Exilio se escribe igual que sandinismo

Vivir la experiencia de ver a los sandinistas durante los primeros meses del derrocamiento de Anastasio Somoza Debayle, después de julio de 1979, era algo extraño para mí. Aunque se miraba mucha felicidad por el triunfo de la Revolución, ver a los sandinistas meterse a las casas y propiedades de los allegados a los Somoza y ver cómo se robaban las cosas sin que mediara nadie, además se sentía un trato amenazante para todo aquel que se viera como “burgués”, solo por tener casa, carro o estudiar en colegios privados.

En mi colegio, el Centro América (CCA), la sustitución de muchos alumnos de hijos de somocistas por hijos de sandinistas la percibíamos como la nueva onda, pero en realidad la nueva onda era la Revolución, y todo aquello que venía con ella, como los atropellos hacia gente decente.

Para cuando fuimos a la Cruzada de Alfabetización en marzo del 80, muchos ya no mirábamos con buenos ojos al sandinismo. Ya mis padres estaban claros de cómo el camino revolucionario había sido traicionado por los que sacaron a Somoza. En abril del mismo año yo tenía 14 años. Estaba alfabetizando en Rancho Alegre, Chontales, cuando supe de la renuncia de doña Violeta Barrios y el ingeniero Alfonso Robelo a la Junta de Gobierno; cada día me quedaba más claro que no podía comulgar con un proyecto que tomaba un rumbo hacia el comunismo, sin embargo, terminé la tarea de la alfabetización, que fue una experiencia muy satisfactoria de compartir y enseñar al campesinado.

Retorné al Centro América, pero no era el mismo buen ambiente de antes ya que el enfrentamiento entre los dos bandos en que la Revolución había dividido a la sociedad se replicaba en el colegio. Algunos de los que no éramos sandinistas fuimos expulsados pues habíamos formado una organización de estudiantes llamada Juventud Demócrata Independiente (JDI) enfrentada a la Juventud Sandinista.

Los sacerdotes jesuitas tomaron bando con el sandinismo. 1981 fue mi último año en el CCA, mis padres sin vacilar me matricularon con mis hermanos en el colegio Calasanz donde muchos de los que no éramos sandinistas nos refugiamos. En 1982 y 1983 estuve en el Calasanz donde logramos sobrellevar las agresiones sandinistas tanto dentro como fuera del colegio. La gran desbandada de estudiantes se dio después del 19 de julio del 83 cuando Daniel Ortega impuso el Servicio Militar obligatorio. Al regresar al colegio después de las vacaciones de medio año las aulas estaban vacías, casi no había estudiantes varones.

En agosto del 83 iniciaron las inscripciones obligadas en el Servicio Militar al cual tuve que inscribirme pensando que a un joven de 16 años y en tercer año de colegio no lo llamarían al Servicio; supuestamente la ley no lo permitía, pero ¡qué va¡ ellos no respetaban nada y comenzaron los reclutamientos en los colegios públicos. Logré terminar el año, pero ya la decisión de irme estaba tomada, no iba ir a una guerra para defender a un sistema comunista.

En noviembre de ese mismo año solicité permiso al Ejército, ya que este daba los permisos para que migración permitiera la salida de los jóvenes, pero me lo negaron aduciendo que todos debíamos “defender la revolución”. Más convencido que nunca que debía irme, volví a pedir permiso en enero para salir y después de hacer una fila como de dos horas el encargado, el capitán Pozo, me miró después de la entrevista y me dijo «váyase pues», me dio un papel y me largué del lugar.

La alegría en mi familia fue inmensa, pero todavía no sabía a lo que me enfrentaba. No sé qué fecha del mes de febrero del 84 y ya con 17 años, partí en bus hacia el puerto de Puntarenas en Costa Rica donde vivía una hermana de mi mamá, la tía Zoili. Mi hermano mayor se había ido un año antes, y también una hermana, ambos a estudiar a la universidad en San José. Mis padres no querían que estuviera solo con mis hermanos, temían que “me perdiera en la vagancia” por eso me enviaron donde la tía para que me cuidara.

Ya estando en casa de la tía Zoili, me matricularon en un colegio, Monserrat, muy pequeño por cierto, en cada aula no había más de 10 alumnos; ingresé a 4to año comenzando un nuevo rumbo. De nuevo, lo más difícil es hacer amigos y estar en el centro de las primeras pláticas “¿de dónde venís?”, “¿por qué te viniste?”, “¿dónde vivís” y ya saben pues todas las preguntas de un interrogatorio propio de ser nuevo.

Al principio todo caminaba bien, las nuevas experiencias y los nuevos amigos me tenían ocupado, al que más recuerdo es de mi amigo Juan Carlos Beche, resultó ser vecino mío, era superagradable y desde el inicio se portó, como decimos, a la altura. Hubo otros que también se portaron muy bien conmigo. A los pocos meses en Puntarenas comenzó a rondar en mi cabeza la falta de lo que había dejado atrás, las noches de nostalgia me inundaban; en Managua había dejado a una novia a la que quería mucho, una excompañera del Calasanz. También extrañaba mi casa, mi cuarto, mis amigos, mi familia a tal punto que para las vacaciones de julio me regresé a Nicaragua, una situación complicada por el temor de ser reclutado por el Servicio Militar, sin embargo había averiguado que si estaba menos de un mes en Nicaragua ingresando con residencia de estudiante no necesitaba sacar permiso de salida de Nicaragua. Me la jugué y fui.

