Los nazarenos de mi pueblo II

“En el mundo tendréis tribulación, pero ¡ánimo!: Yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). Y el predicador de la Casa Pontificia, el capuchino Raniero Cantalamessa agrega:  Santo Padre, venerados padres, hermanos y hermanas, estas son algunas de las últimas palabras que Jesús dirige a sus discípulos.  “No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros” (Jn 14,18).  Ánimo, Juan Pablo II, Ánimo, Benedicto, Ánimo Francisco repetía Cantalemessa:  ánimo cardenales, arzobispos, obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, personas consagradas y todo el pueblo de la Iglesia: “Y a trabajar porque yo estoy con vosotros, dice el Señor”.

Ese debe de ser el espíritu de la Cuaresma que vivimos. Saquemos a nuestros nazarenos y recorramos la procesión dentro de los límites del templo. Nuestro Dios, como decía el maestro y poeta Santiago Arguello: “Es un Dios que tiene madre y que lleva música detrás”.

En la iglesia de San Francisco, en León, hay dos nazarenos, el primero, llamado Nazareno de las Angustias, es el que sale el Viernes Santos, a las doce del día, en dirección al Calvario. Este Nazareno es el más antiguo que conserva la ciudad, nuestro primer Viacrucis, venido allá por los años de 1850 de Guatemala, posee una cruz con herrajes de plata y un resplandor de plata dorada, con el sello de la Ciudad de Guatemala, preciosa pieza, muy parecida a la que trágicamente le fue robada hace algunos años, al Nazareno de San Francisco en la ciudad de Rivas.

El otro nazareno es conocido como el Señor del Desprendimiento, del que no se sabe propiamente su origen y era el que salía cuando yo era niño en los viacrucis de la tarde, que terminaba en el Calvario. Esta imagen era la misma que se ocupaba en la famosa Procesión del Silencio. Iba vendado, con túnica blanca, el Jueves Santos a medianoche, arrastrando cadenas en las empedradas calles de ese León inmortal.

San Francisco y su convento, en tiempos   coloniales era uno de los dos centros (el otro era el de Granada cuyo convento todavía se conserva) de donde emergía toda la obra misionera, teniendo el mérito de haber amamantado las primeras devociones marianas en la provincia.

Ahí nació la devoción a ese santo de origen africano, San Benito de Palermo, que se celebra, el Lunes Santos, canonizado en 1807 por Pío VII.  Este año, la fiesta presidida por el 51º  obispo de la Diócesis de León, (la diócesis madre, la más antigua de Nicaragua y Costa Rica)  hijo del Diriá, monseñor Sócrates René Sándigo Jirón. Tuvo la característica de que se extendió por muchos puntos de la ciudad donde la gente repartía la tradicional chicha de maíz negrito, dedicada a San Benito.

Mirando los nazarenos, y viendo esa fe popular de mi pueblo alrededor del San Benito, tuve la dicha de degustar uno de los platillos que son una verdadera delicatessen de la cocina leonesa. Un plato que solo se prepara para la Semana Santa, el día lunes, el famoso ajiaco leonés. Elaborado con costilla de cerdo, piña, plátano maduro, jocotes, hojas de quelite, y se fríe en manteca de cerdo. Al final el producto es agridulce, de rechupete como decían las viejas cocineras de antaño.

En León hay otros nazarenos, descuella el de San Juan de Dios, el de Laborío, el de la Merced conocido como Señor del Rescate, el de Sutiaba es una joya. Guadalupe y Zaragoza tienen también bellos nazarenos, su historia hay que contarla porque, queramos o no, al contarla estamos contando la historia de nuestro pueblo.

El mejor día de verlos es el Viernes Santos, el primero que despunta es el de la Ermita de Dolores, seguido de San Felipe, pero les puedo asegurar que, entre las nueve de la mañana y la una de la tarde, que sale el de San Francisco, uno se vuelve loco, tratando de ver tantas procesiones de nazarenos.

La Semana Santa en el tiempo cuando yo crecí estaba centrada en la Crucifixión, en donde la figura del Nazareno es la clave. Con el Concilio Vaticano II la orientación litúrgica cambió, y ahora la Semana Santa está centrada en la Vigilia Pascual y tiene como centro la Resurrección.

Las marchas de Semana Santa, sus procesiones, sus comidas, y sus rezos, se me quedaron impregnados en el alma, en el fondo mi ser suspira y repite las oraciones que me enseñó mi abuelita:

Brazos rígidos y yertos,

por dos garfios traspasados,

que aquí estáis, por mis pecados,

para recibirme abiertos,

para esperarme clavados.

Cuerpo llagado de amores,

yo te adoro y yo te sigo;

yo, Señor de los señores,

quiero partir tus dolores

subiendo a la cruz contigo……

El autor es abogado leonés

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