La caracterización del régimen de Nicaragua

Los opositores de derecha e izquierda han tenido un nuevo diferendo público, esta vez por la caracterización del régimen actual de Nicaragua.

Reconocidos opositores de filiación ideológica de izquierda —entre ellos algunos o muchos que fueron destacadas figuras de la dictadura sandinista de los años ochenta—, enviaron una carta pública al Foro de San Paulo para pedirle que deje de apoyar al Gobierno de Nicaragua.

Dijeron en su comunicación que el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo “es incompatible con los principios de una izquierda que pretende ser alternativa frente a las injusticias del mundo en que vivimos… No se puede ser antimperialista aniquilando a toda la sociedad civil y suprimiendo todas las libertades”. Y agregaron que “Daniel Ortega y lo que queda del Frente Sandinista se presentan como de izquierda y antimperialistas, pero, lejos de ese discurso proclamado, ya desde hace muchos años iniciaron un proceso de abandono de principios, que pasó por corrupción, alianzas con la peor derecha del país, fortalecimiento de un modelo neoliberal que aumenta las ya enormes desigualdades y miseria de la población, concentración del poder político y económico en su familia y allegados”.

Por su parte, los representantes de varias organizaciones políticas opositoras de derecha y centroderecha refutaron a los de izquierda, señalando que estos “erran en su análisis al considerar que el modelo orteguista es un modelo neoliberal… No existe en su régimen totalitario nada parecido a un régimen liberal ni a una desviación como es el neoliberalismo. No hay liberalismo sin libertad, y en Nicaragua no hay libre empresa, solo prácticas monopólicas en favor de intereses familiares que se contraponen a las reglas del libre mercado”, dicen en su documento.

 En realidad, pedirle a un movimiento internacional de izquierda radical como el Foro de San Paulo –que fue creado por Fidel Castro, Hugo Chávez y Luiz Inácio Lula da Silva para impulsar la revolución y por lo tanto el autoritarismo revolucionario en América Latina—, pareciera un contrasentido. Sin embargo, es comprensible que así como los opositores de derecha y centroderecha apelan a la solidaridad de organismos internacionales afines, los de izquierda hagan lo mismo con los suyos.

En todo caso, aunque esta controversia podría parecer una trivialidad se refiere a algo que es primordial de la organización y la práctica política. En lo fundamental la política es la lucha por el poder que según la doctrina se realiza siempre en condiciones de riesgo e incertidumbre; y   requiere de una estrategia —particular, sectorial o común— en la cual primero que cualquier otra cosa se debe tener claridad de cuál es la naturaleza del sistema político o régimen que se pretende cambiar.

En otra ocasión hemos dicho en este espacio de opinión editorial que la política es ante todo el arte de lo posible. Ahora debemos agregar que es también el arte de hacer posible lo deseable. Para lo cual es absolutamente necesario no solo tener conciencia de la propia fuerza y capacidad, sino también de la del adversario. Y además, primero que todo conocer su identidad, naturaleza o carácter político e ideológico. O sea, si el régimen es autoritario o semidemocrático, una dictadura “liberal” (como era en Nicaragua la somocista) o una totalitaria (fascista de izquierda o derecha) que no permite ningún espacio de actividad legal, ni política ni social.

Tal vez si la fragmentada y abigarrada oposición nicaragüense se pudiera poner de acuerdo en una caracterización común del régimen, esta podría ser el punto de partida en el camino que los lleve a la unidad, la unión, la alianza o como quieran llamarla.

Al menos es un esfuerzo intelectual que deberían intentar, teniendo en cuenta que la teoría es la luz que alumbra el camino de la práctica.

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