Estuve 15 días, pero mi retorno más que la ilusión de estar en Nicaragua me ratificó que ya todo había cambiado, a pesar de estar allá las condiciones eran distintas, no podía salir de noche por miedo a que la Prevención, que eran los reclutadores del Servicio Militar que rondaban la ciudad en unos jeeps UAZ soviéticos buscando jóvenes para el servicio “patriótico”.

Cuando salía en el día el ambiente era de un país ya sin libertades y con una persecución marcada con más odio de cuando salí meses antes, ya mis amigos del colegio eran distintos, todo giraba alrededor del sandinismo, la división de la sociedad era clara; vi en mis amigos la confrontación de ser y no ser sandinista. El no ser sandinista era motivo de agresión por lo menos verbal, a partir de ese momento mis padres me dijeron que ya no podía volver a Nicaragua y me regresaron a CR. La decisión era muy clara, “te vas y no regresés hasta que estos caigan”.

Regresé a Puntarenas muy triste y ya claro que había salido sin fecha de retorno. Terminé mi 4to año en Puntarenas y mis padres me trasladaron a San José a vivir con mis hermanos. Ingresé al colegio Calasanz que quedaba a escasos 200 metros del apartamento. Ingresé sin mayores problemas y sobre todo que una buena parte de los estudiantes éramos nicaragüenses que veníamos de los mismos colegios de Nicaragua (Calasanz y Centro América). Para esta nueva etapa ya estaba más acostumbrado a los cambios y sobre todo con que una buena parte de mis compañeros eran amigos nicaragüenses no sandinistas.

Mi 5to año de colegio lo cursé entre las dificultades económicas de un estudiante y las vagancias con los amigos. A pesar de las limitaciones económicas la pasé bien con los nicas, teníamos en común un exilio algo muy diferente al resto de compañeros de clases. Nuestras pláticas rondaban alrededor de Nicaragua y los males de la guerra, las noticias de la guerra cada vez fueron subiendo de tono hasta el punto de ser noticias de atentados, pero también pude sentir el rechazo del tico, la xenofobia se acentuó producto de la migración masiva, algo complicado de sobrellevar sobre todo a los 19 años.

Para esa época nos reuníamos en La Sabana con los hijos de líderes de  la Contra, como los hijos de Edén Pastora o los hijos del Negro Chamorro y nos compartían las historias de la guerra. Había quienes nos decían que nos integráramos a la lucha armada, sin embargo nunca se me ocurrió hacerlo, sabía que debía estudiar y salir adelante. La guerra nunca fue una alternativa para mí.

Los siguientes años de mi exilio fueron de sobrevivencia entre los estudios y las carencias económicas, sin embargo mi amor por Nicaragua estaba muy fuerte. Del 86 al 90 las dificultades del exilio se tornaron más difíciles ya que producto de la guerra mis hermanos y yo no pudimos ver a nuestros padres durante esa época ni siquiera para Navidad. En esa época nuestra familia eran los amigos, nos reuníamos en casas de sus padres donde nos invitaban a pasar Noche Buena.

Fueron épocas difíciles pero también de mucho crecimiento, nos forjamos con los principios que nos dieron nuestros padres, los cuidos con las organizaciones cristianas que la que mis padres pertenecían en Nicaragua que nos ayudaron a acercarnos a Dios y por supuesto los rezos de mi madre y mi padre que a diario pedían por nosotros.

Mi primer viaje a Nicaragua fue después del triunfo de doña Violeta… volver a mi casa fue un sentimiento maravilloso, pero al mismo tiempo raro; ya no me sentía parte de mi casa. Llegaba como un turista y no como el residente que siempre tuve que haber sido, eso marcó un antes y un después. Como aún no terminaba mi carrera, regresé a San José y la terminé en el año 91, luego me casé y tuve que trabajar en Costa Rica hasta que el año 96 pude regresar a Nicaragua. Me prometí a mí mismo que nadie más iba a tomar decisiones por mí y tomé la decisión de meterme en política para ayudar a mi país a que nunca nadie más sufriera más guerra ni exilios. Exilio se escribe igual que sandinismo.

El autor es director de Hagamos Democracia, exiliado en Costa Rica.

COMENTARIOS

  1. Hace 3 años

    Una de las primeras decisiones de los ejércitos aliados después de su victoria sobre la Alemania Nazi el 8 de Mayo de 1945 fue implementar un programa denominado la Desnazificación. El programa tenía el objetivo de erradicar en las sociedades alemanas y austriacas la cultura, la economía, el sistema judicial y la política de la ideología Nazi. El programa fue todo un éxito. De este mismo modo, los dirigentes nicaragüenses deben de implementar una dessandinizacion en todos los campos del saber, judicial, económico y en la política. Esto con el objeto de democratizar el pais y que el exilio sea una página oscura en la historia de Nicaragua. El Frente Sandinista es después de todo una organización criminal no diferente a un cartel de los narcos desde su fundación por el embajador de Cuba en Nicaragua Quintín Pino Machado durante el gobierno de Luis Somoza.

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