Nicaragua católica y cristiana se apresta a recibir espiritualmente “la Semana Santa”, un instante de tiempo cuando los que ejercemos fe en Dios y en su hijo Jesucristo, llamado por excelencia desde el principio de la creación el “Ungido”, llegamos al término de lo que la tradición religiosa llama “El tiempo Cuaresmal” o de la “Preparación”, según la lectura de los tiempos bíblicos sobre la Pascua judía. En este sentido devotamente tradicional, igual para nosotros, viene a ser el tiempo de la renovación y, desde luego, para la reflexión sobre nuestras actitudes pasadas y presentes. Dios envía al creyente su Espíritu Santo, para ayudarle a comprender —por consiguiente— viene a ser el momento preciso para el testimonio a favor de un acontecimiento que constituye la “Historia Santa” que se centra en la divinidad celestial de Jesucristo, intenso y cívico en la universalidad del sentimiento humano, que mueve a meditar en Dios, pues manifiesta el encuentro perfecto de Dios y del hombre a través de la conciencia que dicta la conducta que debe seguirse y hace distinción entre el bien y el mal.
La Semana Santa o Semana Mayor, en la que los creyentes cristianos vemos a través de Jesucristo la gloria y poder de Dios, suponemos que en vez de ser está un gran momento para la recreación, debe ser la ocasión para meditar con un corazón dispuesto en todos los problemas sociales, económicos. políticos y culturales que cada día nos aquejan, a fin de encontrar caminos de esperanzas en los que podamos Identificar y, por ende, encontrar soluciones alternativas, asumiendo nuestra tolerancia y buena voluntad como Cristo, hoy como ayer, desde la más alta cumbre del mundo, nos lo está pidiendo con su ejemplo y con sus palabras.
Jesús fue afectuoso y sensible ante los problemas humanos, su perfección no lo hizo ajenos a las situaciones que se le presentaron, fue un verdadero amigo; a sus seguidores los amó hasta el fin, usó la cordura y el buen juicio cuando mandó demandó algo que fuese necesario para su pueblo. La piedad y la compasión le servían de ayuda para penetrar en el corazón de los que sufrían injusticia, de esa manera, como un buen capitán cargo sobre sus hombros con las penas dolores y enfermedades de otros, así como lloró ante la muerte de su amigo Lázaro.
Su entendimiento sobre la naturaleza humana constituía su mayor riqueza esencial, con ella podía llegar hasta el fondo de las cosas en las que actuaba conforme a los dictados de su conciencia, así lo comprendemos en “El sermón del Monte” en el que sus enseñanzas expresan cómo lograr la verdadera felicidad, cómo evitar las diferencias y disputas, cómo cultivar los valores éticos y espirituales, cómo tratar a los que nos ofenden y cómo hacerlo con los que nos admiran; cómo practicar una actitud correcta, cómo actuar con los pobres y los menos favorecidos de la fortuna, con el menesteroso, el huérfano y con aquellos sedientos de amor y de justicia. Cómo conseguir un futuro seguro, cómo alcanzar la fe y confianza en Dios y tantas más, ante las cuales hemos de reconocer nuestras debilidades por las que hemos puesto en riesgo el futuro nuestro.
Jesús, el “Maestro Divino”, cuya pasión y muerte estamos conmemorando, nos enseña su lógica; mediante la cual, con frecuencia expresada por medio de analogías, disipaba las objeciones y enfocaba los asuntos en su justa perspectiva, así nos enseñó su principal mandamiento que consistía en que debíamos de amarnos los unos a los otros tanto como Él nos amó.
De manera que Jesús ensancha en un extenso presente el horizonte de su amor, tanto que Él, es el “Pastor” y nosotros la oveja que se le ha perdido, ahora cuando el tiempo quiere tener vocación de quietud.
No imaginemos a Jesús como una excepción en el curso general de la vida; Él está entre nosotros, Él vive en nuestras vidas, nosotros vivimos en la suya y el día en que se concluya el drama con la aparición total de lo que somos, se verá que su amor con sus ejemplos y enseñanzas reinaba en lo visible y hasta lo invisible de la creación, y que reinaba como la imagen de Dios en los problemas de la vida.
El autor es historiador, presidente de la Comunidad Indígena de Nindirí.