encargada de dirigirlas y asignando fondos especiales para la obra. El secretario de la comisión era el ingeniero Miguel Ernesto Vijil Icaza. En las excavaciones que entonces se hicieron dirigidas por el doctor Alfonso Argüello Argüello, se descubrieron las ruinas de varios edificios importantes; dos de ellos evidentemente fueron iglesias, por la disposición de sus secciones, los otros parecen haber sido residencias de personas prominentes. Los primeros cuatro edificios fueron identificados como Iglesia de La Merced, Catedral, Palacio del Gobernador y Casa de Gonzalo Cano.
Posteriormente, las excavaciones estuvieron a cargo de un arqueólogo salvadoreño, y después, de un arqueólogo francés de apellido Thieck, financiado por el gobierno de Francia y autor de un libro sobre los ídolos de piedra de Nicaragua.
El autor es educador, académico y escritor. Fue rector de la UNAN-León.