Lo declaro con orgullo: ¡Creo en mi Dios!

Y creo y entiendo ser creyente en la Santísima Trinidad, es quien ofrece amistad, quien construye humanidad, quien cultiva el perdón, quien promueve solidaridad, quien lucha por la justicia…

Déjate llevar por el Espíritu Santo

El Espíritu, pues, es don de Dios, para toda la Iglesia, para el papa, los obispos, presbíteros y cada uno de los cristianos. El Espíritu no es propiedad privada de nadie, es don de Dios para todos.

Creo en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo

Hoy solemos decir que estamos construyendo un mundo sin Dios: Dios no tiene cabida en el mundo de la ciencia. Dios no tiene cabida en nuestras escuelas y universidades. Dios está ausente en las fábricas y en el campo.

Ven Espíritu Santo

Sin el Espíritu Santo, Dios queda lejos, Cristo pertenece al pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia una mera organización.

¡Jesús el Divino Maestro!

De manera que Jesús ensancha en un extenso presente el horizonte de su amor, tanto que Él, es el “Pastor” y nosotros la oveja que se le ha perdido, ahora cuando el tiempo quiere tener vocación de quietud.

El Dios en el que creo

Creo en el Dios que históricamente se encarnó en Jesús, a través de María por obra del Espíritu Santo, mostrando así su radical solidaridad con la raza humana

Francisco I y su barca

Teólogo doctrinario y hombre de inteligencia superior, supo que había que ir más allá de la doctrina para enfrentar el problema.

Invocando al Espíritu Santo

Invoquemos al Espíritu Santo para que nos guíe, nos ilumine y nos conduzca “a saber convivir y coexistir en paz, para que a través del diálogo y de la escucha podamos ayudar a construir un mundo mejor

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