Necesitamos ser tolerantes

La realidad y el nuestro mundo, en el que nos ha tocado vivir, es verdaderamente un campo en el que, sin duda alguna, hay sembrado mucho trigo y mucha cizaña. Y es en este mundo nuestro, con trigo y cizaña, en el que tenemos que aprender a vivir, a convivir y a tolerarnos los unos a los otros, como nos dice Jesús. (Mt.13,26-29).

No todos pensamos lo mismo; pero todos tenemos que respetarnos, aunque seamos distintos y pensemos distinto. No todos enfocamos los problemas bajo los mismos principios; pero sí todos tenemos que escucharnos y dialogar con respeto buscando juntos el bien común. No todos tenemos las mismas creencias; pero todos tenemos que respetarnos en ese mundo sagrado e íntimo que llevamos por dentro.

Por ello, si queremos vivir y convivir en paz en este mundo tan diverso: Tenemos que armarnos de un profundo respeto; tenemos que aprender a tolerarnos los unos a los otros; tenemos que ser conscientes de que no podemos imponer nuestras ideas, a la fuerza o con violencia, como pretendían los siervos del sembrador con la cizaña (Mt.13,28).

No es a base de fanatismos como se depura este mundo nuestro, sino con las únicas armas del respeto a todos, aunque seamos diferentes. Si alguien tiene que ser consciente de todo ello, somos precisamente los creyentes, los que nos profesamos cristianos.

Ser tolerante no significa ser indiferente sino ser conscientes de que somos diferentes y nos respetamos mutuamente con nuestras diferencias.

Ser tolerante no significa que nos dé lo mismo la verdad que la mentira, sino respetar al otro que tiene su verdad, aunque esa verdad sea muy distinta a la nuestra.

Ser tolerante es admitir en los demás una manera de ser y de actuar, aunque ese ser y actuar sean distintos a los nuestros.

Ser tolerante es aceptar el pluralismo y respetar la diversidad. El respeto mutuo, la tolerancia.

Ser tolerante es esforzarnos por comprender que el otro y se merece el mismo respeto que yo quiero para mí.

La tolerancia es el valor que nos une, nos abre los demás, nos da capacidad para poder dialogar y comunicarnos. La tolerancia es la causa y el fin de la verdadera libertad.

Lo nuestro, lo propio de los cristianos es ser “Buena semilla” (Mt.13,24.30).

Es verdad, que alrededor nuestro hay gente que piensa de otra manera y ahí está el problema: El saber convivir juntos, respetándonos mutuamente los unos a los otros. Los cristianos no podemos imponer fanáticamente nuestra verdad y, mucho menos, emplear medios injustos o violentos contra quienes no son como nosotros.

La misma historia de la Iglesia, por desgracia, debe saber muy bien las graves consecuencias que ha supuesto actuar de esta manera. Jesús “reprendió” a Santiago y Juan porque quisieron usar la violencia contra los samaritanos que no les recibieron (Lc.9,51-55).

A quienes querían arrancar de raíz la cizaña que había surgido en el campo sembrado de trigo, Jesús les dijo: “Dejen que ambos crezcan juntos hasta la cosecha.” (Mt.13,30).

En el huerto de Getsemaní, unos de los que estaban con Jesús, al ver que quisieron prenderle, sacó una espada e hirió a un siervo del sumo sacerdote; pero Jesús se volvió a él y le dijo: “Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que empuñen la espada, a espada perecerán” (Mt.26,51-53).

Hay que hacer todo lo posible para vivir en paz con todos. (Rom 12,18). Es mucho el camino a recorrer aún para que este mundo nuestro aprenda a vivir con tolerancia.

El autor es sacerdote católico.

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