Descendió… ¿a los infiernos?

El Credo dice que después de su muerte natural, Jesucristo fue al infierno antes de resucitar de entre los muertos. ¿A qué infierno fue Jesús? La palabra “infierno” se presta a mucha confusión porque se han traducido como “infierno” dos palabras del hebreo que significan cosas diferentes: “sheol”, que significa el lugar de los muertos (indistintamente usada para sus cuerpos en el sepulcro o para su morada espiritual), fue traducida al griego como “hades”, luego al latín como “infernum” y al español como “infierno” o “infiernos”. Evidentemente, “sheol” y “hades” no indican la situación de los condenados, pues entre los muertos hay también salvos (Hechos 2,24; 2,31. Filipenses 2,10. 1Pedro 3,19-20. Apocalipsis 1.18. Efesios 4,9).

Otra palabra hebrea, “Gehenna”, es el nombre del basurero de Jerusalén donde quemaban la basura con fuego permanente, como sucede en todo vertedero de basura, y fue utilizada por Jesucristo como sinónimo de condenación (Mateo 5,22;29. 13,42;50. Marco 9,43-48). Gehenna fue traducida al latín, también, como “infernum” y al español como “infierno”. Por eso, la palabra “infierno” tiene dos significados diferentes: 1) Lugar donde están los muertos (el “sheol” hebreo y el “hades” griego); y 2) Condenación o muerte eterna, ejemplificada con el basurero donde arde un fuego que no se apaga (el “Gehenna” de Jerusalem).

El Credo de los Apóstoles (aunque no hay evidencia de que sea escrito directamente por los apóstoles, está fundamentado en las enseñanzas de estos y de la primera generación de discípulos que los siguieron) dice textualmente que Jesús «descendió a los infiernos», refiriéndose a la presencia del espíritu de Jesús, ya separado del cuerpo por la muerte, entre “los espíritus de los muertos”, o sea en el “sheol” o “hades”.

El Cuarto Concilio de Letrán, en 1215, definió como doctrina de fe que Jesucristo después de su muerte y antes de su resurrección fue donde los espíritus de la multitud de justos que esperaban la salvación por su redención, como San José, los patriarcas y los profetas, y todos aquellos que murieron en paz con Dios. Todos esperaban la redención de Cristo para entrar al reino de los Cielos.

Santo Tomas de Aquino enseña que el propósito de Cristo en los infiernos fue liberar a los justos aplicándoles los frutos de la redención (Suma Teológica III,52,5). El Catecismo de la Iglesia católica se refiere a esta doctrina en los numerales 633-637. Los hebreos expresaban que los justos que habían muerto estaban “en el seno de Abrahán” y a eso se refirió Jesús en la parábola del pobre Lázaro (Lucas 16.22-26). También la fe cristiana enseña (como lo enseñó Jesucristo en los textos arriba citados) que existe un “infierno” en el sentido de muerte eterna, condenación eterna, o “Gehenna” (Catecismo de la Iglesia Católica 1033-1037).

El papa Juan Pablo II en su catequesis del 28 de julio de 1999 expresó: “El infierno, más que un ‘lugar’, indica la ‘situación’ en que llega a encontrarse quien libre y definitivamente se aleja de Dios, manantial de vida y alegría. … La condenación sigue siendo una posibilidad real, pero no nos es dado a conocer, sin especial revelación divina, si los seres humanos, y cuáles, han quedado implicados efectivamente en ella”. Juan Pablo II aclaró que no es un lugar sino una situación, un estado; lo cual Benedicto XVI ha reafirmado, recordándonos que es una realidad la posibilidad de que, por su propia elección, seres humanos estén eternamente separados de Dios, lo cual significa excluirse del gozo eterno al cual todos estamos llamados.

En una entrevista periodística en 2018 el papa Francisco, sin pretender establecer una doctrina oficial, expresó su concepto teológico personal de que el infierno es la muerte eterna al separarse de Dios para siempre y dejar de existir. Como fuese, los tres últimos papas coinciden en que no existe un lugar de tortura eterna con un fuego literal.

El autor es comentarista de temas políticos, sociales y religiosos www.adolfomirandasaenz.blogspot.com

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