Jesús utilizaba comparaciones conforme al tipo de sociedad y la manera de ser de la gente que se le acercaba para explicar el reino, con quienes compartían momentos con él…: la naturaleza, las labores del campo, las faenas del mar, los usos domésticos o los negocios de la vida…
Hoy es “el tesoro escondido…”, “el comerciante de perlas finas…”, “la red de pesca…” y al final “el buen padre de familia…” (Mt 13, 44-52).
Jesús quiere destacar el valor del reino de los cielos, que es mayor que cualquier cosa que existe en el mundo, y con la que nada se le puede comparar. Es un tesoro o perla tan rica que vale más que todo…
Aunque el verdadero tesoro del hombre, el que es capaz de dar sentido a su vida, solo se encuentra en Dios, porque solo Él sacia el ansia de infinitud que toda persona siente… Cada uno somos un abismo y solo un abismo más grande podrá saciarnos: “Quien a Dios tiene, nada le falta, solo Dios basta”, dirá Teresa de Jesús.
Ten en cuenta el tesoro más importante de la vida. Quien encuentra a Dios, encuentra el tesoro más preciado de su vida, y a Dios solo le encontramos en Jesús y a través de aquellos con los que Jesús se identificó.
Jesús es el revelador del Padre, y por Él todos los hombres tienen acceso a Dios. Así se lo dice Jesús a su apóstol Felipe: “Quien me ve a mí ve al Padre…” (Jn 14,9). Necesitamos de Cristo para ir al Padre, para conocer a Dios.
¿Dónde se encuentra hoy ese tesoro? En los hermanos, en la humanidad doliente. Dios está escondido como un tesoro en todos los hombres y mujeres de la tierra, en la persona que camina a nuestro lado o se sienta junto a nosotros o comparte nuestra relación familiar, o alienta nuestro trabajo o disfruta de nuestro espacio de ocio y descanso.
Dios se encuentra escondido en el que sufre o llora en el interior de su corazón, en el migrante que está sin saber dónde ir, en los enfermos, en la soledad del adulto mayor…
Y quien ha descubierto a Dios así, ha hallado un tesoro y es lo único que da sentido a la vida y en comparación con todo lo de este mundo… es tenido en nada.
¿Tendremos que pedir al Señor “capacidad para discernir el bien y el mal, para escuchar y gobernar… como Salomón? (1 Re 3,5) Eso nos podría ayudar a la hora de mirar al hermano.
La alegría de los cristianos: sentir el Evangelio como fuente de alegría. Cuando un cristiano ha encontrado ese tesoro y está en disposición de dejarlo todo por él, todo se hace y vuelve más ligero. Suelta lastre, el corazón deja de pesarle y vuela con determinación y alegría. Está hasta en disposición de dejar todo por él.
Se da cuenta de que el Evangelio, el reino de Dios, no es una pesada carga que impide vivir la vida con espontaneidad, sino con amor y alegría, porque siempre nos invita a compartir con los demás. Y empieza la verdadera misión de un cristiano: ayudar a los demás a encontrar su perla, su tesoro escondido…
También hay que ver la vida como la red que se echa en el mar y recoge todo tipo de peces, y que luego se tiene separan en la orilla… (Mt 13, 47-50), de aquí la necesidad de ver nuestra vida continuamente, es semejante al trigo y la cizaña (Mt 13,24), con la referencia del juicio final entre los buenos y malos.
Pero hasta entonces, no lo olvidemos, todos tenemos la oportunidad de optar por la salvación mediante la conversión.
Aprendamos como el buen padre de familia a sacar provecho de nuestro tesoro, con las cosas nuevas y las antiguas (Mt 13,51-52), porque Dios al final de la creación dijo que “vio que todo cuanto había hecho y estaba muy bien” (Gn 1,31), y en esa bondad misericordiosa confiamos todos.
El autor es sacerdote católico.