Cuando se pase revista a los grandes lanzadores que ha producido León, Epifanio Pérez va a estar en esa lista. No importa el orden, pero seguro estará ahí junto a Wilton López, René Paredes, Francisco Dávila, Antonio Chévez, Julio Juárez y Julio Moya, entre otros. Todos ellos incluso impactaron más allá de nuestras fronteras.
Pérez lanzó durante 13 temporadas y aunque en las últimas tres su brazo no respondía de acuerdo a sus estándares habituales, ya había escrito su nombre en piedra con 133 victorias en su carrera, dos campañas de 20 triunfos, incluyendo el récord nacional de 23 éxitos que aún persiste, igual que sus 39 lechadas y 143 juegos completos.
Con Epifanio ocurrió algo curioso. Después de impactar en una liga instruccional en 1985, los Leones fueron a buscarlo a su comarca Palo de la Lapa para el equipo del Pomares, pero “él pensó que lo llegaban a traer para el servicio militar y huyó al monte”, recuerda Julio Reyes, quien fue su compañero en los melenudos en aquellos días.
Su impacto fue inmediato. En su temporada de novato en 1986 tuvo 12-2 y 1.78 en 131.2 innings. Completó 11 de los 15 juegos que inició. Y para probar que no bromeaba, mejoró a 14-6 y 1.09 en 1987 con 16 juegos completos en 19 aperturas en 1987. En los siguientes dos años bajó el ritmo por el exceso de trabajo, pero regresó mejor.
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Su punto más alto lo alcanzó en 1990 cuando logró 23-4 y 1.78 en 212.2 innings. Superó el récord de 22 victorias que Sergio Lacayo había impuesto en 1977 con Granada. Le lanzó un no hit no run al Bóer y caminó toda la ruta en 19 de 23 partidos. Al año siguiente tuvo 20-6 y 1.93 en 200.1 episodios y se confirmó como el mejor.
Ese mismo año logró su mayor impacto con la Selección Nacional al derrotar 10-5 a Cuba en la Copa de Barcelona, además, ganó 4-3 el juego de la medalla de bronce contra Taiwán con un relevo de 8.2 innings, decidido por jonrón de Ramón Padilla en 13 episodios. Al final, tuvo 9-6 y 2.96 con la tropa nica en 27 actuaciones.
El exceso de trabajo hizo sus estragos, pero aun así tuvo dos años seguidos de 13 victorias (13-12 y 2.26 en 1993 y 13-17 y 3.74 en 1994), antes de conseguir su última temporada de alto nivel en 1995 con 17-11 y 2.06 en 236.1 episodios. En los siguientes tres años ganó solo cuatro juegos y tuvo que retirarse con su brazo afectado.
No obstante, su nombre quedó para siempre en la memoria colectiva, más allá de su récord magnífico de 133-71 y 2.43 en 1,688.2 innings, con 823 ponches y 326 boletos, más 18 salvamentos y dos títulos de campeón con los Leones (1986 y 1990) con actuaciones en esas Finales que probaron enfáticamente su gran calidad.
Epifanio llegó a ser un maestro de la bola bajita. Su arma era el sinker. Obligaba a muchos roletazos y aunque en sus inicios se presentó con buena velocidad, no fue ponchador. En su mejor época tuvo una frecuencia de 5.4 ponches por cada nueve innings, pero imponía el orden con su habilidad y comando en sus envíos.
Pérez, quien fue dos veces líder en victorias, cuatro veces en efectividad y siete en juegos completos, es dueño de récords nacionales en triunfos en una temporada (23), y en lechadas con 39 y en juegos completos con 143 en su carrera, pero sobre todo es considerado uno de los lanzadores más valientes que se han visto en el país.