No hay nada más difícil que hablar de Dios. Y es que, con frecuencia, convertimos a Dios en un objeto religioso fácilmente manipulable. En un ídolo, obra de nuestras manos. En un ser anticuado, moralista y castigador. En un enemigo del hombre, de la libertad, de la ciencia y del progreso.
Esta era la pobre idea que tenía de Dios, Nietzche, cuando decía que “había que matar a Dios para que se salvara el hombre”. La verdad es que en nombre de Dios hemos caído en muchas cosas inadmisibles:
En nombre de Dios hemos caído en una constante tensión y miedo porque su ira vengativa no le permite pasarnos una. En un ser que justifica lo injustificable: en nombre de Dios se han cometido guerras religiosas, persecuciones, es más, las mayores. En nombre de Dios se puso en la cruz al mismo Hijo de Dios.
Hoy solemos decir que estamos construyendo un mundo sin Dios: Dios no tiene cabida en el mundo de la ciencia. Dios no tiene cabida en nuestras escuelas y universidades. Dios está ausente en las fábricas y en el campo.
Dios no tiene cabida en nuestros hogares. Dios no tiene cabida en nuestra vida concreta e individual, en nuestra moral, en nuestros valores…
Sin embargo, aunque creo que esto puede ser verdad, creo que el problema no está tanto en que se está haciendo un mundo sin Dios, sino de qué Dios hablamos. La única manera de contrarrestar el ateísmo es que dejemos a Dios ser Dios.
Solo hay uno que nos puede hablar de Dios sin falsearlo y ese es Jesús. A partir de Jesús solo podemos saber quién es Dios desde Jesús mismo. La única forma de que nosotros conozcamos a Dios es reconociéndolo en el mismo Jesús.
Jesús nos ha dicho muchas cosas de Dios, pero, sobre todo, nos ha enseñado que Dios es Padre, por tanto: el Dios de los hombres cuya pasión son los hombres. El amigo de los hombres a quienes ama hasta lo último. El que está ahí siempre a nuestro lado porque es misericordioso, compasivo y cercano de quien lo busca con sincero corazón. El que, como Padre, sufre con el hijo que sufre, llora con él y hasta se hace débil con su hijo más débil.
Hijo, por tanto, el Dios que se identifica con nosotros y se hace uno de nosotros. El Dios que ha abandonado las alturas para ponerse a ras de tierra, junto a nosotros. El Dios que se da la mano y va codo a codo con nosotros. El Dios que se ha hecho muerte con nuestra muerte. El Dios que resucita y está a la derecha del Padre.
Espíritu Santo, por tanto, el Dios de la vida: lo suyo es la vida. Lo suyo es dar vida. Lo suyo es estar donde está la vida y donde se salva una vida.
Por eso, la Santísima Trinidad es propiamente el mismo Dios que ha entrado en comunión con nosotros. Es el Padre que se ha hecho nuestro Padre, es el Hijo que se ha hecho nuestro hermano, es el Espíritu que se ha hecho nuestra vida.
La Trinidad es el misterio que funda nuestra convivencia. Para vivir ese misterio se requiere que todos seamos nosotros delante del Padre que nos convoca, que todos seamos una fraternidad en el Hijo que nos acompaña, y que todos participemos de un mismo sentir, de una misma esperanza y de un mismo amor, de una misma vida gracias al Espíritu que ha sido derramado en nuestros corazones.
El autor es sacerdote católico.