Lo declaro con orgullo: ¡Creo en mi Dios!

La Solemnidad de la Santísima Trinidad es la fiesta de nuestro Dios. Hacer fiesta de nuestro Dios es decirnos que nos sentimos orgullosos del Dios en quien creemos y, por tanto, no podemos sino celebrar el haberlo conocido y creído.

Quien ha descubierto el Dios de Jesús, no puede sino hacer fiesta por ello y hablar con orgullo de ese Dios que llena nuestra vida. Es en Jesús y a través de Jesús como solo podemos conocer a Dios.

Hoy Dios se nos manifiesta como:

El Padre (2Cor 13,13) que es todo amor, que solo sabe amar y salvar, no condenar (Jn.3,17). Todo vida, que solo entiende de vida y siempre es causa de vida, nunca de muerte (Jn.3,16). Todo misericordia, que siempre brinda su mano para levantar al caído y, por eso, siempre es “clemente, compasivo y misericordioso” (Ex.34,6).

El Hijo, como el gran don del Padre dado a todos los hombres, signo de su amor y de su pasión por todos: “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único” (Jn.3,16).

En Jesús el Dios todopoderoso se ha hecho débil para que en medio de nuestra debilidad encontremos en Él la fortaleza (2Cor 12,10). El Dios invisible se ha hecho visible: “Quien me ve a mí, ve al Padre” (Jn.14,9). El Dios lejano e inalcanzable se ha hecho cercano, tan cercano que “habitó entre nosotros” (Jn.1,14).

El Espíritu Santo: el don del Padre y el Hijo para los hombres: La fuente de vida y energía por quien podamos llamar a Dios “Abba”, papá querido: “Habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abba, Padre! (Rom.8,14). Por quien nos hacemos templo de Dios: “El Espíritu de Dios habita en vosotros” (ICor 3,16). La fuerza que nos hace morir a las obras del hombre viejo (Rom 8,13) para empezar a vivir en novedad de vida (Gal 5,22) donde ya no existe el temor sino el amor (1Jn 4,18).

En verdad, tendremos que decir con el libro del Deuteronomio: “¡No hay Dios como nuestro Dios!”(Deut 3,24). ¡Sí, no hay Dios como nuestro Dios, el Dios que Jesús nos enseñó! Por eso, decía San Agustín: “Nos has hecho, Señor, para ti y nuestra vida está inquieta hasta que descanse en ti”.

Creo que todos cuantos hemos conocido al Dios de Jesús, teníamos que gritar con el corazón. “Lo declaro con orgullo: soy creyente”.

Y creo y entiendo ser creyente en la Santísima Trinidad, es quien ofrece amistad, quien construye humanidad, quien cultiva el perdón, quien promueve solidaridad, quien lucha por la justicia, quien acompaña procesos de sanación, quien no vive para sí mismo, quien se gasta por los demás, quien es capaz de dar vida y dar la vida.

El autor es sacerdote católico.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí