Se conoce que pronosticar es “predecir algo futuro a partir de indicios”. O sea, analizar los hechos que están ocurriendo y a partir de ellos trazar los probables cursos que en general podrán seguir los acontecimientos.
Eso es lo que hace la Unidad de Inteligencia de la revista The Economist (EIU por sus siglas en inglés), cuyo último pronóstico sobre Nicaragua y sus perspectivas inmediatas indica que la economía del país irá para peor, pero que eso no afectará la continuidad del régimen político.
Nicaragua seguirá siendo el país más pobre de Centroamérica, sin embargo, el Gobierno utilizará “su control absoluto sobre las instituciones del Estado y las fuerzas de seguridad para cimentar su régimen autoritario dinástico en los próximos años. No habrá tolerancia de ninguna oposición genuina”, se dice en el análisis y pronóstico de la Unidad de Inteligencia de The Economist, según la nota informativa de LA PRENSA publicada el pasado viernes 16 de junio.
No sabemos si los analistas políticos y activistas opositores nicaragüenses tomarán en cuenta un reporte tan realista como ese. Pero deberían aprovecharlo a fin de sustentar mejor sus análisis y elaborar sus planes de acción.
Desde Aristóteles se sabe que la política es una ciencia y el arte de lo posible. Es cierto que ahora algunos politólogos renombrados, como el español Federico Mayor Zaragoza, quieren darle vuelta a la fórmula y aseguran que, al contrario, la política es el arte de lo imposible. Como se decía en las consignas que los estudiantes de París rebelados en 1968 pintaban en las paredes de la gran ciudad francesa: “Queremos lo imposible”.
Pero eso es un disparate de personas subjetivistas que confunden los deseos con la realidad, que conciben la política a partir de sus emociones y elucubraciones. Es cierto que la pasión es un componente humano de la política y que debe haber tenacidad en el esfuerzo por alcanzar los objetivos propuestos. Pero ante todo se debe ser realista, fijar las metas y determinar las acciones a partir de la valoración objetiva de lo que es posible hacer en cada momento histórico y coyuntural.
La experiencia histórica demuestra que la acción política resulta estéril y conduce a grandes errores que se podrían evitar, cuando se actúa creyendo que lo que está claro para el dirigente, activista y analista o propagandista los está también para todos los demás. O por creer que el estado de ánimo impetuoso de los militantes es compartido por la población, cuando lo cierto es que la gran mayoría de la gente más bien está afanada en resolver sus problemas ordinarios y cotidianos.
En resumen, quienes se dedican a la práctica de la política deben tener el corazón ardiente y la cabeza fría —decía uno de los grandes maestros de la historia—, ser apasionados, pero al mismo tiempo objetivos y realistas.
Por supuesto que cada quien tiene derecho de pensar y decir lo que quiera sobre la situación del país; es libre de actuar a base de lo que se le ocurre, y pagar las consecuencias de ello, o hacerlo teniendo en cuenta estudios racionales, objetivos e imparciales como el de la Unidad de Inteligencia de The Economist que ha mencionado el diario LA PRENSA.