Tertulias

En el León de mi infancia no existía en ese tiempo ni televisión o internet. El chateo y los correos electrónicos eran impensables, brujería dirían mis abuelos si tuvieran el don de resucitar, y la radio empezaba a perfilarse. Fueron las novelas a través de Radio Mundial, como El derecho de nacer —que la trajeron de Cuba—, lo que la popularizó. La gente leía periódicos y revistas se hacían eruditos por su propio esfuerzo y para discutir sus inquietudes, pasiones, ilusiones, amores y sueños, se crearon las tertulias.

Conocí a un campesino, viejo campisto, del lado de Momotombo, don Carmelito Donaire, que llevaba en su cabeza muchos de los poemas de Santiago Argüello y Rubén Darío, me hablaba de Campo Amor, de José Santos Chocano y de muchos poetas latinoamericanos, los había leído y aprendido.

En el León de esa época existió una librería muy famosa, Las dos carátulas, del señor Manuel Miranda. Importaba libros, literatura, novelas y revistas, desgraciadamente hasta la fecha no existe un estudio de la labor cultural que este hombre hizo.

La tertulia de mis abuelos, Simón y Francisco

Ellos se sentaban todas las tardes junto con un grupo de “amigos”, a conversar sobre diferentes temas, en el dintel de las puertas de sus casas, mientras jugaban póker, se tomaban un medido licor, guarito lija, (filtrado por mi papá con una técnica admirable, como lo recuerda  Luis Pereira).

Los Pereira han sido liberales por tradición y por pensamiento. En la guerra de 1912 conocida como “la guerra de Mena”, en donde el pueblo de León se alzó en contra de las tropas de ocupación del general Durón, mis abuelos jugaron un papel  importante,  abrieron su casa  para alojar al  estado mayor del ejército liberal. El historiador leones  José H. Montalván nos lo relata de la  manera siguiente, en su monografía Hace medio siglo: “Los generales y jefes principales  de esa emigración,  como los doctores Irías, Espinoza y Castellón, se hospedaron en parte de la casa del doctor Pedro González que queda frente a la Universidad y el resto de los oficiales y acompañantes  en la  casa de los hermanos  Pereira, contiguo al local que hoy ocupa el diario El Centro Americano, y en donde se organizó  un cuadro de oficiales bajo el mando del coronel Velásquez Garrido, que fue el Estado Mayor de los doctores Irías y Espinoza R.”

Francisco Pereira fue amigo de Anastasio Somoza García. Entre ellos se cultivó una bonita amistad, Somoza  varias veces estuvo en el Polvoncito (la vieja finca de los Pereira en Quesalguaque)  o en la casa familiar en León. Desde los altos del aserrío,  Somoza  con anteojos larga vista, oteaba el Fortín de Acosasco a la caída de su tío Juan Bautista Sacasa.  Francisco Pereira fue director general de comunicaciones en una de las administraciones de Somoza. Pero cuando Somoza tomó el camino de la dictadura, Francisco y su hermano Simón junto con el general Calos Pasos  estuvieron entre los fundadores del PLI.

Mi abuelo era un hombre culto, había estado dos veces en París y traído muchas cosas, entre ellas  una vitrola o gramófono, con discos de baquelita que contenían óperas clásicas como, Aida, La Traviata, La bohemia, Carmen,  Cavallería rusticana,  lo   mismo que la ópera Carmen. A mi madre y a mi tía Aída las ponía a oír dicha música mientras se mecía en su hamaca en los altos del aserrío.  

 Tenía una de las mejores bibliotecas de León, entre las que destacaba por supuesto Las mil y una noches empastadas en cuero y traída de Europa, obra que mi abuelo le permitía leer parcialmente a sus hijas, posiblemente debido a lo erótico de ciertos cuentos. Contaba  una enorme colección de revistas y periódicos, entre las que sobresalía la colección completa de la revista La Patria, editada por Félix Quiñónez, y cuyos redactores eran Mariano Barreto, Juan de Dios Vanegas y Max Jerez. En ella publicó en varios de sus números Juan de Dios Vanegas su precioso libro: Apuntes históricos sobre la ciudad de León, y Mariano Barreto nos hablaba de ese poeta olvidado, Cesáreo Salinas; además de contener muchos libros autografiados por sus propios autores, como El laurel solariego de Juan Bautista Prado en su primera edición de 1910, con una dedicatoria de su puño y letra para mi abuelo Simón  (la corona fúnebre de Rubén Darío). Pero la joya de la corona era  su colección completa de Mundial  Magazine, la revista que editara Rubén Darío en sus 40 números publicados entre 1911 y 1914.

Cuando mi abuelo murió una de las cosas que más me impactaron fue ver como abrían un viejo e  inmenso armario de pared, en donde tenía la mayoría de sus tesoros, y lo saquearon y desparramaron. Miles de viejos periódicos y revistas saltaban por el aire, y en algunos casos valiosas colecciones fueron vendidas —a precios de centavos— a personas que hicieron con el tiempo buen uso de ellas, como lo fue don José Jirón Terán, el ilustre dariano.

En la rueda de la tertulia diaria recuerdo entre otros al doctor Dámaso Pérez (quien fuera alcalde de León). Don José Mora (Morita), abuelo del doctor Francisco Mayorga, al doctor Luis  Sacasa,  al doctor Cornelio Sosa quien al morir mi abuelo Simón le dedicó un bello poema. El mismo doctor Sosa, quien junto con Antonio Medrano y Manuel Tijerino fundaron la biblioteca Unión de la Juventud, jóvenes que al decir de Salomón de la Selva en el prólogo de la Ilustre Familia, eran “de grandes melenas y fogosa oratoria implacable contra las tiranías, en León de Nicaragua, mi ciudad natal”. Santiago Sandino (San San). Ramón Figueroa Gayo, (el Águila). El doctor Eduardo Romero Silva (Charingo) quien era abogado y médico y que se casó con una hija del doctor Arístides Buitrago, María Alicia. El Chinito Julián Chong (el de las mali posas, que eran unos deliciosos bocadillos que el Chinito vendía por todo León). Don Eliodoro Flores. Un señor Centeno, cuyo nombre no recuerdo y a quien mis abuelos le decían como sobrenombre “Cemento”.

El amor de los dos hermanos (Francisco y Simón) era entrañable, la mejor prueba fue algo que pasó después de la muerte de mi abuelo. Sucede que Simón Pereira Baldizón murió un 21 de septiembre de 1957, pocos días después de la muerte de su hermana Trinidad, la que sufrió una larga agonía. Terminó septiembre de ese año y vino octubre, en cuyo calendario se registra el día de San Francisco. Las grandes celebraciones entre la familia Pereira, era el domingo de Trinidad por ser el día onomástico de mi tía Trinidad Pereira Baldizón y el de San Francisco, onomástico de mi tío Francisco Pereira Baldizón.

Ese año, por estar la familia de duelo (doble duelo), no hubo celebración el día de San Francisco; pero grande fue la sorpresa de mi tío Francisco cuando recibió un hermoso regalo de la Casa Dreyfus, con una tarjeta del puño y letra de mi abuelo que decía: “De tu hermano Simón”. Mi abuelo antes de morir, le había dejado comprada una bella bata de baño blanca a su hermano preferido y el almacén honraba su compromiso. Las lágrimas rodaron de nuevo en las mejías de Francisco.

El autor es abogado leonés.

Opinión
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