Una realidad y verdad es que el materialismo está penetrando todos los rincones de la vida humana. Hoy nos molesta hasta oír la palabra “espíritu”, nos suena a algo propio de la edad media y solo utilizada por la Iglesia
Solo parece que nos interesa lo que se toca y se palpa, lo que vemos y entra por los sentidos. Lo material está desplazando a lo espiritual. Estamos materializando y cosificando todo.
El interrogante está, pues, en preguntarnos si es posible la vida sin espíritu. La experiencia nos dice que un cuerpo sin espíritu solo es un robot, un cadáver. Una persona sin espíritu es carne sin forma
Huir del espíritu es huir de la vida, de la fuente de la vida. Huir del espíritu es huir de todo aquello que da sentido a la vida. Huir del espíritu es huir de todo aquello que da valor y profundidad a la vida. Huir del espíritu es huir de todo aquello que da dinamismo, fortaleza y entusiasmo a la vida.
No se puede entender un mundo sin espíritu, pues el hombre es un ciudadano de dos mundos: materia y espíritu”. Pero, si no se puede entender un mundo sin espíritu, mucho menos podemos entender una Iglesia sin espíritu.
El alma de la Iglesia es el Espíritu de Dios. Es el Espíritu Santo quien le da vida a la Iglesia y es por el Espíritu de Dios que la Iglesia vive con un estilo y talante propios del evangelio de Jesús.
La Iglesia nace por el Espíritu de Dios, como nos dice San Pablo: “Nadie puede decir ¡Jesús es Señor! sino movido por el Espíritu Santo” (ICort.12, 3). “El que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece” (Rom. 8, 9).
Es el Espíritu de Dios quien enriquece a la Iglesia y a los cristianos con sus dones y le mueve a ponerlos en servicio de toda la comunidad: “A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común” (1Cor. 12, 7).
Es al Espíritu de Dios a quien la Iglesia debe estar siempre atenta, pues el Espíritu es quien la puede guiar en la verdad: “Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa” (Jn. 16, 13)… “El Espíritu es la verdad” (1Jn. 5, 6).
Es en el Espíritu de Dios donde la Iglesia encuentra la energía que le hace mantenerse fiel al evangelio: “El espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza” (Rom. 8, 26).
Es el Espíritu de Dios quien nos hace verdaderamente libres: “Donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2Cor. 3, 17).
Es el Espíritu de Dios quien mueve a la Iglesia a ser una comunidad reconciliadora: “Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados” (Jn. 20, 22).
Es el Espíritu de Dios quien empuja a la Iglesia a vivir en constante renovación y no quede estancada en el pasado: “Renovad el espíritu de vuestra mente, y revestíos del Hombre nuevo” (Ef. 4, 23-24).
Sin el Espíritu Santo, Dios queda lejos, Cristo pertenece al pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia una mera organización.
La autoridad un dominio, la misión una propaganda, el culto una evocación, el obrar cristiano una simple moral.
Pero con Él, el cosmos se eleva y vivimos en el alumbramiento del Reino, Cristo resucitado se hace presente, el Evangelio es potencia de vida, la Iglesia, comunión trinitaria. La autoridad, servicio liberador, la misión, un nuevo Pentecostés, el culto, memorial y participación; el obrar humano queda lleno de Dios.
Por eso, San pablo les decía a los cristianos de Tesalónica: “No extingan el Espíritu” (1Tes. 5,19)… Y a los Efesios les decía: “No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios” (Efes. 4, 30).
Solo un cristianismo que se deja llevar del Espíritu de Dios, es un cristiano vivo y capaz de dar vida a los hombres de hoy.
El autor es sacerdote católico